Claudia Korol - Hacia una pedagogía feminista. Pasión y política en la vida cotidiana. Imprimir E-Mail
Intervención en el  Primer Coloquio Latinoamericano
“Pensamiento y Praxis Feminista” (1)

1. Yo no fui atraída al feminismo por activistas feministas, como otras compañeras comentaron en este Coloquio, ni por la lectura o el estudio de textos feministas. Más bien fui empujada al feminismo por mujeres no feministas, que luchando por sus derechos, encontraron obstáculos que les impedían participar en estas luchas, o hacerlo de manera placentera. Participar de las angustias de las mujeres que intentan ser parte de transformaciones sociales profundas, me planteó preguntas para las que no tenía respuesta en mi práctica cotidiana.
Yo intentaba contribuir a la formación de militantes de organizaciones populares, desde la experiencia de la educación popular, concibiéndola con Paulo Freire como Pedagogía del Oprimido. No había descubierto todavía que era imprescindible crear también una Pedagogía de las Oprimidas.
Recuerdo a una compañera de una organización campesina en un taller en el que debatían sus perspectivas estratégicas y los obstáculos que se les presentaban.
La compañera señaló que la primera dificultad para ella era lograr salir de su casa. La segunda dificultad, si lograba salir de la casa y participar en una reunión, en un taller, o en una actividad del movimiento, era regresar a su casa. Contaba la compañera que era muy difícil enfrentarse en ese momento a sus dos maridos y a sus más de diez hijos. Dijo que era “por el machismo”. Cuando le pregunté cómo se expresaba ese machismo comenzó a compartir este relato de vida.
Contó que cuando tenía quince años, fue entregada por su padre a un cacique toba, a cambio de tierras. Este cacique toba, de cincuenta años, ya tenía 5 hijos, algunos mayores que ella, a los que tuvo que criar; y “le hizo” otros cinco. Cuando el cacique por su edad ya no podía “hacerle más hijos”, llevó a otro hombre a su casa, para que cumpliera con esa “tarea”. El segundo marido, “le hizo” otros tantos hijos, hasta que el médico le dijo que no podía tener más hijos, porque le haría mal, y a pesar que ella no quería, se pusieron de acuerdo el médico y el marido, y durante el último parto le ligaron las trompas. “Entonces me rebelé”, dijo. Cuando le pregunté cómo fue su rebelión, me respondió: “Adopté otro hijo”. Ésta había sido su primera rebelión, y la segunda, incorporarse a la organización campesina...
En ese encuentro habíamos estado hablando de la importancia de la autonomía, del derecho a ser sujetos de nuestra propia historia. Pensé en la distancia que había entre el relato de esta mujer, a la que todo -hasta su primera rebelión- “le había sucedido”, sin su participación: la vendieron, la compraron, le hicieron hijos, le trajeron los maridos; y la búsqueda de autonomía individual y colectiva, así como la posibilidad de realizarla como un ideal político.
Otra historia que recuerdo ahora, es la de un debate en un movimiento de trabajadores desocupados, que estaban discutiendo su participación con una carroza en el carnaval. Las compañeras travestis que integraban el mismo, y lo hacían de manera destacada, querían desfilar en el carnaval “producidas”, “floridas”, casi desnudas. Los compañeros y compañeras se oponían, porque consideraban que la presentación de un movimiento piquetero, debía tener una iconografía que reflejara el coraje, la resistencia, el heroísmo… Ser piqueteros era cosa “de machos”…
Todavía se recuerdan los elogios a las compañeras mujeres que peleaban “como hombres” en los piquetes. Y en el caso de las travestis, a pesar de que sus compañeros no habían tenido ningún prejuicio para que fueran parte de los cortes de ruta, para integrarlas en la organización como delegadas, los prejuicios aparecieron en el momento en que ellas quisieron presentarse frente a otros, frente a la sociedad, desde su movimiento, como se sentían más cómodas. La libre expresión de su identidad, de su sexualidad, de las maneras que elegían para estar en el mundo, contrariaba al parecer la leyenda de coraje que revestía en ese momento a las organizaciones piqueteras. El grito de ¡piqueteros carajo! victoreaba a los “nuevos vengadores”. Era una historia que debía desfilar “sin desviaciones”… Aprendí entonces la distancia entre ser oprimidos y oprimidas, y reconocerse en otras opresiones y aún en nuestras opresiones.
