La Educación Popular –algunos debates posibles y necesarios- Claudia Korol Imprimir E-Mail
La Educación Popular es parte de la experiencia de resistencia y de rebeldía de los movimientos sociales y políticos que en Argentina y en América Latina vamos buscando y creando alternativas frente a la crisis del capitalismo en el orden mundial, y al impacto de sus consecuencias sobre nuestras sociedades.
El sistema capitalista en nuestro continente es –como el patriarcado y el racismo- producto de siglos de colonialismo, neocolonialismo e imperialismo.
En este momento en que su crisis se agrava en todas las dimensiones (es crisis económica, financiera, alimentaria, energética, política, cultural) a nivel mundial, es evidente que se refuerzan los mecanismos de salvataje de su “prestigio” y sobre todo de sus desmedidas ganancias, basados en la antigua “costumbre” de descargar los costos principales aumentando los sacrificios y la súper explotación de los pueblos dependientes y subordinados. Al mismo tiempo, se multiplican los discursos fundamentalistas religiosos y políticos que tienden a legitimar la dominación a través de la imposición de una cultura  que justifica la exclusión y estigmatización del “otro”, del “diferente”.
El continente es pensado desde una voz principal, a partir de un sujeto hegemónico: blanco, burgués, masculino, urbano, heterosexual. El resto -la mayoría- es el otro: bárbaro, primitivo, negro, indio, mujer, homosexual, pobre, extranjero/a.
La cultura de los violentos vencedores se vuelve así dominación, pero también sentido común entre los vencidos y vencidas. Esto explica la colonización no sólo como ideología del poder, sino como legitimación del mismo en los cuerpos, ideas, sentimientos, sentidos y acciones de los colonizados y colonizadas.
En la actualidad estos mecanismos se acentúan y profundizan, favorecidos por la mercantilización de la educación y de la comunicación (en la esfera pública y privada), y su puesta en función de la legitimación de los intereses de las corporaciones transnacionales.
Esta introducción trata de situar el contexto en el que estamos debatiendo las experiencias de Educación Popular.
También necesitamos subrayar que para un debate de este tipo, es necesario precisar a qué proyectos de Educación Popular estamos interpelando, ya que bajo este nombre se cobijan diferentes concepciones, enfoques y prácticas, desde aquellas que pretenden –aun con dificultades- seguir siendo pedagogía de los oprimidos y oprimidas, pedagogía revolucionaria, y aquellas que han disociado las dinámicas y algunas técnicas participativas de la propuesta liberadora, y tienden a utilizarlas para instituir –en nombre de la Educación Popular- un espacio de contención social, de gobernabilidad, y de inclusión subordinada en la dominación.
En la experiencia colectiva que venimos realizando desde el equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía, intentamos recrear cotidianamente una pedagogía emancipatoria, a la que concebimos como una dimensión específica de los procesos organizativos y de lucha de las fuerzas populares y revolucionarias.
Es una pedagogía de la rebeldía, de la esperanza, de la libertad. Una pedagogía que tiene en su horizonte el socialismo –no como calco ni copia, sino como creación heroica de los pueblos (tal como lo concebía José Carlos Mariátegui)-. La entendemos por lo tanto en clave de revolución permanente, de desafío a todas las opresiones, de proceso y de proyecto libertario.
Desde esta práctica participamos del debate y del diálogo con distintas experiencias que existen en el campo de la Educación Popular, y también con concepciones de formación política de algunas corrientes que estigmatizan a la Educación Popular, la caricaturizan, y que incluso desde un discurso que se presenta como revolucionario tiende a reproducir viejos y nuevos dogmatismos.

Nuestra concepción de la Educación Popular

Trataremos ahora de explicitar un poco más algunos elementos de nuestra propuesta y de nuestra experiencia.

