Maristella Svampa - “A cinco años del 19/20 de diciembre” Imprimir E-Mail

Diciembre 2006/marzo 2007

Quisiera hacer una reflexión política de lo que ha pasado en estos últimos cinco años, del 2001 al 2006, pero sin duda hay que decir que esto es parte de un proceso más largo. Los números redondos  siempre golpean más. Me refiero a los 30 años del golpe de estado, del inicio de la dictadura militar. Un golpe de estado que sin duda tuvo un doble objetivo, primero, la represión de las fuerzas movilizadas; segundo, la implementación de un nuevo  proyecto económico que implicó una redistribución del poder social completamente diferente en la Argentina. Para decirlo de otra manera, el golpe de Estado implicó el pasaje - confirmado luego por los sucesivos gobiernos democráticos- hacia la gran asimetría económica, social, política, entre, por un lado, las clases medias pauperizadas, los sectores populares, transformados, en vía de exclusión y, por otro lado, la gran concentración por parte de los grupos económicos. Es en el contexto de la gran asimetría que se inserta este ciclo de lucha, que se inicia ya en el 89, con la puesta en marcha de un modelo neoliberal en todos los niveles.
Hay varios ciclos o momentos que abarcan este período. El primero, a partir del 89, se caracteriza por la resistencia sindical y los estallidos en las distintas provincias. El segundo arranca a partir del 96, con la emergencia de un nuevo actor, las organizaciones piqueteras, que van a crecer en fuerza, en capacidad de representación, en visibilidad. En 2001 se produce sin duda  el  quiebre del consenso neoliberal y una crisis en la hegemonía de los sectores dominantes, que tiene como correlato, por un lado, el colapso del modelo de convertibilidad, que implicó la exclusión de grandes sectores, por otro lado, la acumulación de fuerzas, en términos de luchas realizadas por distintos actores. Por último, 2001 marca también la emergencia de nuevos actores, de nuevas luchas.
Así, Diciembre de 2001 es, entonces, tanto la expresión de un proceso de acumulación de luchas contra un modelo excluyente, como la emergencia de algo nuevo, marcado por la vuelta de la política a las calles, por la generalización espontánea de otras formas de hacer política, de carácter basista y asambleario
A partir de Diciembre de 2001, La Argentina, no lo olvidemos, se convirtió en una suerte de laboratorio social, expresado no sólo por las asambleas barriales, sino también por las fábricas recuperadas, aún por las protestas de los ahorristas, y por supuesto, por las luchas piqueteras. Esas luchas que se abrieron y que dieron cuenta de una crisis fuerte de hegemonía, tuvieron una gran productividad política, pero al mismo tiempo, presentaron grandes limitaciones.
De hecho, la consigna “que se vayan todos”  mostraba una gran limitación, en tanto y en cuanto era una consigna puramente destituyente, una consigna negativa a partir de la cual no pudieron articularse políticas unificadoras, proyectos alternativos en común a partir de los cuales confrontar con el régimen que estaba en crisis.
Sin duda, la masacre del puente Pueyrredón, en junio de 2002, marcó una gran inflexión, porque expresó el llamado a una estrategia represiva, por parte de un gobierno débil y con una crisis de legitimidad muy fuerte. Asimismo, ese golpe mostró de manera trágica la centralidad de las organizaciones piqueteras y también la vulnerabilidad de las mismas. Más aún, volvió a recordar el contexto en el cual se insertaban las luchas, un contexto de gran asimetría de fuerzas.
La llegada de Kirchner al poder, en 2003, también significó una nueva inflexión, porque efectivamente desembocó en una redefinición del escenario político.
Muchos no lo quisieron ver en ese momento,  muchos le negaron la productividad política que de hecho tuvo su llegada; no sólo por los gestos políticos que hizo en ese sentido Kirchner, sino porque, de alguna manera, capitalizó una demanda de normalidad que se estaba instalando en la sociedad y que implicaba también colocar en el centro de la agenda la problemática del orden, la problemática del retorno a la normalidad.
