Pablo González Casanova - Cuba: La Revolución de la Esperanza

“Hablar de Fidel Castro es hablar de Cuba”, le dijo a Fernando Martínez un amigo cuyo nombre no recuerdo. Y en el homenaje que hoy se realiza para celebrar los 80 años de Fidel y los 50 de que zarpó el “Granma” de Veracruz, yo quiero hablar de Cuba y de los logros ciertos del pueblo y el gobierno cubano. Me atrevo a hacerlo porque he estado solidarizándome con esa revolución, por casi medio siglo, sin que mis sentimientos o presentimientos fueran desconfirmados por los hechos. Al contrario, durante la gran crisis ideológica que vivimos a fines del siglo XX, Cuba siguió siendo  un punto de referencia para aclarar problemas y precisar conceptos.
    Además, me atrevo a hablar de Cuba, porque estoy convencido que su revolución inició una nueva jornada en la historia universal de las revoluciones, sin que los cubanos hablen suficientemente de la grandeza alcanzada, tal vez por ser ellos mismos hechura de esa modestia muy latinoamericana que nos impide ver como historia universal, lo que se está forjando en los hornos de estas tierras y estos pueblos.
   La revolución que se inició en Cuba el 26 de julio de 1953 nació en un mundo considerablemente distinto al de la Europa fabril de 1848 y al de la Rusia Zarista de 1917. La Revolución Cubana sólo es comprensible con  el rico legado que expresó Martí. En las ideas creadoras de Martí, en su ética  rebelde, en su política de alianzas y enfrentamientos, Martí expresó las más antiguas y nuevas luchas por la independencia con los pueblos, por la libertad con los ciudadanos, por la justicia con  los pobres y con los trabajadores. La recreación de su pensamiento y de su conducta se enriqueció en la práctica  y se redefinió con  las teorías revolucionarias del Movimiento 26 Julio  y del propio Partido Comunista Cubano, que contaba entre sus antecesores a marxistas martianos como Julio Antonio Mella. 
             Varias son las aportaciones de Cuba, que ayudan hoy a precisar lo concreto universal de las luchas contra el capitalismo y sus mediaciones. Lejos de prestarse a cualquier intento de “calco y copia”, como diría Mariátegui, contribuyen a plantear, en cada circunstancia, qué es ineludible o necesario hacer para alcanzar los objetivos de la liberación, la democracia y el socialismo. Dentro de esa perspectiva, y la de una lucha antisistémica, disminuyen las incertidumbres en las decisiones que se toman en un lugar y tiempo concretos; dejando que cada quien las replantee en su momento y lugar de acuerdo con sus vivencias y sus experiencias. Es por eso que los revolucionarios cubanos han insistido una y otra vez, que su revolución no debe tomarse como ejemplo. Su contribución para pensar y actuar resulta muy atendible siempre que cada pueblo y sus vanguardias reformulen, en su momento histórico y en sus condiciones actuales, qué hacer y cómo hacer lo que sea necesario para alcanzar la democracia, la liberación y el socialismo.
  Los constructores de la revolución cubana no descansan nada más en las tendencias y contradicciones de la historia, aunque les den también gran importancia. Cuidan especialmente los planteamientos de estrategias, rutas,  tácticas, sistemas de información, de organización, y capacidad de adaptación y reestructuración para alcanzar objetivos intermedios, y así avanzar  hacia metas que de otro modo sería imposible lograr. En la creación y la construcción histórica, líderes y bases recorren el mapa y el pronóstico de los problemas pequeños y grandes para  construir los mejores caminos de la emancipación con base en la propia historia de las luchas, en especial de las recientes y emergentes y en el diálogo-debate-consenso en que líderes y bases toman decisiones conjuntas, necesarias para el logro de los valores e intereses por los que luchan.
  En esta breve remembranza de la faena revolucionaria en Cuba iniciada en 1953, quiero destacar algunos hechos y aciertos que me parecen dignos de una atención universal que a su vez sea crítica y creadora:
   l. Si se estudia con cuidado la historia revolucionaria de la Isla durante estos cincuenta años se puede sostener, con toda seguridad, que ningún pueblo ha llegado tan lejos en la construcción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad como el pueblo de Cuba. Disconfirmar esta tesis es un reto  imposible de lograr si se obra con conocimiento y honestidad.
