Claudia Korol - Intervención en el Seminario de Formación Teológica: Nuevas militancias, para nuevos desafíos de los pueblos Imprimir E-Mail

Cuando llegué a Trelew, una ráfaga de viento me envolvió por completo. Me golpeó suavemente. No tuve dudas: es un soplo de memoria.
Envuelta en el viento patagónico, se desataron recuerdos anudados de viejas militancias.
Trelew habita el imaginario de una generación rebelde, que creyó que tenía que inaugurar nuevas militancias, y que ellas tendrían el sello guevariano de patria o muerte. Que creyó, y que puso su cuerpo en la realización de lo que creía.
Peronistas, marxistas, cristianos, socialistas. En la cárcel forjaron posibilidades de encuentro, atrás de un objetivo preciso: su libertad, para continuar la lucha por la liberación del pueblo.
Ellas y ellos enhebraron sus proyectos en un esfuerzo común, y derramaron su sangre sobre la misma tierra, que es precisamente esta tierra que estamos pisando.
Cayeron, y sin embargo están entre nosotros y nosotras. Ayer los vimos. Todos estos días los sentimos. Vienen en el viento patagónico cada vez que la memoria dice presente.

Envuelta como estaba en esos vientos de memoria sin nostalgia, de memoria que compromete, envuelta en esos vientos que limpian el horizonte, que sacuden los cuerpos y generan energía colectiva, sentí que la historia nos interpelaba:
¿Será que las viejas militancias de hoy, que fueron las nuevas militancias de ayer, no tendrán algo que decir a las nuevas militancias de hoy, que serán las viejas militancias de mañana?
¿Será que este viento de la historia que sacude nuestro presente de lucha, nos desafía a inventar el futuro nuestro?
¿Será que mirando nuestras vidas, desde el sur del mundo, desde abajo, desde el corazón del pueblo, desde la tierra, tan cerca de nuestras Islas Malvinas, tan lejos de los centros del poder mundial, podremos encontrar algunas claves que nos permitan reunir sueños y proyectos, hilvanar deseos y poderes, del pueblo que nos rehace en sus caminos?
¿Será que podremos compartir los caminos diferentes, sabiendo sin embargo que muchos de ellos buscan el mismo sur… e identificando también aquellos caminos que nos alejan de nosotros y nosotras mismas?

Tal vez el viento patagónico nos esté diciendo que las ideas más nuevas, que las acciones más creativas, son aquellas que aprenden a enhebrar, no sólo los hilos más consistentes, sino también las hilachas más desprolijas… en un telar popular que no deje en el camino ninguna rebeldía.
Tal vez el viento patagónico nos esté invitando a hilvanar rebeldías y pasiones, certezas y dudas, esperanzas y desconciertos, felicidad y dolores, acciones y reflexiones, teorías y prácticas, convicciones e incertidumbres, viejas y nuevas militancias.

Envuelta estoy en ese viento, envueltas y envueltos estamos en ese viento, cuando en este encuentro nos preguntamos:

¿Cómo enhebrar en un proyecto del pueblo nuestras vidas, nuestras diversas y dispersas militancias, nuestras variadas maneras de estar en el mundo?

El viento de la memoria sopla en nuestros debates, cuando nos vamos por las ramas. Se vuelve energía al encontrarse con la resonancia de nuestras prácticas actuales. Se hace desafíos, urgencias, nos pregunta los cómo, los cuánto, los para qué, los por qué, los cuándo, los hacia dónde.

Desde este sur, envuelta en viento, comparto los desafíos que siento que nos interpelan en la actualidad:

¿Cómo hacer para reconocernos como pueblo y como pueblos, en un continente marcado por la conquista y la colonización, por el genocidio de los pueblos originarios y afrodescendientes, por la negación de identidades y culturas, por la enajenación de sus territorios… cómo hacerlo cuando todavía esos crímenes siguen impunes… cuando esa destrucción fue realizada en nombre del progreso, del desarrollo, de la civilización? ¿De qué progreso, de qué desarrollo, de qué civilización hablamos? ¿De la cultura de muerte? ¿Del progreso que destruye? ¿Del desarrollo que nos colocó en el mundo como países subdesarrollados? ¿Desarrollo para quién, progreso para qué?
¿Cómo identificar que ese saqueo y esa destrucción, que esa negación primero de los pueblos originarios y afrodescendientes, y luego también de los pueblos criollos, sirvió para la acumulación originaria del capitalismo europeo, y sigue sirviendo para la acumulación de las súper ganancias del imperialismo norteamericano y europeo, y para la fundación del capitalismo en nuestra América? Un capitalismo depredador, destructor de poblaciones y de la naturaleza que nos cobija, expropiador de nuestra fuerza de trabajo.
¿Cómo asumir que enfrentar la recolonización actual del continente, es también un enfrentamiento al poder del capital trasnacionalizado que tiene una dimensión económica, una dimensión política, una dimensión social, una dimensión cultural, una dimensión militar, y una dimensión que se expresa en la vida cotidiana?