La consigna “por un país en serio, por un país normal”, sin duda no es casual. Por un lado, suscitará un gran expectativa en diferentes sectores, colocando de nuevo la atención en el sistema institucional Por otro lado, a partir del quiebre del consenso neoliberal, producido en diciembre de 2001, el nuevo gobierno asumirá una retórica  antineoliberal. Hablo de retórica, aclaro. Creo que esto es fundamental para comprender el proceso –aunque precario- de recomposición de la hegemonía, y sobre todo, el gran poder de interpelación que el nuevo gobierno tuvo hacia el campo militante. A esto hay que agregar que la asunción de Kirchner se dio en el marco de un nuevo escenario regional. Todo ello suscitó grandes expectativas y produjo un realineamiento al interior del  campo militante, dividiéndolo profundamente. No sólo me refiero a las organizaciones piqueteras, sino también a las organizaciones de Derechos Humanos, a las organizaciones campesinas e indígenas, de ciertas corrientes del sindicalismo, como lo muestra de manera muy clara la CTA; así como también las organizaciones que luchan por la diversidad sexual. La división abrazó el conjunto del campo militante. Y esto se dio en un escenario en el cual ya se habían debilitado y desdibujado aquellas nuevas expresiones del 2002, sobre todo las asambleas barriales. En fin, no hay que olvidar que este realineamiento de las organizaciones no sólo se dio en el marco de un discurso o retórica antineoliberal asumido por el propio gobierno, sino en un contexto de reactivación económica.
Muchos creyeron dentro de las organizaciones sociales, críticas, combativas, antisistémicas, que el gobierno de Kirchner era más de lo mismo, y se equivocaron en ese sentido. Realizaron un diagnóstico equivocado de la situación. No supieron captar la complejidad de la nueva situación. No supieron captar sobre todo la fuerte demanda de normalidad que había en la sociedad y los elementos novedosos de los cuales era portador el peronismo, con todas las limitaciones que implicaba  la  recomposición de la hegemonía.
Ese realineamiento del campo militante, produjo además la reactivación de la tradición nacional-popular, la cual tiene un rol importante en nuestra propia historia, y que había estado sepultada de alguna manera en los años de neoliberalismo. La tradición nacional-popular identificada con el peronismo, volvió a estar a la orden del día, fue la más interpelada; sobre todo mucho más en términos de escenario regional, donde la figura de Chávez aparecía y aparece como el gran referente.
En el medio de esto, la estrategia del gobierno de Kirchner, no fue sólo la incorporación y de cooptación de esas organizaciones  filopopulistas, esas  organizaciones que remitían a la matriz o a la tradición nacional popular, sino también el disciplinamiento, la demonización de las organizaciones críticas, el avance de la judicialización de los conflictos sociales. Esta estrategia se centró muy especialmente en las organizaciones piqueteras, que tuvieron un gran protagonismo a partir de la ocupación casi diaria del espacio público desde el 2002 en adelante.
En este sentido, un punto de inflexión, no hay que olvidarlo, fueron los hechos de la Legislatura porteña, ocurrido a mediados de 2004. Esos hechos, televisados en directo a todo el país, llevaron un mensaje al resto de la sociedad, un mensaje que fue interpretado como una necesidad imperiosa de normalidad, un llamado a que situaciones como ésas tenían que acabarse. Ello contribuyó a la deslegitimización, no sólo del campo piquetero, sino del conjunto del campo militante, que se había movilizado para repudiar el Código contravencional, que estaba aprobando la Legislatura porteña.
Desde mi perspectiva hay entonces tres cuestiones centrales, en lo que se refiere a la dinámica política, que deberían incluirse en este debate.
