Fernando Martínez Heredia - Premio nacional de Ciencias Sociales de Cuba Imprimir E-Mail

La coherencia del pensamiento crítico, la pasión de la revolución

Claudia Korol – Presentación (para la revista Margen Izquierdo)

Fernando Martínez Heredia es el maestro -en el sentido estricto de la palabra - de varias generaciones de militantes-intelectuales que intentaron pensar y hacer la revolución en América Latina.
Es conocido el poema del poeta guerrillero salvadoreño Roque Dalton, en el que recuerda sus clases de filosofía en una humilde casa de La Habana con un profesor que lo exasperaba con su sistemática tos, que Fernando arrastra hasta nuestros días. Roque Dalton fue uno de sus discípulos. Clases individuales, conferencias magistrales, reuniones grupales. En el hall de su casa, o en un auditorio universitario. En actos políticos, entre miles de personas que abrazaban en su palabra la voz de la Revolución Cubana.
Un intelectual revolucionario, vuelto intelectual por la obra misma de la revolución. “Sería un error creer que porque nos hicimos marxistas sucedió todo, cuando la verdad es que nos hicimos marxistas por todo lo que sucedió”, escribió Fernando hace muchos años, y repitió al recibir en febrero de este año el Premio Nacional de Ciencias Sociales de Cuba.
Filósofo, abogado, sociólogo… conspirador de revoluciones triunfantes y de revoluciones soñadas. Maestro de un marxismo desafiante, incisivo, despojado de toda concesión al statu quo o a las conveniencias burocráticas. Guevarista en tiempos en que Guevara no era más que una imagen heroica, pero su legado teórico era puesto en sordina. Mariateguiano, cuando el pensamiento del Amauta bordeaba los bordes incluso del marxismo “realmente existente”. Gramsciano en su concepción y en su práctica de la revolución como una batalla cultural descomunal contra todas las formas de dominación. Castrista, si por esto entendemos la fidelidad no a una persona, sino a una obra que transformó para siempre las creencias sobre los límites posibles de la acción humana. Ser revolucionario en Cuba, fue siempre desafiar las correlaciones de fuerza que supuestamente determinaban la imposibilidad del proyecto socialista.
Fernando Martínez Heredia nos enseñó a diversas generaciones, el valor del diálogo creativo, en el que no hay límites posibles para imaginar el cambio del mundo, en el que no hay autoridad que emane de citas o de acumulación de años y estudios.
El adultocentrismo tan arraigado en las ciencias sociales, que consagra a intelectuales que sólo se mueven entre “pares reconocidos” académicamente, destinando un lugar subordinado a los jóvenes que interpelan esos saberes, era absolutamente ajeno a Fernando, siempre buscando conectarse con jóvenes, discutir cuestiones, apasionadamente, renovando inquietudes, y evitando halagos. Debatiendo con la seriedad que merece todo intento de batallar contra las diversas formas de opresión y dominación.
Compartimos así largas horas de charla, de recorrer el continente buscando las novedades que pudieran convertirse en tendencias revolucionarias. Compartimos la aventura de pensar la revista América Libre, en tiempos de contrarrevolución, después de la caída del Muro y de los fetiches que el muro había creado en muchas de nuestras concepciones dogmáticas sobre lo que es y lo que no es el socialismo.
Fernando había criticado desde mucho antes la ortodoxia, el esclerosamiento del marxismo. Por ello no lo tomó de sorpresa su derrumbe, y pudo aportar claridad en tiempos oscuros.
Artífice e hijo de la revolución cubana, no creyó que la teoría pueda ser un reflejo de las necesidades prácticas de una obra política, por más grandiosa que esta fuera. El pensamiento crítico tiene que soltar amarras para poder revolucionar una y otra vez las creencias construidas en siglos de dominación.