1. Concebimos a la Educación Popular como pedagogía de los oprimidos y oprimidas, y no como pedagogía para los oprimidos y oprimidas.
Esta posición está en polémica con quienes realizan prácticas que consideran de Educación Popular, que tienen fuertes componentes de asistencialismo y clientelismo, promovidas fundamentalmente desde algunos espacios gubernamentales, ONGs e Iglesias, con el objetivo de “contener” a los sectores sociales excluidos. Contención que funciona en clave de adaptación: se trata de “contentar” y de “contener” en el corralito de las políticas de sobrevivencia –reduciéndose por lo general a propuestas de “entrenamiento”, de “capacitación” en algunos saberes necesarios para no morir, lisa y llanamente, en el circuito de la exclusión-.
Entender la Educación Popular como pedagogía de los oprimidos y oprimidas, significa pensar en el protagonismo del sujeto popular en la creación histórica revolucionaria.
Es una pedagogía que se realiza desde las organizaciones en lucha, tendiendo a fortalecer a su militancia, a sus dirigentes, en los distintos ámbitos que tienen de formación y de análisis crítico de la realidad. Aquí aclaramos que no la concebimos como el mecanismo para la formación de militantes “de base”, del que quedan exceptuados “los cuadros”; ya que proponemos la Educación Popular como teoría del conocimiento que sustenta todos los procesos de estudio, y de reflexión sobre la práctica, o de debate teórico.
Es una pedagogía de los trabajadores y trabajadoras, que abarca también a quienes sufren otro tipo de opresiones, producto del racismo, del colonialismo, del patriarcado.
Es una pedagogía de los sujetos organizados, o que tienden a organizarse para luchar contra la opresión.
La dimensión organizativa, es parte esencial de esta teoría del conocimiento, basada en el trabajo grupal, y en la convicción de que la única manera de transformación del mundo es a partir de la lucha organizada de los oprimidos y oprimidas.
Es una pedagogía que se desenvuelve en el contexto del conflicto social, de las luchas sociales y políticas, de la movilización popular.
Es una pedagogía cuyos contenidos, métodos, propuestas, no se deciden por fuera del grupo social que forma parte del proceso educativo, sino que se va realizando junto y como decisión del grupo. En este sentido, se aleja de aquellas concepciones de algunas izquierdas que consideran ser poseedoras de verdades que deben “enseñar” a “la clase”; posición que se acerca a la educación que Paulo Freire caracterizó como “bancaria”, porque sigue suponiendo que en un lugar elitista está el dominio saber y en otro está la ignorancia, y considera entonces que el acto educativo se limita a “transferir” o “depositar” ese saber, para “iluminar” a los que no lo tienen.
A diferencia de esta mirada, la Educación Popular se propone procesos de creación colectiva de conocimientos, de descubrimiento del mundo, de diálogo de saberes.