En primer lugar, la política de judicialización, de demonización que llevó a cabo el gobierno, junto con los sectores de poder y los grandes medios de comunicación, mostró precisamente el carácter desigual de la lucha, lo cual terminaría por quebrar aquellos lazos, aquellas relaciones de solidaridad que se habían desarrollado entre las organizaciones territoriales, sobre todo las organizaciones piqueteras y las clases medias movilizadas. Hubo entonces un quiebre fundamental de solidaridades, de aquellas “pasarelas” sociales que se habían construido en el año 2002 y a lo largo del 2003.
En segundo lugar, el gobierno de Kirchner tuvo la capacidad de apropiarse, a través de la retórica antineoliberal, de una parte del discurso crítico que fue central durante la lucha, durante la resistencia de los años 90. Esa reapropiación, que desorientó a muchísimos actores, pudo hacerla, recurriendo o apelando a lo que  podríamos denominar, citando a Claudia Korol, como el setentismo.
Hay, efectivamente, una apelación al setentismo, sobre todo, un llamado a esa generación que luchó durante los años setenta, más allá de la organización política en la que cual se haya inscripto su lucha en aquellos tiempos. Con esto quiero decir que para toda una generación éste gobierno representa algo así como “la última oportunidad” para convertirse en protagonistas de la historia. El setentismo, más la reactivación de la tradición nacional popular en clave latinoamericana o regional, creo que fue fundamental, para producir una desorientación y un desconcierto en una gran parte del  campo militante crítico.
Por último, hay que decir que se instalaron nuevas fronteras del conflicto. El gobierno buscó correr o desplazar del protagonismo a las organizaciones territoriales, dando primacía a los conflictos sindicales. En ese sentido hay que aclararlo, los conflictos sindicales se reactivan a partir del año 2004, y vamos a ver emerger nuevas expresiones sindicales, con una gran riqueza. Pero el período señala también el retorno del sindicalismo dominante, con la CGT unificada y dispuesta a tener un fuerte protagonismo. Por otro lado, el liderazgo del Kirchner y el cambio de clima ideológico en varios países latinoamericanos, volvieron a recordarnos el origen peronista de muchos dirigentes de la CTA, procedentes de la tradición nacional-popular.
La instalación de nuevas fronteras sociales implica, sobre todo, un cierre de las fronteras respecto del mundo de los excluidos, a partir de la masificación de la política social asistencial, a través de una batería de planes sociales. En este sentido, hay que decir que desde el comienzo, para las organizaciones sociales, la aceptación de la política de planes sociales encerraba potencialidades, pero también tenía limitaciones. Esta potencialidad se hizo visible a fines de los ´90, cuando los planes sociales, en manos de las organizaciones piqueteras, sirvieron para desarrollar nuevas organizaciones y para acumular poder. Pero en la actualidad, la masificación de la política social apunta a reproducir la pobreza en el marco de la consolidación de un modelo asistencial-participativo. Hoy vemos entonces las limitaciones, más bien perversas, que se manifiestan en este modelo, que apunta a incluir al excluido como excluido, en un marco de naturalización de las desigualdades sociales.
Estas tres cuestiones (el quiebre de solidaridades, el setentismo y la ilusión populista, y el corrimiento de las fronteras del conflicto social), referidas a la dinámica política, pintan, creo yo, el escenario político actual en la cual se inserta  el conjunto de las organizaciones militantes.
Sin embargo, no todo fue  producto de la acción de un peronismo “incorregible” o eternamente conspirativo, sino que hacia adentro del campo militante, hubo sin duda, muchas dificultades y problemas. De alguna manera se potenciaron ciertas falencias que antes se leían como “tensiones”. Fuimos transitamos un período que marcaría el pasaje de la heterogeneidad a la fragmentación de las organizaciones. Porque es sabido que siempre hubo organizaciones muy heterogéneas entre sí. Sin embargo, a partir del 2002 y a lo largo del 2003, con la redefinición del escenario político, la fragmentación va a ser más marcada, como producto del pasaje de la cooperación a la competencia, visible en la colisión de tradiciones ideológicas, en el conflicto entre diferentes tradiciones ideológicas.
