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La pedagogía popular de la comunicación, Imprimir E-Mail

en el  diálogo de diversidades, y en la creación de alternativas al pensamiento hegemónico.

Tanto en los procesos de resistencias populares al neoliberalismo, como en las nuevas alternativas que se van generando, los movimientos sociales han ido creando herramientas, códigos, y conceptos de comunicación, en los que subyace una pedagogía popular que concibe la comunicación como un momento fundante de la praxis transformadora.
Es una pedagogía que hace de la comunicación interpersonal, de la comunicación entre los movimientos populares y con la sociedad, dimensiones fundamentales en la batalla cultural contrahegemónica. Que intenta crear lazos firmes entre lo que dice y lo que hace, entre lo que muestra y lo que es, entre teorías y prácticas, entre información y formación. Sin dejar de discernir cada uno de estos aspectos como un momento específico de la creación colectiva, tiende a diluir las fronteras que los transforman en una dicotomía donde se jerarquiza uno de sus polos.
Las palabras, en esta pedagogía, implican actos, son representaciones de gestos que existen, metáforas de un mundo deseado, por el que se está dispuesto a luchar. Son palabras que pesan como compromiso de vida, que señalan, que adivinan, que pelean sentidos.
Es la comunicación que encarna en prácticas sociales colectivas, comunitarias, que visibiliza lo ocultado, que devela las muchas miradas del mundo producidas simultáneamente desde distintas experiencias culturales, sin privilegiar unas sobre otras, sino haciendo de las diferencias el punto de partida para posibles encuentros.
Es una pedagogía popular que busca superar las distancias creadas en la política hegemónica entre las imágenes y dichos que saturan los medios de comunicación de masas, construyendo una percepción del mundo funcional a la dominación; y el mundo real de las resistencias, de los dolores y esperanzas cotidianas, de la creación que intenta reinventar la vida desde valores, prácticas y sentidos contrarios a los de la cultura hegemónica.
La multiplicación de iniciativas político culturales populares, da cuenta de la enorme creatividad desplegada por estos movimientos. Habla de nuevas maneras de entender la militancia, el compromiso social, en las que se revalorizan distintas formas de lucha cultural como posibilidad de renovar el imaginario popular sobre las posibilidades del cambio social. En las que se forman los nuevos intelectuales orgánicos de los movimientos populares, formados en las batallas anticapitalistas, en los tiempos en que se multiplicó la prédica de los intelectuales del sistema, sobre el triunfo del capitalismo a escala mundial, y el fin de la historia.
En los años 80, como consecuencia de varios factores, entre ellos el impacto de las dictaduras que se extendieron en gran parte de América Latina, la derrota parcial de algunos proyectos revolucionarios en Centro América, la caída del Muro de Berlín y de la experiencia del Este Europeo, la expansión del ideario neoliberal contenido en el Consenso de Washington como parte de la contrarrevolución conservadora, se creó un imaginario de derrota de las revoluciones, de clausura de las utopías, de triunfo de una cultura de mercado, en donde las ideas, los valores, los sueños, las experiencias y los cuerpos podían ser comprados y vendidos, de acuerdo a los parámetros de un mundo en el que todo, desde el agua, hasta la tierra, y la vida se pretende mercantilizar.
Transformar ese imaginario, no desde la nostalgia que se vuelve conservadora, al pretender referir las transformaciones revolucionarias a la memoria de los mundos perdidos, sino desde la posibilidad de revolucionar simultáneamente al mundo actual y la memoria de anteriores resistencias, para que estas lleguen hasta nuestros días, es parte de ese gran esfuerzo que tiene en la comunicación popular un lugar especial.
No es sólo la necesidad de comprendernos en un tiempo en que la alienación producida por la sobresaturación informativa, las exigencias de la sobrevivencia, la rápida modificación tecnológica que impacta en el mundo de las comunicaciones, y la cantidad de mensajes y estímulos que recibimos desde la sociedad de consumo, estimulando una manera de estar en el mundo atravesada por la imposibilidad de reaccionar frente a estos hechos; es la urgencia de comprender los sentidos con que intentamos nuestras transformaciones. Comprender y comprendernos, y para ello comunicarnos y comunicar. La incomunicación, es parte de la vida cotidiana actual, de las estrategias del poder para acentuar el individualismo y la fragmentación, el escepticismo, la depresión y la desesperanza. Seres humanos aislados, desencontrados con sus pares y consigo mismos, se van colocando cada vez más perplejos frente el mundo que no comprenden.
Hay dificultades para comprendernos entre las distintas generaciones, entre los diferentes pueblos, entre las diversas experiencias populares. Hay códigos que muchas veces se vuelven barreras infranqueables, que potencian los procesos de fragmentación del sujeto popular.
La necesidad de constitución de sujetos colectivos, con capacidad de transformación social, tiene como condición, la posibilidad de que exista una comunicación que favorezca los procesos de identificación, de comprensión de las diferencias y sus fundamentos, la capacidad de discriminar entre el diferente y el antagónico, y la creatividad para hilvanar los fragmentos de un discurso roto y de un lenguaje mutilado por las dictaduras militares y por la dictadura mediática del pensamiento único.
Radios comunitarias, páginas de Internet, boletines, experiencias de TV realizadas de manera comunitaria desde los movimientos populares, videos, graffitis callejeros, libros, “marchas y actos que comunican”, performance, redes de información alternativa, agencias de comunicación de nuevas lecturas del mundo, son parte de las muchas herramientas apropiadas por los movimientos sociales para expresar sus esfuerzos de transformación del mundo.
La metodología con que se producen estas herramientas, en muchos casos son parte de la pedagogía popular, que permite que al tiempo que se discute qué y cómo comunicar, se sistematicen experiencias realizadas, se creen conocimientos a partir de estos análisis, se forjen sentidos, se simbolice, se decodifique.
Las tensiones entre la diversidad de sujetos que expresan crecientemente sus particulares demandas, y los proyectos en los que intentan articularse resistencias más enérgicas, y alternativas populares, tienen en la comunicación, un lugar para nuevas prácticas políticas de creación colectiva de saberes, y de invención de códigos comunes que permitan interpretar las búsquedas emancipatorias,
La pedagogía popular de la comunicación hace del diálogo y de la pregunta, algunos de los momentos fundamentales. La pregunta, la escucha, son tan importantes como la respuesta y la opinión.
La posibilidad de cuestionar y cuestionarnos nuestras propias afirmaciones, de tratar de descubrir en ellas cuántas huellas de la cultura hegemónica pueden estar marcando nuestras creencias. Caminar sobre esas huellas una y otra vez, para no perder el origen, para descubrir que en nuestras concepciones o en nuestros sentires asoma el prejuicio racista, o la moralidad burguesa, la naturalización de la cotidianidad patriarcal, el sentido común de quienes han hecho un mundo descartable, es un ejercicio imprescindible para descolonizar nuestra cultura popular, en las batallas por las múltiples identidades que nos constituyen como pueblos.