   2. En sus etapas precursoras, la Revolución Cubana comenzó por una lucha en que los contingentes electorales y los líderes populares enfrentaron en la práctica las  represiones, fraudes y vejaciones  a que los sometieron los desgobiernos del imperio, sus asociados y subordinados. El dictador Batista y sus mafias, con el apoyo de Washington, obligaron a los movimientos pacíficos a someterse y conformarse con su triste suerte, o a rebelarse y jugarse hasta la vida. Líderes y masas adquirieron  la conciencia de la rebelión necesaria, ya no sólo teorizada por unos cuantos, sino forjada en el dolor de multitudes enteras, a quienes las arbitrariedades y represiones, los engaños y  promesas incumplidas prepararon para corear el grito de “Libertad o muerte. Venceremos”, un grito que al no ser un mero decir se escuchó y se sigue escuchando en toda Cuba en la forma que adoptó desde 1960: “Patria o muerte: Venceremos”.
  Los nuevos rebeldes, que surgieron de las masas y con ellas, dieron también nuevos pasos para su organización y para la toma del poder del Estado a fin de anular los aparatos de represión y de  mediación dominantes, que no escuchaban su clamor, y sólo respondían a sus protestas, marchas y acciones cívicas,  con medidas cada vez más violentas y engañosas. Las fuerzas dominantes y sus políticas represivas y empobrecedoras convencieron a las tiranizadas y explotadas que sólo responderían a sus demandas con la violencia.  Pero las fuerzas rebeldes aprendieron por su parte que no basta responder con la violencia. Al ocupar La Habana y poner en fuga al gobierno de Batista y su ejército, Fidel Castro aclaró que la lucha apenas empezaba. En plena euforia del pueblo por su triunfo,  invitó a una nueva reflexión del pueblo. Hizo ver que no basta con luchar por la destrucción del poder opresor, sino que es indispensable construir el propio poder, redefiniendo en la práctica las formas de la Independencia, la Democracia, la Libertad y la Justicia social e individual  para que contribuyan a la construcción  emancipadora. 
  La revolución cubana ha confirmado que la  alternativa sólo triunfa con el poder y la conciencia de todo el pueblo, o de crecientes contingentes del pueblo que no se conforman con los triunfos inmediatos ni con las organizaciones de sólo incluyen a una parte del pueblo. Se requiere ir más allá de la protesta, de la crítica o la denuncia, de la euforia de triunfos incompletos, hacia la articulación creciente de bases y vanguardias con moral  y conciencia de la lucha y capacidad constante para la resistencia.
En todo el proceso cubano aparece lo que es necesario hacer y cómo hacerlo. Conocimiento, conciencia y voluntad organizadas se enriquecen con  la teoría vivida, con  las explicaciones y las armas  que las propias colectividades y  organizaciones adquieren. Bases y vanguardias, unidas en el diálogo, en el aprendizaje y la acción coordinadas, enriquecen el pensar de las ideologías y las filosofías, de las teorías y sistemas de creencias, de su cultura toda. Se deshacen de lo que en la práctica revela no ser significativo o útil para alcanzar los objetivos emancipadores. Se trata de una contribución muy importante porque se vuelve parte de la cultura de la revolución y base de discusiones que no son talmudistas o de interpretación de textos y discursos sagrados, sino sobre cómo lograr objetivos, metas, valores.