Hay aquí otros tres temas que me gustaría subrayar y traer a la discusión en esta jornada de reflexión.
En primer lugar, creo que efectivamente el campo militante, ese extenso, ese multiforme campo militante, cayó en la trampa que tendía el gobierno, que era el dilema gobierno u oposición. Ese dilema o esta trampa favorecía sin duda al gobierno, que en términos de relaciones de fuerza, tenía y tiene, sin duda, todas las de ganar.
No es que los actores no fueran conscientes de esta desigual relación de fuerzas o que olvidaran la gran asimetría en la cual se desarrollaba la acción, pero en ese sentido hubo gran dificultad, por instalar un mensaje diferente, un mensaje que hiciera alusión a un proyecto de país, a una alternativa diferente en la cual pudieran converger  los diferentes movimientos, que se colocara a distancia del dilema de estar por o contra el gobierno, como si ésa fuera la única definición posible. Esto favoreció sin duda a una mayor fragmentación de ese espacio militante.
Como segundo tema, creo que a partir del 2002 y  sobre todo en el 2003, hubo una colisión de las diferentes tradiciones político-ideológicas que atraviesan el campo militante argentino. Por un lado,  se vieron muy claramente las limitaciones de la izquierda partidaria. Una izquierda muy dogmática, que no pudo con su genio y desarrolló una tentación hegemonista muy clara, no sólo al interior del movimiento piquetero, sino también de las asambleas barriales.
Esto también fue acompañado por las limitaciones que mostró lo que podríamos llamar la nueva  narrativa autonomista. Este es un campo muy heterogéneo, pero creo que hay que reconocer que en este período triunfaron las demandas más exacerbadas de autonomismo, lo cuál se evidenció en la  imposibilidad de construir o de pensar posibilidades de articulación política. Para esta visión, sólo la coordinación es posible, en pos del respeto por las diferencias. En este sentido, creo hay que separar lo que es demanda de autonomía, una demanda legítima que atraviesa una gran cantidad de organizaciones sociales, y lo que es el autonomismo, como expresión política extrema.
Creo que más allá de la reactivación de la tradición nacional popular, de la “ilusión populista” que hoy pueden estar viviendo algunos sectores del campo popular militante, entre 2002 y 2003, se fueron potenciando las tensiones entre las otras dos tradiciones, lo cual no hizo sino actualizar los elementos más reactivos, más negativos de las mismas. De esta manera se instaló una suerte de falso dilema, entre hegemonismo versus, autonomismo.
Digo falso dilema porque el autonomismo extremo o exacerbado en ese sentido, mostró de hecho claras limitaciones en términos de construcción política, como se vio tanto al interior del movimiento piquetero como en las asambleas barriales. En  esa reivindicación extrema del autonomismo no hay solamente un planteo sobre la imposibilidad de pensar lo político en términos de articulación. Hay también sin duda una tentación de repliegue en lo micro social y un desprecio por la actuación en otros niveles de acción, sobre todo en el nivel nacional.
En ese sentido el fundamentalismo autonomista fue negativo y no sólo eso. En términos de retórica o de discurso, ejerció una enorme seducción, tuvo un poder de  encantamiento que no lo tuvieron otras narrativas u otros lenguajes políticos.
Por otro lado el hegemonismo, que representaron o ilustraron los partidos  de izquierda, mostraron hasta qué punto podía llegar el dogmatismo ideológico, hasta dónde podía llegar la visión cortoplacista en relación a la construcción política, así como el escaso respeto por las construcciones independientes.
¿Por qué digo que estamos ante una falsa antinomia u oposición?  Porque creo que esta polarización llevó a confundir cualquier demanda legítima de autonomía con el autonomismo sin más, así como identificó cualquier aspiración de articulación política o de construcción de un polo contrahegemónico con vocación hegemonista. Así, los dos polos tendieron a reducir una realidad que es mucho más compleja.