2. Es una pedagogía de la descolonización, del develamiento de las marcas eurocéntricas y occidentales de la cultura dominante.
En nuestro continente, marcado a fuego por los genocidios propiciados por la cultura capitalista, patriarcal, racista, impuesta por la conquista, la colonización y la recolonización, es imprescindible pensar -cuando hablamos de la dimensión política de la Educación Popular- en una mirada profundamente crítica del eurocentrismo y de sus lógicas racionalistas, basadas en ideales como el “desarrollo”, el “progreso”, la “civilización”.
Es necesario plantearnos –en el contexto de la crisis del capitalismo “desarrollado” y del que fue llamado “socialismo real”-, la necesidad de dar una vuelta radical en las maneras de pensar y pensarnos, de sentir, de crear, haciendo del reconocimiento de la multiculturalidad una oportunidad de crecer en la diversidad, y de encuentro de pistas que permitan detener la destrucción del planeta.
Esto nos obliga a cuestionar nuestras propias ideas sobre las formas de vida deseables, tanto en su dimensión colectiva como individual, los modelos pensados de socialismo, los proyectos populares en los que nos involucramos.
Esta concepción propone un debate tanto al modelo hegemónico de educación –esencialmente colonialista-, como a las propuestas de algunas corrientes de izquierda que han hecho del paradigma europeísta y occidental de desarrollo su principal fuente de inspiración.
Sin renunciar a los aportes que puedan provenir de todos los saberes existentes en el mundo, es necesario pensar la realidad desde América Latina, desde nuestra historia, desde los sujetos que la constituyen, desde nuestra identidad indoamericana, desde nuestros saberes, desde nuestros sueños, desde nuestros cuerpos sometidos, y desde nuestros cuerpos rebeldes.
Polemizamos con algunas construcciones coloniales sostenidas desde la izquierda, que llevan a negar las raíces culturales y políticas de los movimientos populares del continente, reduciendo el conjunto de contradicciones de una sociedad a la contradicción clasista (jerarquizada como contradicción principal, y considerada en muchos casos como única y prioritaria).
Fundamentamos nuestro pensamiento en el marxismo, e intentamos despojar al mismo de las connotaciones que provienen de interpretaciones sectarias, dogmáticas, que esterilizan su mayor potencia: la capacidad crítica, la dialéctica revolucionaria, la metodología de análisis de la realidad con el objetivo de su transformación.
Desde las corrientes dogmáticas, el diálogo con culturas originarias y su concepción del mundo, o con las corrientes feministas que cuestionan al patriarcado, son consideradas parte de las lógicas “posmodernas”. Se nos acusa entonces de cierta complicidad con los procesos de fragmentación del sujeto, promovidos por la cultura posmoderna. Sin embargo, en nuestra experiencia, son las posiciones dogmáticas las que lejos de contribuir a superar la fragmentación promovida por la cultura neoliberal, la estimulan, al dejar fuera del proceso de articulación de este sujeto a un conjunto de experiencias que consideran secundarias.
La educación ha sido desde el momento de la conquista, y es hasta la actualidad, una de las armas fundamentales en la creación de consenso a las políticas dominantes. Es también un escenario de disputa de sentidos.
Los aportes de Paulo Freire, de la pedagogía de los oprimidos y oprimidas, así como los de diferentes corrientes de la pedagogía crítica, permiten forjar alternativas a esta acción cultural disciplinadora.
Esto significa al menos dos desafíos inmediatos: una reflexión profunda sobre nuestra historia, y la manera en la que se enseña en escuelas y universidades, y la crítica de las bases epistemológicas de todas las ciencias, que han vuelto a las universidades en dependencias de las grandes empresas. La colonización de los saberes es especialmente visible en las prácticas académicas, que cada vez más se han colocado al servicio de los intereses de las corporaciones transnacionales, como se expresa en la aceptación de fondos por parte de muchas universidades de las mineras como La Alumbrera, o de “donaciones” de transnacionales del agronegocio como Monsanto.
La reacción que una parte de la comunidad universitaria viene realizando frente a estos fondos, inaugura nuevos debates en el campo académico, y promueve puentes con el mundo de las víctimas de las políticas de las transnacionales.
Desde nuestra experiencia, interactuamos con aquellas franjas del movimiento universitario que tejen sus compromisos con los movimientos populares, contribuyendo con seriedad y profundidad al develamiento de los intereses que están hoy en juego en aquellas disputas.
También tejemos redes con las educadoras y educadores que en los diferentes niveles del sistema de educación pública, intentan abrir paso a una pedagogía crítica, cuestionadora del statu quo, transformadora y desafiante de las lógicas que esperan de este espacio la mera reproducción de los saberes de la dominación.
Descolonizar nuestras maneras de estar y de sentir, de pensar y de vivir, exige  un enorme esfuerzo grupal que tenga signos claros de cambio, de crítica, de re-educación; que desafíe lo “aprendido” en la “socialización” en la que nos hemos de-formado. Es un esfuerzo que sólo puede concretarse en la lucha, en la praxis transformadora, en la fuerza que se reúne en el gesto colectivo.
Es un proceso fundante de nuevas identidades, de nuevas prácticas, de proyectos de creación de poder popular, de soberanía, de independencia, de libertad, de socialismo, que seguramente no podrán realizarse tan sólo en términos de un grupo –por más amplio que éste fuera-, ni siquiera de un pueblo-nación; sino que tendrán que ir forjándose en una perspectiva continental, indoamericana, desde nuestra América mestiza.
Se trata de la posibilidad de ir proyectando la integralidad de la lucha, superando los mecanismos de fragmentación y dispersión de los esfuerzos populares. No hablamos de la suma caótica de fragmentos que se superponen y reorganizan una y otra vez, sino de la posibilidad de inventar y realizar un proyecto popular, con un horizonte que se proyecte desde las luchas anticoloniales hacia prácticas alternativas originales, comunitarias, sociales, nacionales, continentales, internacionalistas, en las que el diálogo de saberes, de haceres, de sentires, de sueños, permitan que nuestros colores y olores, gustos y palabras, cuerpos y gestos, avancen hacia una manera de encuentro basada en la alegría del descubrimiento, en la continuidad terca y rebelde de más de cinco siglos de resistencia indígena, negra, feminista y popular.

