Carta abierta de las mujeres al G-8 Imprimir E-Mail

MADRE · · · · ·
 
21/07/08

Este año, los ocho gobiernos más ricos del mundo (el G8) se reúnen con una crisis alimentaria global como telón de fondo. Con los precios de los alimentos más elevados de los últimos cincuenta años, los líderes analizan las omnipresentes “carestías de alimentos” que amenazan con desestabilizar a docenas de países. Pero el empeoramiento del hambre es el resultado de la inflación, no de ninguna carestía de alimentos. De hecho, el mundo produce más comida de la que la población mundial es capaz de consumir.

El origen de la crisis alimentaria no es la escasez, sino las fallidas políticas económicas defendidas largo tiempo por el G8, a saber, la liberalización del comercio y de la industria de la agricultura. Estas políticas, que tratan la comida como una mercancía más que como un derecho humano, nos han conducido a un cambio climático caótico, a la dependencia del petróleo y al agotamiento de los recursos terrestres y aquíferos de la Tierra tanto como a la actual crisis alimentaria.

Y aún así, en su búsqueda de soluciones, el G8 está considerando ampliar el apoyo a las mismas medidas que han causado todos estos de problemas. Al frente de las dicusiones en Japón se encuentran las llamadas a mayores reducciones de las tarifas, más plantaciones de agrocombustibles, más cultivos genéticamente modificados y un mayor uso de los pesticidas químicos y los fertilizantes sintetizados a partir del petróleo.

Ninguna de estas medidas puede resolver la crisis alimentaria mundial. Sin embargo, sí que pueden incrementar los beneficios récord de las corporaciones del sector agrícola. Existen soluciones viables a la crisis alimentaria, pero éstas no surgirán de la estrecha búsqueda de beneficios e intereses financieros de las corporaciones multinacionales.

Desde hace 30 años, el G8 ha insistido en que las corporaciones sustituyan a los gobiernos en la creación e implementación de políticas agrícolas nacionales en los países más empobrecidos del mundo. Esta exigencia ni ha maximizado la eficiencia ni ha reducido la pobreza, tal y como prometía. De hecho, ha sido el comienzo de un crecimiento agudo del hambre y la malnutrición. Como el Banco Mundial mismo ha reconocido en su Informe del Desarrollo Mundial del 2008, el sector privado ha fallado como sustituto del gobierno en lo que se refiere a la agricultura.

De hecho, las corporaciones no tienen ningún deber legal en reducir la pobreza o combatir el hambre en el mundo. Los gobiernos, incluyendo el G8 -y no el sector privado- son los únicos autorizados para resolver la crisis alimentaria global. El marco internacional de los derechos humanos, los cuales los gobiernos están obligados a preservar, es el punto de partida obligado para un New Deal en la agricultura. En particular, los derechos humanos de los pequeños agricultores, la mayoría de los cuales hombres y mujeres indígenas, deben ser protegidos para afrontar el desafío doble de alimentar a la población y proteger el planeta.

Como mujeres defensoras de los derechos humanos que trabajamos con comunidades situadas en la primera línea de la crisis alimentaria global, llamamos al G8 a promover un desplazamiento mundial de la agricultura industrial a la sostenible, y a activar las políticas económicas necesarias para favorecer esta transición.

El imperativo de la agricultura sostenible

En abril del 2008, el Observatorio Internacional de Ciencia y Tecnología Agrícolas (IAASTD en sus siglas inglesas) publicó un estudio independiente de cuatro años llevado a cabo por más de 400 expertos. El estudio estaba copatrocinado por el Banco Mundial y diferentes agencias de las Naciones Unidas y respaldado por más de 60 gobiernos. Este informe confirma que la agricultura a gran escala y químicamente intensiva es una de las principales responsables de la polución, del cambio climático, la deforestación, la desigualdad social, y de la diversidad agrícola, tanto la biológica como la cultural. El estudio insta a una revisión fundamental de la política agrícola y su reconducción hacia los cultivos sostenibles, incluyendo la agricultura a pequeña escala y la orgánica. 

El informe del IAASTD incluye numerosos estudios creíbles que demuestran que las granjas de cultivos orgánicos pertenecientes a pequeños propietarios pueden producir la suficiente comida para toda la población mundial y al mismo tiempo evitar la destrucción medioambiental asociada con la agricultura industrial.