   3.  La Revolución Cubana destaca en la revolución de lo concreto como coherencia. Lo concreto es lo que  se propone como ideal o meta a alcanzar y lo que se hace para de veras alcanzarlo. Nada de abstracciones sobre la libertad, la justicia social, la independencia nacional. Nada de abstracciones en la lucha por la democracia sin aclarar que se lucha contra la falsa democracia neocolonial y oligárquica; que se lucha contra el poder del Estado que es un instrumento del imperialismo y sus asociados y subordinados locales, -o más específicamente-- instrumento de las compañías y de las burguesías neocoloniales y rapaces. Nada de quedarse en  los sistemas políticos que son parte de ese Estado,  con el que mediatizan sus estructuras de explotación, depauperación, subyugación de los trabajadores, de los campesinos, pueblos  y sectores medios. Nada  tampoco con quienes desde la clase política y su lógica negociadora pretenden ponerse a la cabeza de un movimiento que son incapaces de llevar a sus últimas consecuencias. Recuérdese que al triunfo de la Revolución, un grupo de “personalidades progresistas” pretendió suplantar a la dirección revolucionaria y ésta no lo permitió...Se buscó que toda política de alianzas fortaleciera las soluciones junto con los pobres, con los subyugados y marginados, con los excluidos y superexplotados. 
  La política de alianzas y el reconocimiento de vanguardias se acotó al incluir en ellas a la juventud rebelde, a los estudiantes universitarios y normalistas, e incluso a quienes provienen de la pequeña burguesía y de la grande, siempre que el polo de atracción a que se  dirijan quede bajo el mando de los que ya han  probado su compromiso de realizar en la práctica  una democracia, una liberación, y una justicia social que creen las condiciones para la solución de los problemas de los pobres entre los pobres aumentando el poder y la participación de éstos en la toma de decisiones. 
  La lucha contra el poder existente lejos de implicar un rechazo de todo poder, implica la necesidad de crear un nuevo poder del pueblo trabajador y ciudadano que le permita defenderse con eficacia de las agresiones internas y externas y del terrorismo de Estado que el enemigo despliega en todos los terrenos: psicológico, ideológico, económico, social, cultural, militar, para-militar, policial, gangsteril y narco-mafioso.
  4. La Revolución Cubana toma muy en cuenta las desastrosas experiencias del totalitarismo estalinista para lograr una organización fuerte y eficaz que base su fuerza en la moral de lucha del pueblo, en la disciplina libremente consentida para y con el pueblo. En ese mismo sentido da prioridad a la educación universal del pueblo para tomar decisiones, para dialogar, oír, discutir, expresarse, alcanzar acuerdos y organizarse, a la vez en formas horizontales y piramidales, en redes y colectivos de información, reflexión y acción.
  5. La Revolución Cubana redefine y replantea el socialismo no sólo como un sistema necesario, por todas las experiencias anteriores y actuales, sino al que lleva muy pronto la profundización de una lucha en que a cada ataque del imperialismo, sus asociados y subordinados locales se contesta con nuevas y más sólidas medidas que fortalecen al pueblo-gobierno-estado, ese novedoso complejo de categorías integradas y no sólo enlazadas o articuladas. El complejo organizado y consolidado  del pueblo-gobierno-estado explica la inmensa capacidad que muestra Cuba en estos cincuenta años para enfrentar al imperialismo norteamericano, el más agresivo entre todos los imperialismos de la historia. Redefinir y replantear el socialismo empieza por la fusión de categorías que permite ir más allá de la defensa del estado de los pueblos, de los trabajadores y los ciudadanos a la creación de otro estado, de otra democracia, otra liberación, y otro socialismo, con otro actor revolucionario que hace suyas las tres luchas.
  6.  En la Revolución Cubana se advierte también como necesaria la capacidad de traducir y articular las ideologías marxistas, leninistas y martianas. Los rebeldes emplean el lenguaje y las categorías que vienen del pensamiento crítico de Marx y las articulan con las que vienen de Martí y de otras concepciones del humanismo, incluso las que poco tiempo después surgen de la teología de la liberación, sin que por ello pierdan la precisión de los objetivos ni caigan en el eclecticismo superficial que pretende escoger y unir lo bueno de las distintas ideologías y creencias y desechar lo malo. Más que la unión de textos buscan la necesaria unión nacional e internacional entre quienes teniendo distintas filosofías y creencias coinciden en su conducta emancipadora.