En realidad el campo militante, el campo de la izquierda independiente, es un campo extenso, amplio, en donde existe una multiplicidad de organizaciones que no se identifican ni con un polo, ni con el otro. Un campo amplio en el cual existe una búsqueda por construir proyectos de poder, proyectos contrahegemónicos, que coexiste con una demanda de autonomía, entendida en términos de auto-determinación; un espacio en el cual se desarrollan prácticas democratizadoras, caracterizadas por la participación popular, por el gran protagonismo de las mujeres y por la expansión de la forma asamblea.
En fin, hay una tercera limitación, que atravesó y aún atraviesa el campo militante, además de estas falsas antinomias. Me refiero a las limitaciones que impone el principio de territorialidad.
Nosotros, los que acompañamos movimientos sociales, insistimos en que una de las grandes características de las movilizaciones sociales hoy, aquí y en otros países de América Latina, es precisamente su carácter territorial, manifiesta en la defensa y recreación del barrio, del medio ambiente, de la comunidad, realizada en clave antagónica. Sin embargo, si el territorio es el espacio en el cual se resignifican el trabajo, la política y aún más, las  subjetividades, también es cierto que esto presenta limitaciones.
En la Argentina, asistimos de parte de muchas organizaciones, grupos, colectivos territoriales, una fuerte tendencia al encapsulamiento. Esta tendencia al encapsulamiento promueve el aislamiento; es la otra cara de la fragmentación, visible en la desconexión con otros niveles de la realidad.
En ese sentido, es necesario pensar la reconexión con otras realidades y niveles de acción desde la propia experiencia territorial.
No hay dudas de que en el territorio está el punto de partida de la construcción de nuevas formas políticas, pero también el territorio es el lugar donde los militantes se agotan en la atención de lo urgente; donde se desdibuja o se pierde la idea de un proyecto político, sobre todo, en términos de alternativa emancipatoria.
Efectivamente, este carácter territorial, nos muestra a veces organizaciones encapsuladas, que se creen autosuficientes y que por ello reducen al mínimo la coordinación con otros grupos. Con ello quiero decir que el principio de la territorialidad, expresada en estos términos, exacerba también una política de las diferencias. Cae en un discurso engañoso en donde se acentúan las diferencias, que la mayor parte de las veces no son tales. Así, ante cualquier mínimo conflicto sobreviene la ruptura, la separación y la emergencia de un nuevo colectivo territorial. Esta lógica es completamente disgregadora pues no apunta a  la construcción de nuevas solidaridades.
Pero yo creo que no todo sea debilidad, no todo sea repliegue dentro del campo militante antisistémico, sino  no estaríamos, precisamente aquí, todos juntos hoy. Las  jornadas del  19 y 20 de diciembre del 2001 produjeron nuevos cruces sociales, produjeron nuevas formas de militancia social, política, cultural.
Hoy en día tenemos nuevas expresiones del sindicalismo, sobre todo a partir del 2003-2004
Hay demandas también de defensa del medio ambiente, que dan cuenta de la centralidad que cobran conflictos de nuevo tipo, donde lo local y lo global, interpelan de manera diferente lo nacional.
Por último, está la forma asamblea, que ha cobrado centralidad y parece anunciarse como nuevo paradigma de la política. En este sentido, creo que es necesario pensar su riqueza, su potencialidad, sus límites.
La Argentina registra ya una historia asamblearia,  que lejos está de haberse iniciado en el 2001. Esta arrancó con las luchas y puebladas en el 96 y 97, en la lejana Cutral Có, donde efectivamente hubo una experiencia asamblearia muy rica. Asimismo, ésta era una forma ya adoptada  por las incipientes organizaciones piqueteras, y por nuevas organizaciones de Derechos Humanos, como HIJOS. Luego, la forma asamblea se generalizó a partir de diciembre de 2001, con las asambleas barriales y con la emergencia de protestas ambientalistas, como los autoconvocados  por las mineras o más recientemente los vecinos de Gualeguaychú, que desarrollan o colocan en el centro también la forma asamblearia.
