Documento 33 meses de la masacre de Cromañón Imprimir E-Mail

Consensuado entre Familiares, sobrevivientes y amigos de las víctimas de Cromañón, Ycua Bolaños y Atocha

El dolor es el mismo. La justicia sin fronteras se conquista con la lucha de todos.
Todos íbamos en ese tren.
La vida vale. Si a la vida, no a la avaricia. Nunca más otro Ycua Bolaños.
Argentina República de Cromañón. Todos somos sobrevivientes.

Este 30 de setiembre, a 33 meses de la muerte evitable e injusta de 194 personas en Cromañón, compartimos la calle con representantes de los colectivos en lucha de Atocha e Ycua Bolaños.

Madrid, mañana del jueves 11 de marzo de 2004
Ibas en un tren, tal vez al trabajo o a la universidad, o a ver a tu madre, a celebrar un encuentro de amor, a buscar un empleo o devolver un objeto prestado. Mirabas al que estaba a tu lado, un ciudadano, un pasajero, alguien que camina contigo sin conocerte. O tus ojos, algo distraídos, atravesando el vidrio de la ventana buscaban sin ver algo del paisaje cotidiano o simplemente contemplaban la mañana que anunciaba un día como tantos.

Ibas por la vida, celebrándola, peleándola. Pertenecías a un pueblo que sabe de luchas y de miedos, que reclamaba por la paz, el respeto a los otros, el no meterse por la fuerza en lugares que les pertenecen a otros. Tal vez tú mismo estuviste en la calle manifestando contra la invasión al pueblo de Irak, de la que tu gobierno participó activamente. No alcanzó.

No alcanzó porque los que pueden decidirlo no quisieron. Se quedaron invadiendo. Te expusieron al peligro, te abandonaron en la muerte. Y luego, nos mintieron. Quisieron cargar tu muerte en nosotros mismos, pero fueron ellos. El poder no miró por tu vida. Tampoco nos cuidó en tu muerte. Estuvimos solos y necesitamos juntarnos.

Asunción, mediodía del domingo 1 de agosto de 2004
Ibas al shopping a pasear, a hacer compras o buscar comida para cocinar en ese mediodía de domingo. Estabas con familia o amigos, para almorzar por el día de la amistad que había sido ese fin de semana. En ese supermercado te cruzabas siempre con tus vecinos del barrio Trinidad, muchos incluso trabajaban allí. Era día de descanso y de trabajo, de paseo, de compartir. Las dificultades económicas no son trabas para un pueblo acostumbrado a combatirlas. Con una democracia aún adolescente, todos los proyectos eran posibles aún.

No sabías, mientras caminabas dentro del Ycuá Bolaños, que por detrás de tu vida se estaba preparando un escenario de muerte. Los dueños del lugar, en connivencia con el Estado, estaban a punto de desenmascarar, de la peor manera, su realidad: preferían la ganancia fácil y rápida y no gastar en reformas de seguridad, y preferían tener seguras las mercaderías y no las personas, en un lugar diseñado para que nadie se vaya fácilmente de allí.
Luego, la orden de cerrar las puertas hizo el resto.

Buenos Aires, noche del jueves 30 de diciembre de 2004
Ibas por la música, la alegría y la compañía. Ibas escuchando con todo tu cuerpo, cantando de puro estar vivo, celebrando, peleando un nuevo año que se te venía con proyectos. Pertenecías a una generación que perdió las referencias, que intenta construir un lugar donde la convivencia no se parezca a la selva, pero no sabe por dónde empezar. Traías como herencia el abandono de los jóvenes, su culpabilización.  La matanza de los 90,  el miedo de la década siguiente y el rebajarse a la miseria en los 90. Vivías en un país en el que ser joven resulta sospechoso, peligroso.

Ser joven era peligroso pero un buen negocio. El joven lo da todo y poco pide. El empresario lo sabe y prepara el escenario, unos billetes compran la distracción de los oficiales que deberían haberlo mirado atentamente. Unas monedas ya abrieron el camino, pues entregaban su parte para financiar la política. Alguien dijo: “abran el boliche, nadie va a decir nada”. Aún sabiendo del techo incendiario, del exceso de gente, de los conductos de aire tapados  para no molestar a los vecinos. Aun sabiendo de los anteriores incendios, del riesgo, del supermercado en Asunción, del público bengalero. Quienes hacían el show, te llevaron a aquella trampa. Los funcionarios del Estado te mandaron a la muerte, jugaron con fuego y allí perdiste y te perdimos. No hay nada peor. No hay retorno.