  7. En Cuba se plantea la necesidad de compartir las capacidades y responsabilidades de vanguardias y pueblos en forma creciente. Se construye con persistencia una sociedad en que las vanguardias originales  preparan su propia desaparición no sólo formando nuevas vanguardias sino formando al pueblo para que todos sus miembros tengan la capacidad de ser vanguardias. Se busca así construir un pueblo de vanguardias con el conocimiento, la conciencia y la voluntad indispensables para que sus integrantes recreen, en creciente emancipación, las organizaciones horizontales y jerárquicas más adecuadas.
  8. Se busca así combinar, a niveles cada vez más concretos,  la democracia participativa y la representativa, la disciplina intelectual y la política, las convicciones y las prácticas morales. Y a este respecto, la Revolución Cubana hace dos grandes aportaciones a la Revolución que estuvieron muy lejos de hacer otras revoluciones socialistas anteriores como la soviética y la china. Una gran aportación se da en el campo de la moral y en las condiciones sociales para su práctica: otra se da en el campo de la educación general y de la educación llamada superior.
  9. La importancia que el Movimiento Revolucionario del 26 de Julio da a la moral, y la que Fidel Castro como Ernesto Ché Guevara le dan como prioridad central, en el curso de toda su vida, nunca había alcanzado en los movimientos revolucionarios anteriores el lugar que ocupa en el pensamiento revolucionario cubano y en las prácticas morales de sus dirigentes. La aportación del gran movimiento no sólo se expresa en la coherencia de lo que piensan, dicen y hacen sus vanguardias y contingentes, sino en el hecho de que con la moral fortalecen las acciones colectivas, y la lucha de trabajadores y pueblos para que no se engañen y no los engañen. 
  La  revolución de la palabra verdadera sobre los valores e ideales a alcanzar, cómo y con quienes alcanzarlos, rompe la tradición esquizofrénica de la retórica engañosa y habitual. Se trata de una revolución cultural que permite entender de otro modo, como relación exacta, las palabras y los actos,  los discursos y las acciones, y eso ayuda considerablemente a emprender acciones coordinadas y consecuentes de muchos, mucho tiempo. 
  El impacto de la moral rebelde, individual y colectiva, difícilmente puede ser percibido por un enemigo que ha innovado el viejo arte de mentir con las múltiples tecnociencias que diseña para el engaño que documentan y certifican los expertos y científicos a su servicio, y que montan sus expertos en realidades virtuales de farsas, juegos y guerras, ideológicas, terroristas o de exterminio. 
  El planteamiento revolucionario de la ética es mucho más que las palabras de consecuencia  y que  la coherencia del decir y el hacer. Sigue la tradición martiana, y también recoge otra que prendió fuertemente en algunos países de América del Sur. La vanguardia del 26 de Julio,--con el Che y Fidel a la cabeza—plantean la necesidad de crear las condiciones sociales de la moral, aquellas que fortalezcan la cultura cooperativa frente a la cultura mercantil, que liberen del mundo de las mercancías un creciente número de actividades, empezando por la estructuración del poder del pueblo, de la política y del sistema electoral, así como de los servicios sociales relacionados con la educación, la salud, la alimentación y la habitación. 
  La práctica revolucionaria de la moral implica exigencias muy fuertes a las vanguardias –exigencias que se cumplen hasta hoy en Cuba , en particular por los principales dirigentes del proceso, y que se van extendiendo y difundiendo entre numerosos contingentes de las bases en los que se internalizan los valores cooperativos y desmercantilizados. Desde luego, en todo el proceso existen fuertes contradicciones por la persistencia de la cultura mercantil, o de la paternalista y clientelista, o de la individualista. Esos tropiezos se dan entre una lucha de clases que adquiere características muy agresivas, internas e internacionales. 
  El imperialismo y la oligarquía utilizan todos sus instrumentos de enajenación, corrupción, cooptación, asimilación y desestabilización para provocar o acentuar los enfrentamientos en el pueblo. La publicidad de la sociedad de consumo se presenta como una realidad ya alcanzada por la población de Estados Unidos y otros países aliados y subordinados; el envío de divisas y bienes escasos por los parientes que  se fueron a Estados Unidos se acompaña de una propaganda tenaz a favor del capitalismo. Pero hasta ahora la inmensa mayoría del pueblo tiene conciencia de lo que todo eso significa y sigue apoyando con firmeza a un gobierno del que se siente copartícipe. 