3. Es una pedagogía que apunta a superar las dicotomías trabajo manual- trabajo intelectual, teoría-práctica.
La educación liberal y su pedagogía, han ido creando sucesivas disociaciones. Una de ellas es la dicotomía entre trabajo manual y trabajo intelectual, en la cual queda subvalorado el trabajo manual. Esta experiencia conduce a la distancia entre “los que hacen” y “los que piensan”, entre los “intelectuales” y “los trabajadores”. Estas dicotomías, al tiempo que privilegian el pensar sobre el hacer, también priorizan el pensar sobre el sentir, y la “mente” sobre “el cuerpo”.
Este sistema dicotómico escinde no sólo a los grupos, sino también a las personas, siendo un factor de alienación de los seres humanos.
En los grupos populares, cuando se traslada esa dicotomía, queda de un lado la teoría y del otro la práctica. De ahí surge una concepción elitista de la elaboración teórica, que deposita en los intelectuales esta tarea, supuestos portadores del saber. La teoría queda fuera del movimiento, y debe ser “transmitida” al mismo, perdiéndose la capacidad de que el movimiento popular en sí se constituya como intelectual colectivo, en el cual los “intelectuales orgánicos”, al decir de Gramsci, sean parte –y no aparte- del mismo.
En nuestra concepción de Educación Popular, la clave del proceso educativo es la batalla contra la alienación que escinde a las personas, y por la constitución de los movimientos populares como intelectuales colectivos. En ellos aportan de manera destacada los intelectuales “orgánicos”, tanto los que provienen de la academia y se acercan a los movimientos, como los que se han formado en el mismo movimiento. La integración en la praxis cotidiana, permite a los intelectuales y a los movimientos –intelectuales colectivos- ganar capacidad de comprensión de la realidad que quieren transformar.
La sistematización de los procesos de lucha, de debate, la relación práctica –teoría – práctica, enriquece los análisis y es en sí mismo un momento educativo por excelencia.
Al mismo tiempo, el proceso pedagógico se vuelve un lugar de exploración en la búsqueda de superación de esa dualidad trabajo manual-trabajo intelectual, integrándose al conjunto del colectivo que es parte del proceso en calidad de educadores/as o de educandos/as, como actores de tareas “manuales” que tienen el mismo peso y densidad en la educación de nuestros cuerpos en lucha.
Aporta a esta reflexión el concepto de “hombre nuevo” que propiciaba el Che, cuando creía en el trabajo voluntario como camino para su formación, en el contexto de la lucha revolucionaria.
El Che analizaba que en la educación anticapitalista, era imprescindible librar una batalla cotidiana contra la enajenación que produce el trabajo convertido en mercancía. Veía al trabajo voluntario como una de las posibles expresiones de un tipo de trabajo liberado de la coacción del capital.
Esto plantea numerosos interrogantes y debates en las experiencias de Educación Popular. Por un lado cuestiona aquellas en las que desde el estado se intenta involucrar a las experiencias de Educación Popular como subsidiarias de las experiencias de asistencialismo.
Capacitaciones para la realización de proyectos productivos del circuito asistencial, no sólo van dando legitimidad y gobernabilidad a ese circuito; también son mecanismos de multiplicación de la explotación, de la extracción de plusvalía, y de “autoexploración”.
Claro que muchas veces nuestras experiencias, al realizarse en los límites mismos de las necesidades acuciantes que se les presenta a hombres y mujeres excluidos/as, tienen un componente de emergencia que linda con esas políticas de sobrevivencia. Por eso es imprescindible la problematización de estas prácticas, la determinación de sus sentidos, la necesidad de ubicar –si se recurre a las mismas- cómo se relacionan éstas con las demandas al Estado por trabajo digno o por educación o salud, y la exigencia de cuestionar de manera sistemática las políticas de exclusión y de construcción de circuitos que profundizan la fragmentación del sujeto popular.
En el plano de la relación teoría-práctica, el tema es aún más complejo, ya que esta disociación conduce claramente a la dogmatización de la teoría.
En nuestra experiencia, concebimos a la Educación Popular como un momento fundamental de elaboración teórica colectiva. Si esto funciona así, se vuelve un camino para la constitución de los movimientos populares como sujetos históricos, como intelectuales colectivos, que construyen en el marco de su praxis una reflexión en la que la ideología previa, la teoría acumulada por el movimiento popular, dialoga con los nuevos desafíos que se presentan en la lucha de clases, en las batallas antipatriarcales y anticoloniales.
En estos procesos políticos pedagógicos, no sólo aspiramos a la integración del movimiento popular como intelectual colectivo, sino como un tipo de intelectual que incorpora en sus análisis diferentes pensamientos que nacen de la diversidad de experiencias que constituyen las batallas emancipatorias.
Diversidad de saberes, de lenguajes, de memorias, forman el imaginario y la trama de la subjetividad en la que se rehacen una y otra vez las ideas que los seres humanos tienen de sí mismos, de sus vínculos, de sus posibilidades de transformación –o de reproducción- de la existencia.
Es en esta perspectiva, que nuestra concepción metodológica incluye no sólo los momentos de estudio de textos, de análisis mediado por la razón, sino también, el espacio lúdico que favorece la intervención de otros sentidos, códigos, y posibilidades, como la presencia de los cuerpos completos en el acto pedagógico. Razón, y también sentimientos, cuerpos, deseos, comprometidos con la revolución.