Me pregunté qué distancias hay entre cortar rutas, proclamar la voluntad de vivir y morir por la libertad, y la posibilidad de crear pequeños espacios de libertad en nuestras organizaciones.
Hablo desde estas preguntas, desde estas angustias: ¿cómo superar la distancia entre nuestros debates teóricos, y la creación de nuevas maneras de relacionarnos?
Mis preguntas hablan desde un lugar. Hablo desde un cuerpo habitado por muchas historias en las que pasión y política atraviesan por completo nuestra vida cotidiana, nuestras relaciones, las miradas del mundo, los abrazos, los gestos, y las palabras elegidas.
Hablo desde un cuerpo rebelado frente a los múltiples mandatos que lo ordenan, lo disciplinan, lo reprimen, lo domestican. Un cuerpo que camina junto a otros cuerpos, atravesando la historia y atravesados por la historia latinoamericana: una historia de subordinaciones, pero también de insubordinaciones, de resistencias múltiples frente a todas las formas de opresión.
Hablo desde una experiencia: la educación popular feminista, pensada y vivida como una opción de militancia, y como una posible herramienta de interlocución entre las teorías y la praxis emancipatoria feminista, anticolonial, anticapitalista, antiimperialista, latinoamericana y socialista. Educación popular feminista que intenta ser también un lugar de creación teórica de conocimientos, a partir de la sistematización colectiva de las múltiples experiencia y saberes populares que desafían la colonización cultural.
Hablo desde la búsqueda de hacer de la pedagogía feminista una propuesta que aporte a las batallas por la desmercantilización y descolonización de todas las dimensiones de la vida, y a la creación activa de nuevos vínculos en los movimientos populares, de organizaciones que nos permitan vivir en este tiempo algunas aproximaciones a los mundos deseados, aprendiendo en estos ensayos, a desnaturalizar las relaciones basadas en el individualismo, en la competencia, en las jerarquías y en el autoritarisimo.
La pedagogía popular feminista intenta ser un camino para la interlocución entre las experiencias de resistencias a las distintas opresiones, para que en el seno de las mismas puedan crearse los puentes por los que transiten de ida y vuelta las diversas rebeldías hasta contaminarnos mutuamente: hasta que no haya manera de ser feminista sin ser antirracista, de ser socialista sin ser feminista, de ser antipatriarcal sin ser antiimperialista. Es una pedagogía que intenta unir palabras y gestos, críticas y abrazos.
Romper con la lógica patriarcal en nuestras vidas, lo sabemos todas las que estamos aquí, puede producir un sentimiento de gran libertad; pero en el camino hay pérdidas dolorosas, momentos de mucha incertidumbre, ansiedad, e incluso soledad. La pedagogía feminista trata de descubrir en el conflicto, el lugar desde donde transformar; y en la crisis la oportunidad de cambios; a condición de que haya sostén, acompañamiento, posibilidad de interpretar esas encrucijadas, no de manera solitaria, sino en red, en comunidad, en grupos.
No es una pedagogía de profesoras y alumnas, sino de compañeras que soñamos juntas y pensamos juntas nuestras prácticas, que intentamos en el diálogo de saberes, crear nuevos conocimientos del mundo, ya que todo lo que fue creado hasta ahora, no alcanza para transformarlo.
La pedagogía feminista que realizamos, está basada en la experiencia latinoamericana de la educación popular, y en la historia de los talleres de autoconciencia y de reflexión feministas. Recuperamos en nuestro lenguaje y en nuestras acciones, las consignas feministas de revolución en las plazas, en las casas y en las camas, para proponer un lugar de intervención callejera por sobre las políticas que circulan en recintos cerrados; pensando también el lugar de la vida cotidiana, las casas, como lugar privilegiado de disputa del sentido común, y las camas, como escenarios en el que se juegan relaciones de poder inmediatas sobre nuestros cuerpos.
Pensamos en la vida cotidiana, como el lugar en el que podemos construir comunidad. Y pensamos la comunidad, como un desafío al modelo de familia patriarcal, mercantil, patrimonial… trinchera de la propiedad privada y de las prédicas conservadoras.