  Aún así el problema de la corrupción continúa constituyendo una seria amenaza que Fidel Castro denunció en un discurso que dio en la Universidad de la Habana en noviembre de 2005. Pocos meses después, ante un ataque de la revista Forbes que quiso descalificar moralmente a Fidel colocándolo en uno de los primeros lugares de su habitual lista de multimillonarios, el pueblo no creyó nada del grotesco infundió, y Fidel Castro pudo responder categóricamente que si le comprobaban que tenía un solo dólar estaba dispuesto a renunciar. La Revolución Cubana siempre tuvo conciencia del peligro de la corrupción y de la doble necesidad de ser honrado y, también,  parecer honrado. Esa batalla, aparentemente idealista, alejó a Cuba  del peligro que dio al traste con el bloque soviético y con la construcción del socialismo, la democracia y la liberación en China, Vietnam y la pequeña Nicaragua, países donde el grueso de sus libertadores pasaron de la corrupción del socialismo a la del capitalismo neoliberal y mafioso.
  10. El conjunto del proceso y el proyecto de la Revolución Cubana lleva a la redefinición del socialismo no sólo como un proyecto de expropiación de los medios de dominación y acumulación, ni sólo como un proyecto de liberación y democracia, ni sólo como un proyecto de participación de trabajadores y ciudadanos en las grandes decisiones políticas, ni sólo como un proyecto de alfabetización y escolarización de todos los niños y de una inmensa cantidad de adultos. El proceso y el proyecto cubanos plantean la necesidad de crear expertos del más alto nivel en medicina, pedagogía, urbanismo, ingeniería, economía, finanzas, agricultura, veterinaria, comunicación, electrónica, información y organización; defensa armada y solidaridad revolucionaria; investigación científica y tecnológica. Los jóvenes que estudian, se forman en su especialidad y en el nuevo espíritu de desmercantilización de la producción y los servicios, que fortalezcan  el trabajo y la actividad cooperativas y solidarias. Son especialistas en su oficio y adquieren una nueva cultura socialista y democrática para aplicarlo. Son investigadores de punta en ciencias y humanidades, y razonan en función del “interés general”,  el “bien común” y los “derechos humanos” como objetivos de un humanismo revolucionario que piensa, habla y actúa en consecuencia.
El proyecto de la construcción del socialismo en Cuba tiende a acabar, por fin, con un mito muy arraigado y que subsistió en otras experiencias del socialismo de Estado y del parlamentario. Sostiene que no hay ninguna razón para que se piense que en la sociedad del futuro siempre habrá una minoría de sabios poseedores de la cultura superior y una mayoría con una escolarización media. A la campaña de alfabetización universal “para entender y cambiar el mundo” y a la formación de expertos y profesionales con una cultura general revolucionaria y humanista, añade el proyecto de un país--universidad en que la cultura superior se dé a todo aquél que quiera alcanzarla. Se sostiene con toda razón  que la llamada cultura superior puede llegar a ser de la inmensa mayoría de la población, tanto por los recursos técnicos y humanos hoy disponibles como por la necesidad de que los constructores del socialismo más avanzado estén integrados por masas que posean la cultura de las decisiones del “saber y buen gobierno” que en el mundo se ha reservado a unas cuantas élites. El proyecto ya está en marcha y va a ser sin duda una de las más sorprendentes victorias de la Isla.
  11. El carácter internacional de la lucha por la liberación, la democracia y el socialismo se comprueba a lo largo de la historia de la revolución cubana. Su solidaridad activa con los pueblos de África, Asia y América Latina la llevó también a establecer vínculos muy fuertes, y en algunos casos muy necesarios, con la Unión Soviética y más tarde con China. Hoy se manifiesta en su apoyo a Hugo Chávez y el pueblo de Venezuela, y en su apoyo a Evo Morales y los pueblos indios que ganaron el poder político en Bolivia. Solidaridades y apoyos se dan o reciben con la convicción de que es imposible pensar en el socialismo en un solo país o en unos cuantos países, y  necesario percatarse que se trata de un gran proceso histórico mundial, en el que se apoyan entre sí los pueblos y gobiernos que perciben los mismos ideales, o una parte de ellos, y que en el camino pueden profundizar su proyecto como ocurrió y ocurre en Cuba.