Nos gustaría enfatizar que el apoyo a los pequeños agricultoress debería incluir una mención especial a las mujeres, que son las que producen la mayoría de los alimentos del mundo. Es más, en la mayor parte de África, donde la crisis alimentaria provoca estragos, las mujeres cultivan y procesan el 80% de los alimentos.

Sin embargo, la capacidad de estos agricultoress está fuertemente debilitada por las leyes y las costumbres que discriminan a las mujeres. En muchos países, las mujeres que cultivan los alimentos que sostienen a la mayoría de la población ni siquiera son reconodidas como agricultores. Se les niega el derecho a poseer su propia tierra y son excluidas de los programas gubernamentales que facilitan el acceso al crédito, las semillas, las herramientas y la formación.

Por eso pedimos al G8 que:

  • Reconozca la discriminación de género como una amenaza a la seguridad alimentaria mundial;
  • Haga respetar los derechos de los campesinos de acuerdo con las convenciones internacionales y las organizaciones sindicales;
  • Apoye las políticas nacionales que proporcionen a los pequeños agricultores acceso a la tierra, las semillas, el riego, el crédito y otros recursos, así como que haga respetar el derecho de los agricultores a tomar decisiones sobre el uso de la tierra y la producción de alimentos, y al acceso a la información para tomarlas. 

El imperativo de las políticas económicas sostenibles

Un New Deal mundial en la agricultura requiere no solamente de diferentes modos de cultivar la tierra, sino de una nueva política medioambiental para la producción alimentaria y el comercio agrícola. Las políticas nacionales, incluyendo la inversión, la subvención y la investigación, así como las normas internacionales del comercio, deben ser reconducidas hacia el apoyo de los pequeños agricultores y de la agricultura sostenibles. Con ese fin, el G8 debería: 

1. Terminar con la dependencia alimentaria

El G8, a través del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, ha reclamado a los países en vías de desarrollo que reduzcan su apoyo a los pequeños agricultores, reduzcan las inversiones en la producción de alimentos,  recorten drásticamente las tarifas que protegían la agricultura nacional, desmantelen las fronteras comerciales que en un tiempo estabilizaron los precios de los alimentos y desplacen el uso de la tierra de la producción de alimentos a la agricultura para la exportación.

Los países en vías de desarrollo fueron forzados a aceptar estas demandas como condiciones indispensables para obtener los préstamos con los que pagar sus deudas con las instituciones financieras, bancos para el desarrollo y gobiernos del hemisferio Norte. Es más, es el mismo G8 en gran medida el reponsable de la crisis de la deuda externa, provocada por los enormes préstamos concedidos a regímenes ilegítimos y décadas de costosos proyectos, todos ellos mal concebidos.

Las políticas económicas reclamadas por el G8 han destruido los medios de vida de los pequeños agricultores en el hemisferio Sur, dejando a millones de personas a merced de los mercados internacionales en la compra de sus alimentos básicos. El cambio de los cultivos de la producción de alimentos a la rentabilidad de los mismos ha significado que las mujeres, responsables del cultivo de alimentos, hayan perdido el acceso a la tierra cultivable más valiosa. Como resultado, las familias rurales han perdido su principal fuente de comida y nutrición.

Las políticas económicas llevadas a cabo por el G8 han ido transformando los países productores de alimentos del hemisferio Sur en importadores netos de alimentos. En los 60, los países en vías de desarrollo gozaban de un excedente en el comercio agrícola de 7 billones de dólares al año. Hoy, casi tres de cada cuatro países en vías de desarrollo son importadores netos de alimentos, a pesar de tener la capacidad para alimentarse a sí mismos.

 Llamamos al G8 a:

        Avanzar en el compromiso parcial realizado en la reunión del G8 en el 2005 en Escocia para la cancelación de la deuda y aprobar de manera inmediata e incondicional la cancelación de la deuda a todos los países en vías de desarrollo;

  • Permitir a los gobiernos determinar sus propias políticas agrícolas en consulta con sus ciudadanos;
  • Instituir mecanismos internacionales para la estabiliciación del mercado que protejan los medios de vida de los agricultores y garanticen alimentos asequibles para toda la población;
  • Apoyar la llamada de Jacques Diouf, Secretario General de las Naciones Unidas para la Organización de la Agricultura y los Alimentos (FAO en sus siglas inglesas), para que se posibilite a los países en vías de desarrollo conseguir la auto-suficiencia alimentaria.