2. Este encuentro se realiza en una fecha que moviliza sentimientos y nos interpela. El 26 de junio se cumplen siete años de la masacre de Puente Pueyrredón, en la que el poder pretendió poner punto final a distintas rebeldías de nuestro pueblo, fusilando a los jóvenes piqueteros Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Fue un momento político en el que se comenzó a clausurar el espacio abierto en la Argentina el 19 y 20 de diciembre del 2001. Abierto a fuerza de pura pasión contra la política del orden, abierto a fuerza de piedras contra balas, abierto por la decisión de un “¡ya basta!” colectivo, frente a las políticas de recolonización, de saqueo, de destrucción de la naturaleza y de la vida, y frente a la declaración de un estado de sitio al que el pueblo argentino volvió a repetir su nunca más.
En esos meses del 2001/2002 se produjo un cimbronazo en el que las mujeres fueron activas partícipes, y las feministas -muchas de nosotras- fuimos protagonistas, como parte del pueblo, poniendo nuestros cuerpos en las calles, mezclando nuestras voces con las de otras rebeldías, respirando gases lacrimógenos, denunciando, acompañando nuevas creaciones como asambleas barriales, empresas recuperadas, organizaciones piqueteras, marchando entre compañeros y compañeras desconocidas, en una misma dirección, gritando con furia por todas y todos los negados por las políticas del orden burgués, patriarcal, racista, violento.
Pasión y política feministas expresadas entre muchas otras pasiones y políticas en gestos colectivos de imprudencia, de desobediencia a la palabra única de ese orden. Pasión y política feministas haciendo del feminismo un camino atravesado por muchos caminos, y atravesando los muchos caminos con nuestros propios senderos cargados de memorias, de desafíos, de ternura y asperezas; haciéndolos más porosas las fronteras, más inciertas las certezas, menos teóricas las teorías, y más complejas nuestras prácticas.
Recuerdo que estamos en esta fecha, para traer a nuestro encuentro la memoria de los compañeros caídos ese día, Darío y Maxi, junto a la de los caídos el 19 y 20 de diciembre en todo el país, de los 30.000 compañeros y compañeras asesinadas y desaparecidas, de las mujeres desaparecidas y secuestradas en democracia por las redes de la trata y de la prostitución, de los chicos asesinados por el gatillo fácil, de todos los masacrados por las políticas coloniales y neocoloniales en nuestra historia… antes y después del Bicentenario, antes y después de las dictaduras, desde el preciso momento en que el capitalismo europeo primero, norteamericano y europeo después establecieron su dominación sobre estas tierras.
Pero traigo esta memoria, también para decir que los límites que tuvieron nuestros esfuerzos hasta hoy, han posibilitado que los mismos quedaran secuestrados por las políticas de gobernabilidad, que cooptaron, dividieron, fragilizaron a las organizaciones populares, integrando a una gran parte de las mismas en las lógicas clientelares, subordinando las políticas autónomas a las férreas cadenas asistencialistas, y reduciendo esos espacios abiertos por el pueblo, subsumiéndolos una vez más en las lógicas inmediatas marcadas por la sobrevivencia.
Hay una reacción conservadora en curso, que con las palabras de orden y seguridad, va levantando muros entre incluidos y excluidos, entre barrios y villas, entre pueblo y pueblo. Las feministas también estamos viviendo de manera particular el impacto de ese brote conservador, que abre el camino a las políticas fundamentalistas religiosas y mesiánicas, y que siembra desconfianzas, descompone solidaridades y arrasa con las pasiones en nombre del sentido común.

3. Cuerpos y territorios, saberes populares, sentido común e imaginario colectivo, han sido horadados y devastados por siglos de colonización primero y por un proceso actual de recolonización que provoca el saqueo y destrucción de la naturaleza que nos cobija, y de miles de vidas, de culturas, de saberes, de pueblos negados desde el poder colonial y neocolonial, amparado en la impunidad que ha permitido legitimar sucesivos genocidios y presentarlos como actos “civilizatorios”. Colonización que naturaliza el crimen, hasta el punto que podemos realizar debates como éste, en un lugar que lleva el nombre de uno de los asesinos de los pueblos originarios de nuestra América, el general Roca –que nos mira desde esta sala-, casi sin escandalizarnos.