Yo sé que el mío no es un mensaje complaciente, pero es un mensaje desde adentro, sentido por alguien que comparte este espacio de militancia y  acompaña su compromiso de lucha. Al menos eso intento. Y desde ese lugar, veo que son muchos los desafíos.
Para terminar, se me ocurren varias preguntas que están en el texto que  el equipo de Pañuelos en Rebeldía envió a todos  con esta convocatoria.
¿Cómo responder a la demanda de normalidad instalada en la sociedad? Esa demanda de normalidad que es casi el equivalente a lo que fue en los  90 la demanda de estabilidad, piedra basal de la hegemonía neoliberal.
¿Cómo responder a la apropiación del discurso crítico, que ha hecho el gobierno de Kirchner, avanzando sobre los movimientos, no sólo sobre los movimientos filo-populistas, sino sobre una parte importante de los movimientos críticos, contestatarios o antagónicos?
¿Cómo  debatir  realmente las vías de la emancipación, saliendo de los falsos dilemas?
¿Cómo insertarse, en el nuevo espacio regional-latinoamericano, que nos interpela con experiencias tan diferentes, sin caer en la ilusión populista?
¿Cómo volver a abrir espacios de cooperación, para no seguir sumando más fragmentación y diferencias?
Estas son algunas de las reflexiones que quería compartir con Uds., sin duda confiando en la potencia que tienen los movimientos sociales, las nuevas dinámicas políticas desarrolladas que hoy en día se manifiestan en diferentes espacios, desde los nuevos conflictos sindicales hasta las asambleas auto convocadas por las mineras o en defensa del medio ambiente.
Sin duda habrá que pensar cómo ampliar la plataforma discursiva y representativa de los movimientos sociales, en pos de la construcción de solidaridades externas, y muy especialmente, de nuevas solidaridades internas.
Muchas Gracias

Intervención realizada en el marco del encuentro organizado por el Equipo de Educación Popular “Pañuelos en Rebeldía”, 18 de diciembre de 2006.



Segundo Encuentro, 17 de marzo de 2007

Vuelvo a presentarme, soy Maristella Svampa y en realidad soy casi una infiltrada en el Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía. Participé del primer encuentro con una intervención sobre la cual me gustaría volver, para traer ciertas problemáticas que ahí se plantearon y que hoy han vuelto en el trabajo en los grupos.
En una parte de esa intervención yo hacía referencia a la antinomia autonomismo – hegemonismo, así como a los límites que la propia territorialidad imponía a los movimientos.
Yo quisiera volver hoy sobre la segunda, es decir lo que considero como una falsa antinomia, que creo recorre el espacio de la izquierda independiente. Pese  a que hoy encontramos un espacio mucho más heterogéneo, más caracterizado por la diversidad que en el encuentro de hace tres meses, creo que podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que éste es un espacio que apunta a superar esas falsas antinomias.
En primer lugar, quisiera traer a colación una pregunta que en algún momento de aquel encuentro Pablo Solana, del Frente Popular Darío Santillán, nos hizo acerca de esas antinomias. El preguntó qué sucede con aquellos que no adherimos a los principios exacerbados del autonomismo pero tampoco somos portadores de una visión hegemonista. ¿Eso significa que nos definimos solamente por la negativa?