4. Es una pedagogía anticapitalista, antiimperialista, de liberación nacional e internacionalista.
Frente al ascenso de las movilizaciones populares que se enfrentan a las políticas de saqueo y destrucción de nuestras sociedades, estimuladas por el deterioro en el imaginario social del mito publicitario de los años 90 sobre los supuestos beneficios de las políticas neoliberales, la respuesta desde las fracciones del poder es el resurgimiento y fortalecimiento de tendencias militaristas, guerreristas, con las que se disponen a defender, reproducir y ampliar la explotación de los pueblos oprimidos.
Se exacerban así, y asumen nuevos contenidos, el racismo, la opresión patriarcal, la xenofobia, los fundamentalismos religiosos. En esta dinámica se ponen a la orden del día nuevas invasiones, golpes de estado, intervenciones, bases militares, aumento de la carrera armamentista, políticas de desestabilización de los regímenes democrático populares. Se plantea un escenario internacional en el que cobran un fuerte protagonismo las propuestas antiimperialistas, que enfrentan el nuevo reparto del mundo que promueven las corporaciones transnacionales, y los grandes bloques imperialistas.
La Educación Popular tiene el desafío de asumir un aporte concreto en las batallas de liberación nacional, de defensa de la soberanía, en los procesos antiimperialistas locales, regionales y continentales, en la gestación de alternativas frente a los bloques de poder mundial.
La batalla antiimperialista, como dimensión específica de la lucha anticapitalista, implica conocer mejor las modalidades que asume hoy esta dominación, y en particular sus mecanismos de generación de consenso y de cooptación de las fuerzas sociales, y de los centros de producción de conocimiento.
El poder mundial disputa e intenta apropiarse de todo el campo de los saberes, desde los saberes académicos, generados en los centros propios de investigación, hasta los saberes populares, a los que no sólo aspira a “conocer”, sino también a “poseer” y “patentar”.
Desde la Educación Popular realizamos una revalorización del saber popular en la lucha contrahegemónica, que tiende a resguardar los conocimientos acumulados por los pueblos originarios, las comunidades campesinas, las mujeres de los sectores populares, como parte de las “armas” de la resistencia, de su capacidad de sobrevivencia y de gestión de alternativas.
Al mismo tiempo, es importante la posibilidad de aportar actualmente en la creación de espacios de formación política y educación que los movimientos populares van organizando como parte de una disputa de sentidos, de saberes, y de capacidades de comprensión y de transformación del mundo.
El internacionalismo, en las condiciones de globalización del capitalismo, es una exigencia de nuestro proyecto político pedagógico.
Comprender las relaciones existentes en el mundo hegemónico, ha vuelto más complejas las luchas reivindicativas y políticas. En tal sentido se trata no sólo de asumir, como lo hace la Vía Campesina, la consigna de “Globalicemos la lucha, globalicemos la esperanza”, pensadas estas “globalizaciones” en una perspectiva contrahegemónica. Es fundamental también hacer del internacionalismo práctico, de la solidaridad con los que luchan en cualquier parte del mundo, una manera de autoeducarnos, de formar nuestra sensibilidad ante los sufrimientos y dolores, sueños y esperanzas en cualquier rincón del planeta. Estas vivencias internacionalistas amplían al mismo tiempo nuestros horizontes de análisis, y nos permiten aprender de las múltiples experiencias de lucha que se desarrollan en nuestro tiempo.