Tal vez un desafío sea entonces buscar en nuestra militancia caminos para descolonizarnos en el reconocimiento de nuestra tierra, de nuestras identidades, de nuestras culturas, de nuestros cuerpos, de nuestros deseos.
Descolonizar nuestra miradas del mundo. Descolonizar los mandatos que disciplinan nuestros cuerpos, que reprimen el deseo, que ignoran, niegan, o inferiorizan nuestras maneras de sentir la tierra, la vida, y la palabra.
Aprender a reconocernos desde nuestras miradas y no desde las miradas del capital. No desde las miradas de la dominación, pero sí desde las muchas posibles miradas de los dominados y de las dominadas, de los oprimidos y oprimidas.

Pedagogía de los oprimidos, dijo Paulo Freire, y hoy decimos: es posible rehacer la militancia toda como pedagogía de los oprimidos y oprimidas, como pedagogía de la resistencia, como pedagogía de la rebeldía, como pedagogía de la rabia y como pedagogía de la esperanza, como acción cultural por la libertad.

Esto significa también descolonizar nuestras relaciones, evitando las subordinaciones, las órdenes jerárquicas, las nociones de autoridad asociadas al mando. Desmercantilizar nuestras relaciones, como resistencia al concepto de que todo puede volverse mercancía, que todo se puede comprar y vender, desde la tierra y el agua, hasta nuestros cuerpos.

Descolonización y desmercantilización, que implica cuestionar todas las opresiones, las que sufrimos como trabajadoras o como trabajadores explotados, las que sufrimos las mujeres en una cultura patriarcal que nos niega para subordinarnos: mujeres indígenas y negras violadas en el acto de conquista, que avasalló no sólo tierras, no oro y plata, sino también los cuerpos de las mujeres, esclavizados, violados, usados. Una cultura patriarcal que nos agrede, y que significa la multiplicación de mujeres prostituidas, de  mujeres golpeadas, de mujeres asesinadas en femicidios, de mujeres secuestradas por las redes de trata: desaparecidas en democracia. De mujeres a las que nos niegan el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos.

Descolonización y desmercantilización que nos permita reconocernos como pueblos, en un continente que está siendo nuevamente repartido y saqueado por las corporaciones trasnacionales de la minería, del petróleo, de las grandes represas, de los agronegocios, de la soja.

Pero sentirnos parte también de un pueblo que resiste, y que se rebeló en el levantamiento zapatista en el sudeste mexicano, que se levantó con nuestro que se vayan todos en el 2001, con las guerras del gas y del agua en Bolivia, con la afirmación bolivariana en Venezuela, con la dignidad que se escribe y se vive en la revolución cubana, y con numerosas maneras de organizarse y defender sus derechos que inventan los movimientos populares en todos los rincones del continente.

Sabemos también que para aplastar esa rebelión, las oligarquías locales y los poderes mundiales buscan disciplinarnos: golpe de estado en Honduras, bases militares norteamericanas en Colombia y en todo el continente, la IV Flota rondando nuestros mares, la criminalización de la pobreza y de la protesta en nuestra América.
Y en este doloroso inicio del 2010, el desastre en Haití, precedido por otros desastres sociales en el país más pobre o mejor dicho más empobrecido del continente, más invadido y sometido, actualmente avasallado por el desembarco de tropas norteamericanas bajo el disfraz de ayuda humanitaria.

Aprender a ser con otros y otras, es aprender a sentir cada uno de esos dolores como propios, y a actuar para transformarlos, aunque no lo veamos inmediatamente, aunque necesitemos para hacerlo juntarnos con las miradas de los otros y otras.

Descolonización y desmercantilización, es entonces una manera posible de pensar la militancia identificando no sólo a los responsables de esas políticas; sino también cuánto de estas culturas de opresión se expresan en nuestras propias prácticas. En nuestras miradas del mundo. Cuánto tenemos en nuestras formas de ser, de discriminación al que viene de otro pueblo, de opresión a las mujeres, de estigmatización de las opciones sexuales diferentes, de racismo, de xenofobia, de homofobia, de violencia, y de indiferencia.  

Esta descolonización y desmercantilización es una manera de pensar la militancia, una oportunidad para democratizar nuestra experiencia social colectiva, sobre la base de la creación del poder del pueblo.

Sopla el viento patagónico. Nos invita a transformarnos para transformar. Y al transformar, volver a transformarnos. A subvertir un sistema que nos enajena con sus torpes mentiras, mundialmente repetidas como únicas verdades por los grandes medios de comunicación y sus cadenas mundiales.

Otra vez me pregunto, nos pregunto: ¿Cómo enhebrar en nuestras vidas, el gesto solidario, y la rebelión frente a las injusticias? ¿Cómo enhebrar en un proyecto del pueblo la fe, las distintas maneras de vivir la fe, y la política, las diferentes maneras de vivir la política?
¿Cómo sumar la política a la lista de recuperaciones a realizar por el pueblo? Tenemos en nuestro país fábricas recuperadas, memoria recuperada, territorios recuperados, identidades recuperadas. ¿Por qué no recuperar la política de aquellos que la volvieron terreno de corrupción, de ejercicio del sálvese quien pueda, de lavado de ideales y sueños, de planchado de esperanzas?