Cuando lo conocí, en 1987 en Nicaragua, Fernando trataba de recuperar, para las nuevas generaciones que asomábamos a la militancia después de las dictaduras latinoamericanas, el pensamiento del Che. Dos años después ganó el premio de Ensayo Casa de las Américas por su libro El Che y el Socialismo, una de las obras más significativas en la indagación de los alcances teóricos del pensamiento guevariano.
En uno de esos viajes a Cuba, anduve paseando por las librerías de libros usados o viejos que hay en La Habana, intentando completar la colección de aquella revista paradigmática que cumple ahora cuarenta años de existencia: Pensamiento Crítico, de la cual fue Fernando su director y su animador, junto con los entonces jóvenes muchachos del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.
En Pensamiento Crítico encuentro una y otra vez las claves para comprender esa caldera de imaginación, ideas, y búsquedas políticas que agitaba a la generación de los 60, en América Latina y el mundo. Porque coherente con el espíritu internacionalista de la revolución, ahí escribieron latinoamericanos –muchos de los cuales dejaron sus vidas regadas en nuestro continente, en coherencia con lo que decían y pensaban-, y también europeos, africanos, asiáticos. Cambiar al mundo no era una bella frase para los intelectuales militantes de aquel tiempo. Era un compromiso y un desafío.
Cuando en nombre del marxismo predominó el pensamiento soviético post-stalinista, mecanicista, pragmático, y su influencia se hizo sentir en las ciencias sociales y en el propio curso de la Revolución Cubana, la dirección política cerró la revista Pensamiento Crítico. Muchos de los jóvenes revolucionarios que encontraban en este foro de ideas un aliento a sus ansias de “incendiar el océano” (como relata Fernando en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Ciencias Sociales), sufrieron entonces un fuerte revés. Pero no fueron derrotados. Porque para ellos, ser revolucionarios, no era una moda. No era una postura para ganar simpatías en la estructura partidaria, o en los eventos institucionalizados del mundo político o académico ligado a la Revolución.
Ellos eran revolucionarios por convicción, por pasión. Revolucionarios de partido. Y partidarios de revolucionar una y otra vez las prácticas y las teorías que comienzan a fosilizarse si se estereotipan o se tornan justificación de un orden y no un desafío de cualquier intento conservador.
Ellos son revolucionarios cuarenta años después. Y lograron tal vez encontrar la manera de serlo, confiando en los ideales, y con un sentido de coherencia, que difícilmente podamos encontrar en otros ámbitos.
Fernando Martínez Heredia, pedagogo de la revolución, es un tipo sencillo, un amigo en toda ocasión, un crítico cuando considera que perdimos el horizonte o confundimos el camino, un compa divertido a la hora de romper las solemnidades que enferman de manera terminal los ímpetus de las revoluciones. Es además un intelectual armado. Quiero decir, armado para batallas disímiles, tanto en el terreno de las ideas, como en el de las pasiones. Porque él nos enseñó que no se trata de convencer solamente con buenos argumentos, sino que hay que aprender a enamorarse de las revoluciones y a transmitir esos amores, con argumentos y con gestos. Pedagogo del ejemplo. Austero en todos sus actos públicos y privados.
Personalmente le agradezco la posibilidad de comprender a la Revolución Cubana como una obra esencialmente humana, con sus luces y sus sombras, y como parte de ella, la creación intelectual de la generación guevariana.
Sólo quisiera agregar, que ojalá este premio sirva para que su obra intelectual sea más difundida, más conocida en toda América Latina. Para que nos ayude a seguir formando intelectuales no domesticados. A seguir encendiendo la herejía del pensamiento crítico, en cualquier lugar donde se quiera y se desee cambiar al mundo.