Rápidamente empezaron las excusas; intentaron comprarnos, disolvernos, anularnos, acorralarnos en la lástima. No pudieron, nuestro corazón latía muy fuerte aún en la debilidad y muy cerca de nuestros pensamientos. No nos arrebataron la voluntad, la condujeron con formato de furia y contenido de pelea dirigida hacia el poder.

Mucha gente nos acompañó. Todo el mundo se cayó a pedazos de tristeza y bronca. Pero muchos se asustaron cuando la furia se transforma en razón de combate y empezó a golpear en el centro del poder.

Estas tres experiencias se encuentran hoy, rompiendo las distancias, uniéndose en el afecto, aprendiendo de lo común y lo diverso. Las tres nacen del dolor.
Las tres ocurrieron el mismo año, lo que implica que la experiencia temporal de los colectivos es muy parecida. Cada uno de los hechos ataca en forma indiscriminada a sectores muy amplios de la población, lo que define la enorme heterogeneidad de las víctimas. Esto hace que la construcción de nuestros colectivos sociales de victimas y amigos tenga que reinventarse a cada paso, sin manual, a veces siguiendo las experiencias que estaban en los saberes de la sociedad civil, y otras no. Dándonos ánimo e inteligencia cada día.

En los tres casos, son las decisiones políticas las que abren la posibilidad de la muerte, orquestada por la lógica empresaria del lucro por encima de la vida. En Atocha, la búsqueda de pozos petroleros llevó a la invasión a Irak y la respuestas de  ciertos grupos puso a España en la mira; en Asunción y Cromañón el afán desmedido de lucro permitido por la estructura política es muy parecido. Por lo tanto son todas muertes políticas, más allá de las discusiones sobre masacres o tragedias.

En los tres casos, los colectivos elaboran una propia evaluación sobre las responsabilidades, que siempre van mucho más lejos y más alto de lo que parece aceptar la “sociedad”. Aquí está entonces otra idea: la necesidad, desde mecanismos del poder político y a través de las empresas de prensa y comunicación, de construir una “versión oficial” de los hechos, que se aleje de la evaluación que realizan las vìctimas cuando ésta apunta su dedo acusador sobre las cùpulas.

Todas las muertes son injustas. Los hombres y mujeres afectados hacemos algo para mitigar la bronca de la muerte cercana, siempre injusta. La muerte de un hijo, de un novio, un amigo, no tiene reparación individual. Los nuestros no tienen reemplazo. La tristeza es la compañía inevitable.
Pero cuando se percibe que una muerte es politica, se movilizan otras respuestas, que son también políticas. Y siempre, siempre nos acompaña la bronca, la rabia y aun la furia. Esos sentimientos son los legítimos e inevitables en estos casos.
¿Cuáles son las muertes políticas? En primer lugar, son las muertes evitables, las que se producen por las acciones de los hombres o por el silencio cómplice o la tolerancia frente a la prepotencia y la impunidad que atraviesan nuestro cotidiano vivir.
Las muertes políticas son la consecuencia de negocios inmorales, de la codicia tolerada por la corrupción de las autoridades, son aquellas que afectan el ejercicio de los derechos de la gente. Son aquellas  que nos debilitan como democracia. Que nos ponen en peligro a todos.
Las muertes políticas llevan a los afectados a respuestas políticas. Salir a la plaza, marchar, escarchar y demandar a las autoridades exigiendo responsabilidades. Ocupar el espacio pùblico, opinar abiertamente, pensar colectivamente. Explicar a los otros ciudadanos el riesgo que todos corremos. Eso es respuesta política a la muerte política. También el silencio, el abandono, el retraimiento en el dolor personal, en estos casos, es una respuesta política, más útil para consagrar la impunidad de quienes generaron las condiciones de la muerte para que no afronten sus responsabilidades, y de este modo las condiciones de la muerte se mantengan.
El ánimo social y el acompañamiento de la gente a la demanda es también una respuesta política, porque es eso lo que podría generar los cambios necesarios en las condiciones de la vida. Por eso necesitan inventar una “sociedad” que no sea protagonista, que consuma por televisión y finalmente adopte la posición cercana a la lástima antes que la participación defendiendo las condiciones de vida e impidiendo las muertes evitables.

El dolor es el mismo. La justicia sin fronteras se conquista con la lucha de todos.
TODOS IBAMOS EN ESE TREN.
LA VIDA VALE. SI A LA VIDA NO A LA AVARICIA. NUNCA MAS OTRO YCUA BOLAÑOS. A
ARGENTINA REPUBLICA DE CROMAÑON
TODOS SOMOS SOBREVIVIENTES.
Las victimas de Atocha, presentes
Las victimas de Ycua Bolaños, presentes
Las víctimas de Cromañón, presentes.
Los familiares, sobrevivientes y amigos en lucha presentes
AHORA Y SIEMPRE.
 
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