Hablamos de feminismos, desde el contexto concreto de una América Latina en cuya conquista se inicia no sólo la organización colonial del mundo sino, simultáneamente, la formación colonial de los saberes, de los lenguajes, de la memoria y del imaginario popular. Colonización para la reproducción ampliada del capital, que estructura al mismo tiempo que las relaciones capitalistas de dominación, relaciones patriarcales y racistas que se fortalecen mutuamente.
La cultura de los violentos vencedores se vuelve dominación, pero también, sentido común entre los vencidos y vencidas. Más de cinco siglos de opresión, pero también, más de cinco siglos de rebeliones frente a la misma, escriben una memoria fértil que necesita ser reaprendida y re-enseñada desde el feminismo, si éste se coloca de cara a los dolores y urgencia de las mujeres oprimidas en América Latina, y en el mundo; y junto a ellas, de cara a todos los oprimidos.
Estamos pensando el feminismo latinoamericano, en un continente donde miles de mujeres de los pueblos originarios y afrodescendientes, fueron esclavizadas o sometidas a servidumbre, asesinadas, violadas, despojadas de su cultura.
Vale recordar que la razón cultural de Occidente, fue sostenida por la Iglesia Católica y por su jerarquía, que a través de una bula papal en 1458, por ejemplo, sentenció que los negros no tienen alma, con lo que justificaba “moralmente” que pudieran ser esclavizados sin que esto ofendiera a Dios. O por la afirmación teológica del papa Pablo III, que establecía en 1537 que los indios eran “amentes”, “faltos de razón como para considerarlos integralmente humanos”.
Juan Pablo II viajó a Africa siglos después para pedir perdón a los africanos por esa bula… Pero sus obispos siguen opinando sobre lo que se puede o se debe enseñar y aprender en las escuelas, o lo que no se puede.
Y la pregunta que nos hago es cuánto racismo sobrevive actualmente en los enfoques de ciertos feminismos, y de ciertas izquierdas, que practican modalidades modernizadas de asistencialismo tendientes a civilizar, o colonizar las expresiones autónomas de nuestros pueblos, a disciplinar las irrupciones plebeyas en la historia, a educar en una cultura ajena y opresora.
Entiendo que el encuentro entre los distintos afluentes de un feminismo indo-negro-popular, es uno de los desafíos que atraviesan nuestras miradas del mundo y nuestras prácticas en este continente. Y vale preguntarnos… En un territorio devastado por el saqueo colonial y neocolonial, en el que el trabajo invisible de las mujeres se realizó muchas veces como trabajo esclavo o como servidumbre, con una marca ineludible de opresión racial... ¿Quién cuenta las humillaciones de las mujeres que han servido o sirven en condiciones de esclavitud o de servidumbre a otras mujeres y hombres, de aquellas mujeres que han sido violadas por los patrones y por sus hijos ... quién y dónde se escriben y se describen los muchos rostros de las opresiones pasadas y presentes y de las emancipaciones necesarias? ¿Quién escribe la teoría feminista? ¿En qué diálogos? ¿Desde qué lugares?
Es un desafío para las feministas crear colectivamente los espacios para que hablen y escriban, cuenten y critiquen las sujetas de tantas sujeciones. Si no la teoría feminista quedará enredada en su propio laberinto, presa de una hegemonía que termina licuando su potencial de rebelión.
Creo que es necesario que nos podamos plantear colectivamente, con quienes quieran ser parte de la aventura, hablar y practicar los retos de un feminismo que tenga como meta aportar a la descolonización cultural, que interpele a la naturalización de la violencia racista -que volvió a mostrar su rostro genocida en el Perú-, que parta de los cuerpos que nacieron al feminismo, para enamorar otros cuerpos, con otras marcas, con otros dolores, con otras esperanzas. Un feminismo que no cree corralitos, sino que cruce fronteras. Que sepa vivir en la frontera, pero también ser y hacer historia, lo que significa, intervenir políticamente en las batallas de las mujeres y de todo y cualquier oprimido que busque su emancipación; e incluso de todo y cualquier oprimida u oprimido, que sin ser concientes de estas opresiones, luchan por algún derecho, intentan algún cambio.