  12. Otro hecho más en que Cuba es notable está relacionado con la inclusión de la cortesía en su cultura revolucionaria. La Revolución Cubana combina “lo cortés con lo valiente”; la diplomacia con la  resistencia frente al criminal bloqueo y asedio que el gobierno de Estados Unidos le ha hecho con el afán de que fracase. 
  La combinación de la diplomacia y de la resistencia organizada, armada de ideas y de valores, y con una máquina de guerra impresionante, capacita a Cuba para enfrentar a quienes intenten invadir su territorio y le permite contar con numerosos aliados en los propios Estados Unidos y en el mundo, entre otras razones porque ha dado amplias y claras muestras de que no es antiamericana sino antiimperialista. En sus encuentros internacionales, Cuba muestra la flexibilidad necesaria para reunirse con otros rebeldes y buscar con ellos simpatías y diferencias para acciones concertadas. Al mismo tiempo combina los principios a que adhiere con la cortesía y la tolerancia que le permiten moverse fácilmente  en los círculos diplomáticos, académicos y de organizaciones que luchan por la paz, contra el terrorismo de Estado, y contra ese neonazismo disfrazado de neoliberalismo que vende e impone por la fuerza su desoladora democracia de mercado.  
  La combinación de la firmeza revolucionaria, de la democracia de veras, de la cortesía, de la tolerancia, del pluralismo ideológico, religioso, científico es parte de una cultura más amplia. Corresponde a una cultura de las combinaciones para vencer en las contradicciones, en las luchas y enfrentamientos emancipadores. Las combinaciones para vencer en las contradicciones, permiten articular saberes y perspectivas, problemas y soluciones que es imposible lograr por separado sin que se debilite gravemente la lucha emancipadora. Muchas de ellas implican frentes mutantes en que algunos se van quedando en el camino y otros se van integrando, mientras los que empiezan y siguen ya son otros por las experiencias recibidas y por los nuevos proyectos concretos imaginados. 
  En Cuba la cultura de las contradicciones y las combinaciones aparece al plantear los problemas de la liberación, la democracia y el socialismo, y hace que el propio marxismo, o el pensamiento crítico, se enfrenten en nuevas formas con las tendencias ortodoxas o revisionistas de los textos, y con las creencias y prejuicios que no permiten salir de discusiones estériles, talmudistas. El propio marxismo, se desarrolla no sólo como ideología sino como cultura, y no sólo con las técnicas de la convicción y la persuasión propias del manifiesto, sino con las técnicas del aprender a aprender lo que no se sabe. 
  Los tropiezos que se encuentran en la creación de esta nueva cultura son inmensos y fueron tanto mayores cuando la pequeña Isla tuvo que contar con el apoyo del bloque soviético, sin que de sus propias filas hubieran desaparecido los legados de la cultura autoritaria y burocrática. Paradójicamente el camino de la nueva cultura se abrió de nuevo a raíz del colapso del bloque soviético, cuando el pueblo aprobó el llamado “período especial”, lleno de sacrificios y de descubrimientos emancipadores.
 13. En los hechos, hay numerosas historias que revelan cómo hacer posible lo imposible. La gran aportación en este terreno consiste en combinar en el análisis de lo necesario y útil, la dialéctica determinista sobre “las condiciones revolucionarias” con una lógica que va más allá de lo esperado como probable o como posible. Esa lógica no excluye las tendencias anteriores ni las condiciones actuales en tiempos de crisis y “fases de transición”; combina la firmeza de las vanguardias que pueden alcanzar efectos inusuales, con la organización y la voluntad de las bases organizadas. 