Pensamiento crítico latinoamericano

Uno de los talones de Aquiles en nuestros esfuerzos por cambiar al mundo, durante todo el siglo 20, ha sido la presencia en nuestro pensamiento de fuertes incrustaciones dogmáticas.
El eurocentrismo, el iluminismo, el positivismo, reforzaron la base cultural colonizada del pensamiento dominante en la izquierda de los movimientos populares. Esto condujo de un lado a miradas liberales de la historia del continente, que con pocas variables fueron asumidas como una historia marxista. Y por otro lado, se generó una fuerte distancia con las culturas de resistencia que formaban parte de las identidades de los pueblos originarios.
En muchos lugares, este desencuentro reforzó el aislamiento de las batallas de estos pueblos; la resistencia silenciosa al genocidio cultural; y empobreció la capacidad de las izquierdas para enhebrar un pensamiento enraizado en las izquierdas.
Desde esta perspectiva los dos genocidios fundantes del capitalismo en América Latina: el de los pueblos originarios, y el de los afrodescendientes, eran pasados como meros capítulos sin mayores consecuencias en el relato histórico, y en la mirada sobre los desafíos actuales de los proyectos alternativos.
El desafío que sobre todo a partir del año 1992 plantearon los pueblos originarios en el continente, en el contexto de una crisis y desorientación gigantesca de la izquierda, en sus diversas corrientes, permitió otro diálogo entre estas tradiciones político culturales emancipatorias.
Sin embargo, y sin pretender buscar una síntesis, es importante hacer más sistemático el diálogo, no sólo en pos de una mayor comprensión de los puntos de partida de cada grupo o sector social que intenta la transformación social; sino también para poner en debate las estrategias de lucha política y de creación de alternativas en el nuevo milenio.
Cuando en muchos de nuestros países se proclama la integración del continente en una propuesta como el ALBA, cuando en algunos de ellos se propone como horizonte el socialismo del siglo 21, el lugar de la comunicación pasa a ser estratégico ya no sólo para la creación de redes de resistencias a las políticas imperialistas, sino también para el ejercicio de un modelo de integración que no reproduzca imposiciones ni colonizaciones de unos países sobre otros.
Las relaciones interestatales, y entre los gobiernos y movimientos populares, hoy exigen pensar nuevas dinámicas de diálogo, respetuosas de los tiempos y de las demandas de cada sujeto que se integra en estos procesos.
En el caso del Cono Sur, es imprescindible que el pensamiento crítico ponga en debate la experiencia del MERCOSUR, donde las alianzas entre los países “grandes” de la alianza, Brasil y Argentina, impone criterios y ritmos sobre países como Paraguay y Uruguay. Al acercarse o ingresar otros países, como Venezuela y Bolivia, o al crecer otras alternativas de integración, no pueden ser las razones diplomáticas de las políticas estatales las que orienten al pensamiento crítico.

 
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