La resistencia descolonizadora de los pueblos originarios Imprimir E-Mail

Patricia Agosto

Presentación en Jornada Descolonizadora Biblioteca Popular Fundaterra, Berazategui

10 de octubre 2009

Si hay algunas palabras que han marcado la historia de los pueblos originarios de Nuestra América en estos últimos quinientos años, éstas son colonización y descolonización.
La conquista y colonización española implicó para estos pueblos el aniquilamiento y la destrucción de sus cuerpos, de su cultura, de su identidad. Con la llegada de los europeos a América fue tomando forma la distinción entre “Nosotros” y los “Otros”, siendo los primeros los habitantes del mundo occidental o europeo y los segundos, los otros pueblos y culturas ubicados espacial y culturalmente fuera de ese mundo, pero, desde la expansión europea, parte de un nuevo sistema mundial que se estaba estructurando con centro en Europa.
Los “Otros”, desde la conquista y colonización de América, eran los genéricamente llamados “indios” y “negros”, demostrando que la idea de raza –base de la naturalización de las diferencias culturales- pasó a ser el criterio de clasificación de la población mundial. A esos “otros” les fue dada una nueva identidad –luego de haber sido despojados de sus identidades históricas- que era a la vez racial, colonial y negativa.
Si estas “otras” culturas son esencialmente inferiores -debido a la inferioridad racial que las caracteriza-, no tendrán posibilidad, si se mantienen como “otras”, de superar su atraso y llegar a ser modernas. Sólo tienen dos caminos, o adquirir la cultura hegemónica para poder abandonar su primitivismo o resignarse a ser aniquiladas. Si analizamos estos destinos con la mirada en los pueblos originarios de nuestra América, podemos afirmar que ambos han ido juntos. No se trató de aniquilamiento “o” civilización impuesta, sino de aniquilamiento físico y simbólico, este último expresado en la imposición de la cultura hegemónica que implicaba destruir los saberes ancestrales y borrar toda posibilidad de desarrollo de una cultura y una identidad propias.
Hoy, después de cinco siglos de resistencia, los caminos del despojo y de la imposición cultural continúan pero con otras estrategias. Si bien parece que estamos en un mundo “globalizado” en el que aparentemente las diferencias se diluyen y las culturas más diversas se conectan entre sí, la realidad nos vuelve a remitir a ese pasado de despojo y aniquilamiento de “lo distinto”.
Estamos ante una realidad que parece bastante contradictoria. Por un  lado, se violan los derechos ancestrales de los pueblos originarios, negándoles la posibilidad de elegir de qué forma vivir, es decir, de ser distintos; pero por el otro, hay un claro reconocimiento en la legislación nacional e internacional de sus derechos. En el caso de nuestro país basta mencionar la propia constitución nacional, muchas de las constituciones provinciales y la firma de diferentes convenios como el 169 de la OIT, donde se reconocen los derechos de estos pueblos como preexistentes a los estados. Entre estos derechos podemos mencionar el reconocimiento, el respeto y la defensa de la cultura, la identidad y el territorio del que forman parte. En este último sentido, la legislación vigente sostiene que frente a cualquier emprendimiento o proyecto que afecte los territorios donde desenvuelven su vida y su cultura, debe existir una consulta libre, previa e informada que permita que sean esos pueblos los que decidan si el proyecto puede realizarse o no, según afecte o no esos territorios y su desenvolvimiento como pueblos. Sin embargo, estas consultas son prácticamente inexistentes.
Es importante destacar que para los pueblos originarios el territorio es mucho más que el espacio geográfico que habitan; es el lugar donde construyen su identidad, su cultura, su sentido de la vida; en síntesis, su comunidad, de la que forman parte tanto las personas que la habitan como los elementos naturales, espirituales y culturales que forman parte de ella. Este sentido de la comunidad donde se incluye la naturaleza como un elemento central de la cultura y de la vida espiritual, se construye a partir de una relación de armonía entre las personas y la naturaleza, basada en el principio de reciprocidad (dar para recibir). Por esta razón, cualquier proyecto que asesine un elemento de la naturaleza (por ejemplo una represa, la explotación petrolera o minera, los monocultivos, etc.), asesina a su vez un elemento cultural y espiritual que forman parte de la identidad de esa comunidad.
Esa cosmovisión, esa manera de ver y entender el mundo, que ha llevado a los pueblos originarios a convivir durante milenios con la naturaleza sin dañarla, es la base para entender la permanente oposición a través de las luchas concretas, a este modelo extractivo, productivo y exportador que nos imponen, basado en el saqueo, la contaminación y la destrucción de los bienes naturales (mal llamados recursos naturales), que son una de las víctimas, junto con las propias comunidades y poblaciones, de las políticas que podemos llamar de recolonización de nuestro país y del continente. ¿Por qué recolonización? Porque nuestros países, sus riquezas y su gente, vuelven a quedar supeditados a las necesidades e intereses externos, de otros países, los llamados desarrollados, que siguen apoyando su desarrollo en el subdesarrollo ajeno.  
Estas políticas de recolonización son posibles por la presencia concreta de empresas extranjeras –transnacionales- en nuestros países que saquean y explotan nuestros bienes naturales, llevándolos a sus países de origen para engrosar el propio desarrollo, dejando en los países proveedores de esos bienes la pobreza, la destrucción y la muerte de las riquezas naturales y de las poblaciones. Pero este saqueo no sería posible si las empresas transnacionales no contaran con la complicidad y la garantía de los poderes políticos de nuestros países, que dan rienda suelta a ese saqueo y destrucción, a través de leyes que lo amparan, del uso de las fuerzas de seguridad para reprimir a quienes se oponen y la utilización de los medios de comunicación para convencernos de que este modelo es sinónimo de desarrollo y de que los y las que luchan contra él no son más que delincuentes (porque cometen determinados delitos) que se oponen al progreso.
Teniendo una clara mirada sobre el modelo y estas políticas, es que los pueblos originarios se están enfrentando en la actualidad a las empresas nacionales y extranjeras que se dedican a la explotación petrolera, minera, a la expansión de los monocultivos que atentan contra la biodiversidad, a la construcción de grandes represas y de la infraestructura que hace más fácil el saqueo, así como también luchan contra la concentración, privatización y extranjerización de las tierras que los expulsa de los territorios a los que pertenecen ancestralmente y los arrincona en barrios marginales de las grandes ciudades.     
Es decir, si bien hoy desde el poder económico y político sigue habiendo un empeño en hacer desaparecer o invisibilizar a los pueblos originarios, sus voces desobedientes ante la anulación de la diversidad cultural e identitaria se siguen escuchando con fuerza, como en aquellas rebeliones y resistencias a las políticas de genocidio y explotación que trajo consigo la primera colonización de nuestro continente y los posteriores intentos de aniquilarlos que vinieron con la constitución de nuestros estados.
Estas rebeldías y estas resistencias son descolonizadoras en varios sentidos. Por un lado, gritan la necesidad de que creemos, todos y todas pero incluyéndolos, una forma alternativa de vida social que descolonice las formas de conocer y de actuar para crear una sociedad que respete las diversidades, en la práctica concreta y no sólo en los papeles que quedan archivados, es decir, construir “un mundo donde quepan muchos mundos”; y por el otro, que creemos una forma alternativa de sentir individual que descolonice nuestras mentes, permitiendo romper con nuestras propias contradicciones que muchas veces se basan en seguir creyendo que existen “otros” -inferiores, atrasados, que tienen que ser colonizados- frente a “nosotros” -superiores, adelantados, que tenemos que colonizar para seguir sintiéndonos los vencedores de la historia.
 
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