Recuperar la política y recuperar la democracia. Sabiendo que hay políticas que no nos representan, y que este modelo de democracia nacida del Pacto de Olivos, esta democracia liberal, es la institucionalidad de un sistema que enajena el protagonismo del pueblo. Tal vez sea el momento para pensar también en la necesaria creación de una nueva institucionalidad, y de una nueva legalidad que la constituya. Tal vez … ¿por qué no? la necesidad de inventar en nuestras luchas, las bases de una nueva constitución, que cree mecanismos de real participación popular, que reconozca la pluralidad de experiencias, de culturas, de identidades, de lenguas que habitan nuestros territorios; la diversidad de derechos que necesitamos ejercer y defender, incluidos los derechos de la naturaleza. Incluido el derecho al ejercicio del poder del pueblo, no de manera mediatizada, sino de manera directa.

Tal vez una clave que pueda ayudarnos en este camino, pueda ser entender la militancia como un acto pedagógico, en el que volviéndonos sujetos de la historia, volviéndonos protagonistas, actuemos colectivamente para la transformación social, para la transformación de nuestra vida cotidiana, de la comunidad en la que actuamos, del movimiento al que pertenecemos, del país en el que vivimos, del continente que nos cobija, del mundo que tenemos que cuidar para que no desaparezca.

Tal vez sea la oportunidad de sentirnos felices, como artistas de una pedagogía liberadora, en la que todas y todos aprendemos y enseñamos, en la que todos y todas pensamos, sentimos y actuamos, construyendo autonomía frente al poder.

Tal vez sea la posibilidad de atrevernos a la aventura de soñar cuando nos despertamos. De crear y de creer sin miedo a nuestros miedos.
Tal vez esta invitación a pensar las nuevas militancias para los nuevos desafíos de los pueblos, sea una manera de animarnos a enhebrar nuestras rebeliones frente a todas las opresiones, nuestro compromiso con todas y todos los oprimidos y oprimidas, nuestra solidaridad con todas las resistencias, y nuestros enfrentamientos a los poderes que conquistan, explotan, entregan, saquean, matan, roban, contaminan y destruyen.

Dicen que la Patagonia es un territorio rico. Y parece que lo es. Pero no rico en minerales, no rico en petróleo, no en bienes de la naturaleza vueltos mercancías, no en territorios vueltos propiedades privadas. No es a esa riqueza a la que me refiero que será siempre –hasta que no transformemos profundamente la sociedad en que vivimos- la riqueza de unos pocos. Me refiero a la riqueza de las mayorías, habitemos o no en esta región.

Estamos encontrándonos en un territorio rico en rebeliones, en resistencias, en caminos, en señales. Desde las batallas del pueblo mapuche y de otros pueblos originarios, que hoy continúan su combate frente a los poderes que los oprimen y a los Estados que los desconocen, hasta las luchas obreras ferozmente reprimidas en el comienzo del siglo 20. Aquí sembraron su resistencia los pueblos originarios, aquí sembraron su compromiso los obreros rurales de aquella patagonia rebelde, aquí sembró una nueva iglesia don Jaime De Nevares, los sacerdotes del tercer mundo, aquí sembraron su palabra los obreros del Choconazo, el pueblo del Trelewazo.

Aquí sembraron sus vidas los mártires de Trelew, y también Teresa Rodríguez, Víctor Choque, Carlos Fuentealba.

Es hora tal vez de recoger los frutos de tanta siembra, y de volverlos proyectos emancipatorios, experiencias de liberación.
Tal vez sea un tiempo para que nuestras militancias se vuelvan vientos también, sacudiendo el cansancio, la indiferencia, la parálisis, los dogmas, los prejuicios, y creando las energías necesarias no sólo para avanzar enhebrando un proyecto del pueblo, auténtico, nacido desde el pueblo mismo, sino para que el proyecto del pueblo, o los proyectos del pueblo, puedan volverse poder popular y proyecto de liberación, personal, colectivo, nacional, continental, y alguna vez mundial. Un proyecto y un poder que nos permita humanizarnos, y recuperar todas las dimensiones del amor, incluso aquella que nos propuso alguna vez Camilo Torres: el amor eficaz. Un amor vuelto militancia, vuelto pedagogía popular, que celebre el encuentro de actos y palabras: actos que transforman y palabras que enuncian, denuncian, renuncian y anuncian. Enuncian nuevas posibilidades y nuevas maneras de caminar, que abren nuevos caminos. Denuncian los crímenes del poder y su impunidad. Renuncian a los privilegios, a las miradas hegemónicas, a los dogmatismos, a los individualismos, a los controles autoritarios. Anuncian espacios colectivos de libertad, de ejercicio de un auténtico poder popular.

Un amor que se renueva en el deseo socializado, como nos enseñaron los pueblos del sudeste mexicano: PARA TODOS Y TODAS TODO. PARA TODOS, LA ALEGRE REBELDÍA.


Trelew, 3 de febrero, 2010

 
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