 La Revolución Cubana estuvo muy lejos de ser una revolución voluntarista, como en ocasiones sostuvieron los rusos para descalificarla, y Régis Debray para exaltarla por lo que no fue. La Revolución Cubana no obedeció a “la decisión de un pequeño grupo de valientes”, aunque éstos tuvieron indudablemente una responsabilidad que supieron asumir. 
 La Revolución Cubana mostró una enorme correspondencia con las nuevas ciencias de los sistemas auto-regulados y creadores, complejos y no lineales, así llamados porque son sistemas que se construyen para alcanzar objetivos, y porque en ellos se dan múltiples interdefiniciones e interacciones en que una pequeña causa puede producir efectos desproporcionados. La Revolución Cubana estuvo muy lejos de parecerse a un milagro. Sólo redujo la incertidumbre y el azar con la organización, la comunicación, la formación de la conciencia y la voluntad ética revolucionaria. Así empezó  cambiar la pequeña gran Isla. 
Los doce sobrevivientes del Granma sólo eran la punta del “iceberg”. A su valiente decisión de lucha, añadieron una amplia organización de las bases que se coordinó con ellos, y a la que se fueron articulando más y mas los miembros de la población rebelde de Sierra Maestra, las  organizaciones de Santiago que ya había forjado Frank País, y los frentes que promovieron en distintos puntos de la Isla Fidel y Raúl Castro, Ernesto Ché Guevara y Camilo Cienfuegos. 
 La crisis terminal del gobierno y el Estado opresor “mostró que la represión ya no podía retener la ola revolucionaria”. Los combatientes salían por cientos de las ciudades, al mismo tiempo que se producía “la unidad de todos los revolucionarios consecuentes que ya reconocían como su principal avanzada al Ejército Rebelde”. Las bases, los pueblos, los trabajadores y campesinos, los ciudadanos, construyeron sus organizaciones coordinadas y articuladas en las formas más idóneas para el triunfo a nivel nacional. 
 La nueva tarea del Comandante en Jefe y de los dirigentes del Ejército rebelde fue dar pruebas constantes de su moral rebelde y de su reconocimiento consecuente de los valores e intereses de los  trabajadores y el pueblo. En la etapa constituyente de la creación del nuevo Estado, que empezó por poner en fuga al ejército desmoralizado y llevó a la vergonzosa huída del dictador, de los oligarcas y las mafias, se tomó siempre en cuenta lo que Fidel Castro había dicho que entendía por pueblo, en su famoso texto de l953, titulado La historia me absolverá. Allí había escrito: “Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una Patria mejor, y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla, generación tras generación; la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de su sangre”. Así dijo y así hizo con muchas y crecientes masas de quienes creen suficientemente en sí mismos.
 14. Para lograr sus objetivos, el pueblo de que habló Fidel no puede gobernar con una democracia representativa. No le basta; por sí sóla esa democracia vale poco “en una sociedad y un mundo con grandes desigualdades”. El pueblo necesita participar en el sistema de dominación y acumulación. El pueblo no puede construir el socialismo sin una disciplina revolucionaria libremente consentida, y sin una democracia o gobierno del pueblo que asegure la construcción emancipadora en organizaciones verticales y horizontales que sirvan para alcanzar los objetivos de la Revolución  y para empezar a practicarlos desde el inicio mismo del camino, y en el camino. 
 El pueblo tiene que participar en el gobierno. Puede participar en el gobierno para las grandes decisiones, siempre que sus dirigentes y vanguardias, sus frentes, partidos y organizaciones de base orienten y coordinen la creación histórica y sean un referente directo e indirecto de una democracia que sea gobierno del pueblo, de un socialismo que sea democrático, de una liberación que sea socialista. Y en ese punto parecería caerse en una causalidad circular de democracia, liberación y socialismo, que el pueblo-gobierno de Cuba supera construyendo otra metáfora; la espiral dialéctica, en que las luchas anteriores se toman para alcanzar objetivos cada vez más altos y más profundos como se advierte en el análisis detallado del estado, la sociedad, la cultura, la economía y la ecología de Cuba.  
 “¡Cuba vive, la lucha sigue!”, como dice el gran grito desde México y desde todos los confines del mundo.

2 de diciembre de 2006

 
  Siguiente >