Creo que para que el feminismo pueda ser algo más que un testimonio de época, para que pueda realmente cambiar las relaciones sociales, necesita jugar y jugarse en América Latina en el juego de los encuentros más que en el de los desencuentros, en el de los diálogos, más que en el de los monólogos, en el de los guiños de complicidad, más que en los muros de las desconfianzas.
Necesitamos discernir, en el campo de las rebeldías, cómo entendemos que pueden avanzar nuestras pasiones y políticas, y cuántas de nuestras posiciones quedan esterilizadas en la reproducción de gestos de sectarismo, de intolerancia, incluso entre nosotras, quienes deseamos sinceramente cambiar al mundo.
Estamos desafiadas a ser parte activa de los momentos intensos de transformación social, aunque estos no tengan la “pureza” que exigimos en muchos de nuestros debates.
Si planteo estos problemas, lo hago para llegar a otro debate: ¿cómo imaginamos las transformaciones que permitan cambiar la cultura hegemónica androcéntrica? ¿Qué estrategias nos planteamos para ello? ¿Cómo haremos para que el feminismo no sea sólo un lugar que permita pensarnos y pensar las emancipaciones de pequeños colectivos de mujeres, que intentamos vivir en nuestras experiencias personales cotidianas, con códigos diferentes, impugnadores del patriarcado, del capitalismo, del colonialismo? Y en una vuelta más... ¿Nos interesa realmente romper el corralito feminista, la política de ghetto, para batallar por que esta experiencia se multiplique y se vuelva en plazos históricos reales, parte de una nueva cultura política que abarque a la mayor parte de nuestra sociedad y que altere de modo fundamental la vida de las mujeres, y de otros sectores subalternos?
Actualmente en América Latina se vuelve a hablar de socialismo. Podemos sospechar de qué socialismo se habla, e incluso de qué experiencias socialistas se están realizando. Pero ¿no es posible sospechar también de aquellas feministas que no impugnan el capitalismo? Se puede dudar si el socialismo es una alternativa... pero cuando no se menciona, ni esta alternativa, ni se propone otras... ¿no estaremos evadiendo el debate sobre el horizonte estratégico del feminismo?
¿Cómo rescatamos en nuestra praxis, la subversión de la vida cotidiana… revolución en las casas, en las plazas, en las camas, y al mismo tiempo la subversión de un mundo que condena a las mayorías a la miseria?
El feminismo libertario, inconveniente, no domesticado, rebelde, irreverente, para ponerle sólo algunos apellidos posibles... tiene dimensiones diversas que lo hacen parte de una acción cultural múltiple que tenga en el horizonte inmediato y mediato la búsqueda y la reinvención de la libertad.
Creo que es necesario asumir todas las dimensiones de esta batalla cultural, como un gesto cotidiano de descolonización, como una creación que nace del amor, aunque muchas veces lance o reciba piedras, aunque no sólo llore como consecuencia de los gases lacrimógenos, sino también y más frecuentemente tal vez, por la ternura que nos provoca la lectura de un poema escrito con sangre y piel de mujer lesbiana, heterosexual, bisexual, transgénero, de travesti, de pueblo oprimido, una canción que teorice y exprese las marcas de nuestros cuerpos, aunque no sea reconocida como texto por la academia.
Quisiera que podamos avanzar en la complicidad, en el acompañamiento entre nuestras distintas experiencias, para poner manos a la obra en nuevos proyectos colectivos, donde descubramos la enorme capacidad de creación de teoría y práctica que hay en nuestras experiencias, y encontremos las maneras de multiplicarlas hasta que logremos trastocar el sentido común conservador, y se vuelva insoportable convivir cotidianamente con tantas injusticias. Para que podamos gritar desde cada herida, y hacer memoria desde cada cicatriz. Para que habitemos la política y la pasión como territorios recuperados, y despejemos el horizonte de esterilizantes debates de secta. Para que nuestros cuerpos sean los territorios complejos de los que partimos para el amor y para la rebeldía, y en los que la revolución no quede inscripta como un sueño eterno, sino como una vivencia permanente y cotidiana.

1- Coloquio organizado por Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE) de la Universidad de Buenos Aires, y Grupo Latinoamericano de Estudio, Formación y Acción Feministas (GLEFAS) los días 25 y 26 de junio de 2009, en el Museo Roca de Buenos Aires.
 
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