Yo creo que en realidad podemos definirnos por la positiva. Y en ese sentido quisiera subrayar dos cuestiones, a manera de introducción: la  primera de ellas, hace referencia a algo muy elemental, respecto del carácter de los movimientos sociales. Hay que recordar que los movimientos sociales son muy dinámicos, muy variables, que cambian con el tiempo. Los movimientos sociales son absolutamente impuros y cuando digo que son impuros, lo que afirmo es que se desenvuelven en un espacio de geometría variable. Por un lado, tienen momentos en los cuales hay como una suerte de repliegue particularista, identitario, a partir de lo cual el antagonismo del que son portadores pareciera ser el único que existe en el universo. Es esa lógica particularista la que a veces hace caer en los movimientos en una suerte de narcisismo de las diferencias. Por otro lado, los movimientos sociales tienen momentos universalistas, que son aquellos momentos que los muestran con capacidad de articular, con capacidad de pensar un conjunto de antagonismos comunes,  que puede incluir y abrazar tanto el antagonismo de clase, el de género, el de etnia, como el de cuidado del  ambiente. Lograr ese momento de universalidad creo que es el gran desafío.
 Un ejemplo que sirve para ilustrar esto que acabo de decir es el caso de Bolivia, un escenario muy diferente al nuestro. Recuerdo que en el 2005 asistimos a un encuentro de movimientos sociales con compañeros del Frente Darío Santillán y del MTR, que están aquí presentes, y salimos todos muy preocupados porque efectivamente nos confrontamos casi a una suerte de repliegue o momento particularista por parte de los movimientos, ilustrado paradigmáticamente por las organizaciones indigenistas y los grupos feministas. Tanto uno como el otro daban cuenta de posiciones fundamentalistas, abiertamente intolerantes. Recuerdo que en ese momento nos fuimos muy escépticos de Bolivia, y sin embargo dos meses después los movimientos pudieron articular en torno a dos consignas comunes, y muchos de ellos acordaron también apoyar la candidatura de Evo Morales. Esas consignas comunes tenían que ver, como ustedes recordaràn, por un lado, con la asamblea constituyente, que implica una demanda de refundación política; por otro lado, con la nacionalización de los recursos naturales. Este ejemplo muestra que es posible, más allá de las diferencias,  más allá de las oscilaciones, construir un horizonte común en base a consignas positivas.
En segundo lugar, es bueno recordar que siempre nos vamos a encontrar en un campo multiorganizacional caracterizado por la heterogeneidad y la diferencia. Y siempre vamos a asistir a la tensión, a la oscilación entre el repliegue particularista y la búsqueda de universalismo. La heterogeneidad y la diferencia constituyen el punto de partida desde el cuàl debemos pensar las formas de acceder y construir los momentos de  universalidad.
 Ahora bien, vuelvo a la pregunta del inicio: ¿cómo pensarnos positivamente? Voy a parafrasear, más que citar, a una mujer (siempre se cita poco a las mujeres en estos casos), una mujer que es filósofa y es feminista que es Nancy Fraser, porque ella ha hecho un esfuerzo por pensar más allá de las lógicas excluyentes o de las antinomias, porque ella ha hecho el esfuerzo por pensar en la conformación de paradigmas comprensivos en los cuales se integren distintos elementos, concebidos originalmente como antagónicos.
En ese sentido yo creo que nosotros podemos hacer la apuesta, podemos pensar que la nuestra es una lucha en la cual está presente la afirmación de autonomía pero al mismo tiempo la nuestra es también una lucha en la cual hay una búsqueda por articular un polo contrahegemónico. No hay que pensar a estos dos elementos de manera excluyente. En realidad, somos un híbrido en el cual están presentes los dos elementos. El nuestro es un espacio bivalente, en el cual está presente la exigencia de autonomía y al mismo tiempo la búsqueda por crear contrahegemonía.
 Digo autonomía porque las demandas de autodeterminación de los movimientos son absolutamente legítimas; más aún, son demandas que dan cuenta de la transformación de las subjetividades políticas en la época contemporánea, y eso es algo de lo cual tenemos que hacernos cargo. Y tenemos que hacernos cargo porque además cumple un rol en todo aquello referido con el estilo de construcción política; un estilo de construcción política que pone en el centro precisamente la búsqueda de democracia interna, de horizontalidad bien entendida, de lucha contra la burocratización, de lucha contra toda forma que intente apropiarse de esa diferencia.
