Claudia Korol La escuela que Paulo soñó La escuela por la que Carlos peleó Imprimir E-Mail

4 de abril de 2008

Pensar en Paulo Freire, frente a los desafíos actuales de la educación pública, es revalorizar el lugar de los sueños en la práctica pedagógica. Es decir: no rendirnos ante el pragmatismo de la educación vuelta mercancía, o a la idea de una escuela-shopping, donde algunos pocos acceden a los productos de marca, muchos pasan y miran, y otros/as merodean la zona para ver si les toca un vuelto.

Pensar en Paulo Freire, el educador que contribuyó decisivamente en América Latina a la revalorización de los saberes populares, no en código de populismo, sino como territorios donde el conocimiento se constituye como identidad, como señal de resistencia y como signo de esperanza, es una manera de imaginar nuevos horizontes para las prácticas escolares cotidianas.

Es intentar un recorrido que no parta de las imposiciones del Banco Mundial aterrizadas  en el aula, atravesando currículas y programas de los Ministerios y Secretarías respectivas.  Es desafiar la perversión de una educación canjeada por deuda externa (oro por cuentas de vidrio), en la que la moneda es el símbolo de la recolonización cultural. Es caminar colectivamente el camino inverso. El del sujeto que se constituye como tal, en el aula y fuera de él, en el diálogo de saberes; en la relación democrática educador/a- educando/a; en el trabajo grupal que socializa y cooperativiza las búsquedas de enseñanza aprendizaje, en la lucha de calles por el derecho a la educación, a la salud, al trabajo, a la vida con dignidad.

Quiero decir: si Paulo Freire comenzó sus búsquedas allí donde la escuela pública no llegaba, en los territorios en los que la opresión se manifiesta brutalmente en la exclusión de amplias franjas de la población, hoy nos encontramos que también dentro de la escuela es necesario –casi imprescindible- dejarnos atravesar por una pedagogía, que no sea reproducción del autoritarismo, del disciplinamiento, de la domesticación, sino efectiva práctica de la libertad.

La educación popular, como pedagogía de los oprimidos y oprimidas, en un mundo en el que se multiplican las opresiones –de clase, de género, de raza, etc.-, está demandando su lugar en la escuela pública. Esto significa conmover los cimientos del iluminismo, de una pedagogía que sólo sirve para depositar saberes en lugares donde se sospecha el vacío o la ignorancia.

Los vertiginosos cambios producidos en los últimos años, en diferentes órdenes de la vida y de la cultura, hacen que los conocimientos aprendidos y enseñados en los Institutos de Formación Docente, y en las Universidades, sean rápidamente superados por las nuevas investigaciones en el terreno de las ciencias, y por las nuevas realidades –que van desde la geografía hasta la historia, desde la informática hasta la comprensión de la espiritualidad-. De tal manera que transmitir saberes, podría ser la mejor manera de no educar. Lo que tal vez sea más necesario, en este tiempo, es la posibilidad de una labor docente que apunte a crear inquietudes frente a todos los saberes; compartir desconfianzas frente a todas las certidumbres, a generar espíritu de indagación, de crítica. Curiosidad frente a lo que se sabe y frente a lo mucho que no sabemos.

La educación pública, para que se vuelva popular, tiene que despojarse del miedo a la currícula impuesta, y abrirse a un diálogo creativo con el mundo, con la naturaleza; que permita a quienes están formándose –en cualquier edad, en cualquier etapa de la vida-, sentirse parte de un proceso histórico en el que la participación, el compromiso, la ética, la solidaridad, son los fundamentos de cualquier plan de estudios.

Paulo Freire no nos dejó, a los educadores/as populares, un método rígido para alfabetizar. Nos dejó sí, pistas por donde caminar. Sobre todo una actitud pedagógica frente a la vida. Algunas de las palabras que bien podrían formar parte de un programa para cualquier proceso educativo: libertad, esperanza, indignación, rabia, autonomía.

Si hay un territorio en el que la práctica pedagógica está desafiada a abrir nuevos caminos, es precisamente en la escuela. Y son principalmente los y las docentes, quienes tienen en sus manos la gran oportunidad de ser protagonistas de su transformación. No como una práctica individual, de insubordinación frente a los mandatos domesticadores; sino una vez más, como una búsqueda en la que vayamos encontrándonos de manera colectiva, quienes entendemos que el espacio público, tiene que ser recuperado para el pueblo. Para derribar las cercas del latifundio de la ignorancia, para aprender a trabajar sin patrones, para levantar piquetes contra la desmemoria y el olvido, para hacer nuestros los sueños de todos y de todas las personas que dignificaron el nombre del maestro/ la maestra.

Podríamos nombrar a muchos y a muchas en nuestra historia. Pero hoy, 4 de abril, resumo a todos en uno: Carlos Fuentealba (1). El maestro que luchaba, por lo que Paulo soñaba. El maestro asesinado por la impunidad -un monstruo grande que pisa fuerte-. El que murió enseñando, y vive en nuestra terca rebeldía.

Por Carlos, por sus compañeros y compañeras que despiertan esta madrugada en clave de resistencia: libertad, esperanza, indignación, rabia, autonomía. En las aulas. En la vida.

(1) Carlos Fuentealba fue asesinado un año atrás por la policía de Neuquén, que respondió a las órdenes represivas del gobernador Sobisch, durante una movilización docente que recorrió todo el país, a pesar de la conducción desorganizadora de la protesta de CTERA.

 
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