 2. Cambiar las reglas del comercio 

Las normas comerciales promovidas por el G8 y administradas por la Organización Mundial del Comercio (OMC) han conducido a la bancarrota a millones de agricultores en los países pobres, minado el rol de la mujer en la agricultura y contribuído a la actual crisis alimentaria.

El Acuerdo de la Organización Mundial del Comercio para la Agricultura prohíbe a los gobiernos en el hemisferio Sur proporcionar a los agricultores subsidios o semillas a bajo coste, entre otros recursos. Estos agricultores han sido convertidos en un “mercado” para las compañías internacionales del agribusiness dedicadas a vender semillas, pesticidas y fertilizantes.

Las mujeres, que tradicionalmente son las responsables de la conservación, el intercambio y el cultivo de semillas, se encuentran amenazadas por el acuerdo de la OMC relativo a los derechos de la propiedad intelectual. Garantizando las patentes a las corporaciones, la OMC transfiere la propiedad de las semillas -la base para toda agricultura- de las mujeres agricultoras a las corporaciones multinacionales.

La OMC ha permitido a los países ricos subvencionar la agricultura corporativa al ritmo de mil millones de dólares al día. Las subvenciones permiten a las compañías con sede en el hemisferio Norte vender comida internacionalmente a un precio inferior al coste de producción. Recientemente, el Secretario británico para el Desarrollo Internacional Douglas Alexander estimó que las subvenciones a las compañías del agribusiness del hemisferio Norte cuestan a los granjeros del hemisferio Sur unos 100 mil millones de dólares al año en concepto de renta perdida, porque los pequeños agricultores no pueden competir con la comida subvencionada importada.

Por eso pedimos al G8 que:

  • Reconozca que la comida es el primer y más importante derecho humano, y sólo secundariamente un bien comerciable;
  • Apoye un proceso para el establecimiento de una Convención internacional que replace el acuerdo de la OMC sobre la agricultura. Una Convención de este tipo debería defender los derechos humanos por completo e implementar el concepto de soberanía alimentaria, según el cual las comunidades controlen sus propios sistemas alimentarios;
  • Respete los derechos de los pequeños agricultores a ahorrar e intercambiar semillas entre comunidades e internacionalmente;
  • Inicie la conversión de los subsidios agrícolas nacionales de apoyo al agribusiness a incentivos para una agricultura sostenible, incluyendo las pequeñas granjas y las granjas orgánicas.

Estas demandas reflejan los derechos y las prioridades de los productores de alimentos mundiales, en particular las mujeres del campo, quienes son directamente responsables de la alimentación de la mayoría de la población del mundo.

Una cuestión central de nuestras propuestas políticas es la comprensión de que los desafíos mundiales respecto a la comida, el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales están interrelacionados y que deben ser resueltos en conjunto. Las políticas que tratan de resolver un aspecto del problema profundizando otro tan sólo empeorarán la crisis en su conjunto. Así ocurre con la decisión de los EE.UU. y la Unión Europea de subvencionar la conversión de los cultivos de alimentos en cultivos para la elaboración de biocombustibles: el cambio efectuado según las demandas energéticas a expensas de las necesidades alimentarias ha exacerbado enormemente la actual crisis alimentaria. 

Instamos al G8 a afianzar soluciones integradas a la crisis alimentaria en el marco de los derechos humanos. Este marco, más que el de la búsqueda de mayores beneficios de las corporaciones, tiene todo el potencial para construir políticas que puedan resolver la crisis alimentaria mundial junto con otros asuntos urgentes del cambio climático y el desarrollo que han ocupado al G8.

Cordialmente:

Vivian Stromberg, MADRE, EEUU; Rose Cunningham, Wangki Tangni Women’s Center, Centro de Mujeres Wangki Tangni, Nicaragua; Adriana Gonzalez, LIMPAL, Colombia; Sandra Gonzalez Maldonado, Comité de Trabajadoras de la Maquila Bárcenas, Guatemala; Anne Sosin, KOFAVIV - Komisyon Fanm Viktim pou Viktim, The Commission of Women Victims for Victims, Haiti.

Carta abierta a: Primer Ministro Yasuo Fukuda (Japón), Primer Ministro Stephen Harper (Canadá), Presidente Nicolas Sarkozy (Francia), Cancillera Angela Merkel (Alemania), Primer Ministro Silvio Berlusconi (Italia), Presidente Dmitry Medvedev (Rusia), Primer Ministro Gordon Brown(Reino Unido), Presidente George W. Bush (Estados Unidos).

Fuente: http://www.sinpermiso.info/articulos/

 
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