Por un lado, esa lucha por la afirmación de la diversidad es una búsqueda de construcción de otros mundos, de otras alternativas, y da cuenta, insisto, de la transformación de las subjetividades políticas. Pero la búsqueda de formas de organización autónoma es por momentos casi un objetivo en sí mismo. Debemos tratar de que no sean solamente un objetivo en sí mismo.
Por otro lado, cuando decimos que existe la necesidad de pensar como crear contrahegemonía, estamos diciendo que la cuestión debe ser pensada en diferentes niveles. Creo que en términos teóricos es necesario ir más allá de los autores clásicos, incluso más allá de Gramsci (tan poco citado hoy en día dentro del campo de los movimientos sociales). Porque de lo que se trata es de crear poder -poder popular,  doble poder- para disputar y constituirnos en una real alternativa de poder, una alternativa verdadera y creíble.
Para ello,  hay un primer nivel, el que se refiere a la creación de organizaciones. Yo considero que hay que salir de esa visión estereotipada y simplista de que todas las organizaciones muestran una tendencia a la burocratización. Sin duda que esta tendencia existe, pero al mismo tiempo no es menos cierto que encontramos fuertes contratendencias, lo cual, en definitiva, hace que nos encontremos con formas de organización muy flexibles, sumamente dinámicas, con una gran capacidad de cambio.
 Hay un segundo nivel en el cual efectivamente debemos pensar la creación de contrahegemonía, más allá de la cuestión de la coordinación. La coordinación es una palabra casi vacía de contenido hoy en día. En realidad tenemos que darle contenido a la noción, al concepto de articulación, tenemos que volver a pensar que la articulación puede ser constitutiva en si misma. Y la posibilidad de lograr una instancia de articulación, sobre todo en los procesos de movilización, esa algo que nos coloca más allá de las organizaciones de base. Porque en definitiva lo que queremos es construir alternativas creíbles, capaces de articular la universalidad en un momento determinado. En este sentido, creo que es necesario repensar la universalidad, como un momento que, lejos de suprimir las diferencias es capaz –o podría ser capaz- de contener todos los antagonismos: de clase, de género, étnicos y los relativos al medio ambiente.
Repensar la universalidad no es sólo un desafío teórico sino político, que nos interpela a todos, en especial a los intelectuales que acompañamos estos procesos desde hace años.
Para terminar –porque me han dicho que me queda un minuto- y retomando la presentación de Oscar Martínez, creo que cuando hablamos de la necesidad de fortalecer las organizaciones o de la búsqueda real de articulación, tenemos que dar cuenta también de los grandes cambios que ha sufrido la clase trabajadora. Los cambios que se han dado a nivel de composición de clase. Oscar hablaba de la precariedad. Sin duda, la precariedad aparece hoy en día como un eje transversal que recorre a todas y todos. La precariedad es la herramienta de la cual se sirve el capital para ampliar y reforzar las actuales asimetrías sociales, económicas, políticas y culturales. La precariedad se refiere a fragilidad, al vulnerabilidad de los soportes, la precariedad refleja nuestra condición actual, aparece como un eje transversal que atraviesa a todos, por encima de las gamas e intensidades diversas.
Quizá habría que plantearse como desafío, de que manera podemos hacer del defecto (la precariedad), una virtud. Pensar si la precariedad puede expresarse en términos no sólo sociales (o sociológicos), sino también en términos políticos. Tratar de salir de la categoría sociológica para pensar la potencialidad política de este concepto.
Tenía otras cosas para decir tanto acerca de la precariedad como de otros temas. Pero dejo aquí porque ya se me acabó el tiempo. Muchas gracias.


 
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