5. Es una pedagogía feminista, socialista, libertaria, del “buen vivir”.
En la experiencia de Educación Popular que venimos realizando, fuimos aprendiendo la íntima relación existente entre las diversas propuestas emancipatorias. No alcanza con la lucha por una u otra reivindicación. No alcanza con enfrentar una u otra opresión.
No compartimos las propuestas que encorsetan el proyecto de Educación Popular en prácticas de reintegración en el sistema capitalista, patriarcal, colonial.
No compartimos las propuestas que agotan su campo de acción en lo local, o en lo corporativo.
Sabemos que todos estos esfuerzos son fácilmente asimilables por la dominación, y hasta pueden resultar funcionales a la misma.
Nuestra meta es crear colectivamente, en un diálogo fraternal con los diferentes colectivos de lucha, un proyecto que permita el encuentro de las propuestas emancipatorias, libertarias, que los pueblos han ido inventando en su marcha.
No se trata de la suma de demandas, sino de la ampliación del horizonte de nuestros sueños.
Es también una pedagogía de cuerpos en movimiento, de sujetos colectivos, de socialización de los saberes y de las esperanzas, de creación de nuevas relaciones entre los diversos géneros, y de los seres humanos con la naturaleza.
De alguna manera, el paradigma libertario anima nuestras iniciativas, cada vez que pensamos a la educación “como práctica de la libertad” –de acuerdo con las primeras búsquedas “humanistas” de Paulo Freire-. Y es desde esa libertad que imaginamos la posibilidad de que la humanidad vuelva a plantearse como meta el proyecto socialista. Un proyecto que necesariamente tendrá que enamorar la lucha anticapitalista con la lucha antipatriarcal y anticolonial. Que requiere de la mirada crítica de todas las experiencias realizadas hasta el momento, en nombre del socialismo.

Con esta concepción de Educación Popular intentamos trabajar. Nuestra propuesta es inacabada, y no pretende ser más que un aporte al diálogo que puede realizarse en cualquier ámbito donde haya sujetos con disposición a la lucha y al diálogo creativo.
Nos resulta sumamente auspiciosa la multiplicación de experiencias de Educación Popular que vienen promoviendo diferentes movimientos sociales, como las búsquedas que se realizan en los bachilleratos populares, promovidos fundamentalmente por movimientos de trabajadores y trabajadoras de empresas recuperadas, movimientos piqueteros, los esfuerzos de creación de la Universidad de los Trabajadores, los esfuerzos de educación campesina, y otras iniciativas que están en curso.
También valoramos la gran batalla que están dando los educadores y educadoras que defienden la educación pública, como espacio fundamental de lucha política y pedagógica.
No creemos que haya que optar obligatoriamente por un lugar u otro de construcción de la propuesta, sino que las posibilidades que tenemos en este momento, nos permiten trabajar críticamente en los más diversos campos de acción.
Sólo quisiéramos aportar, en tal sentido, que sería sumamente productiva la creación de espacios comunes en los que podamos problematizar todas estas experiencias en las que participamos, de manera de aprender colectivamente de las mismas, y fortalecerlas, identificando sus debilidades, y sumando fuerzas para superarlas.
La Educación Popular está en una encrucijada. Si se conforma con ser una metodología “democrática” de intervención social, con fines de inclusión de los marginados y marginadas, quedará atrapada en las redes fuertes y resistentes del poder, que se rehacen a cada paso.
Quisiéramos pensar que en sus diferentes expresiones, tenderemos a multiplicar la experiencia desde el lugar de la rebeldía, de la insubordinación frente a todas las dominaciones. A hacer de la Educación Popular el lugar donde la indignación, la rabia, el deseo, y las esperanzas de cambiar la vida, encuentren no sólo su lugar, sino también un camino posible.

Mayo 2010


ENCUENTRO DE EDUCADORES Y EDUCADORAS POPULARES 7, 8 Y 9 DE MAYO 2010
 
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