Claudia Korol


PALABRAS AL RECIBIR EL PREMIO NACIONAL DE CIENCIAS SOCIALES

Ante todo, un recuerdo emocionado y cariñoso para quien no está hoy aquí, el Premio Nacional del año pasado, Francisco Pérez Guzmán. Panchito fue un hijo de las clases humildes de Cuba, un joven revolucionario que con una tenacidad maravillosa se hizo historiador, y llegó a ser un científico social sumamente destacado, sin perder un ápice de su calidad humana. De pronto nos dejó, abriendo en nosotros un surco profundo de dolor.
Me tomó por sorpresa este premio, el Día de los Inocentes -yo que no lo soy-, y sólo lo creí por venir de Edel la noticia, y de Julio Fernández Bulté. Mucho le agradezco al Jurado sus criterios y la decisión a la que llegó, de otorgarme el Premio Nacional de Ciencias Sociales. Enseguida, una avalancha de felicitaciones me conmovió, pero me trasladó de la primera y muy personal sensación de alegría por la distinción, a un terreno que me es mucho más familiar: casi todos veían, como yo, que se premiaba la labor y la consecuencia de un individuo, pero sobre todo una posición determinada ante el pensamiento y las ciencias sociales, y ante la relación entre ellos y la sociedad, y les parecía muy bien que eso sucediera. Ya puestos en esa dimensión, varios me dijeron: “nos están premiando a nosotros”, y tenían razón. Además de que eso me tranquiliza, porque no he esperado nunca estos homenajes y no sé bien como conducirme, me place mucho ser aquí el representante de esa posición y de tantos buenos hombres y mujeres. Sé que estarán de acuerdo si los simbolizo en uno, en Hugo Azcuy Enríquez.
¿Qué decir el día 10 de febrero?, me pregunté varias veces, hasta que la inminencia me hizo decidirme. Lo mejor es seguir el orden mismo de las cosas. Por consiguiente, los hechos personales, a los que refiere el Jurado con toda procedencia su veredicto, y mi posición ante el pensamiento y el conocimiento social, que de entrada entiendo como una actividad autónoma y específica, un ejercicio del pensar del individuo, que debe ser más libre que otras tareas suyas, y estar puesta siempre al servicio del cambio revolucionario de las personas y la sociedad.
Al mirar desde aquí un camino que ya es largo, aunque no aburrido, me doy cuenta que amé la Historia desde que era un muchacho, estudié Derecho porque era lo que debía llegar a hacer, pero me encantó y lo estudié bien, saqué a Keynes de la biblioteca circulante a los 20 años, me hice íntimo de El Capital no mucho después y me fui por las intrincadas veredas de la Economía, urgido por nuestro subdesarrollo y por la lucha contra el sistema imperialista. Hice investigación sociológica de campo acerca de acuciantes problemas cubanos, y leí clásicos de la Sociología en esos mismos años 60. También traté de conocer y valerme de la Psicología social. Después supe que era ciencia política lo que había venido haciendo desde el inicio con tanto ardor, entre las ideas de Fidel, el Che, Martí, Lenin, Mao, los argumentos de Rousseau y de Montesquieu, y las asechanzas del sectarismo. Pero la Filosofía me emboscó, en el mejor estilo de entonces, me cambió el FAL por un Manual de Konstantinov, y eso dio lugar a una década de combates intelectuales. 
No fue por versatilidad que me metí de cabeza en tan amplio espectro de las ciencias sociales, como ha constatado mi Jurado. Fue por necesidad, y por la gran ambición del proyecto en que he militado desde entonces hasta hoy. “Sería un error creer que porque nos hicimos marxistas sucedió todo, cuando la verdad es que nos hicimos marxistas por todo lo que sucedió”, escribí hace años, y eso es muy cierto. La revolución cubana de los años 60 estaba cambiando a fondo las vidas, las relaciones sociales y las instituciones, y no quería detenerse ante nada. Pese al tremendo trabajo que costaba conquistar los avances de la modernidad, pretendía al mismo tiempo criticar su esencia egoísta y su sentido burgués, y superarla en un nuevo proceso creador, de liberaciones. No podíamos conformarnos con modernizar las profesiones de ciencias sociales, había que revolucionar esas ciencias a la vez que se aprendían sus técnicas y sus fundamentos, utilizarlas para investigar y plantear mejor nuestros problemas –durante aquella década se desató en Cuba una verdadera fiebre de investigaciones sociales--, y contribuir así a que los juicios y decisiones de las instituciones y los dirigentes fueran más fundados y mejores. En suma, queríamos trabajar y fundar una ciencia social, que fuese capaz de comprender nuestra angustia y nuestra maravilla, de plantear los cómo, de poner ladrillos en el proyecto, de ayudar a la gran revolución de liberación, y no a una modernización progresista de la dominación.
Esa fue la base de nuestra aventura en el marxismo. Fue difícil, porque no era un asunto académico. El marxismo era la forma más intelectual del proyecto de ser comunistas, satisfacía la necesidad de creencia de un pueblo que estaba abandonando las creencias que habían regido, era la ideología política que pretendía enlazar el núcleo revolucionario de liberación nacional, martiano, de la cultura política cubana, con el socialismo, la apuesta mundial del siglo XX, que había sido bautizado con sangre en Girón. Y era también un territorio en disputa, no sólo intelectual sino en cuestiones de poder. Todo se complicaba en extremo, porque la corriente principal del marxismo en aquel momento lo reducía a una ideología de obedecer, legitimar y clasificar. El grupo de jóvenes al que yo pertenecía –el Departamento de Filosofía de la Universidad, que estaba en la calle K 507, en el Vedado--, tomó muy en serio la tarea intelectual que emprendió. El presidente Osvaldo Dorticós nos había reclamado en 1964 que incendiáramos el océano, aunque, decía, no se sepa cómo hacerlo. Enseguida aprendimos que para esos menesteres hay que andar con fuego. Recordaré solamente a la revista Pensamiento Crítico, porque en estos mismos días se cumplen cuarenta años de la aparición de su primer número.
Nosotros la hacíamos, no nos preguntábamos qué era. Recuerdo con cariño a todos los que trabajaron en la revista, a los que colaboraron con ella, a tanta gente tan valiosa de la América Latina para las cuales Pensamiento Crítico fue un arma en aquel tiempo de armas, a compañeros de Estados Unidos y otros lugares del mundo. Pero como aquella publicación trascendió, y no ha sido olvidada, me permito leer algo de lo que le dije a Julio César Guanche cuando me preguntó, a nombre de mi entrañable La Jiribilla, acerca de Pensamiento Crítico:
Una de las ventajas de la revista fue la de deberse a la Revolución, pero sin convertirse en una oficina determinada de una instancia específica. Eso le daba la posibilidad de expresarse como revolucionaria, pero sin otra sujeción que la del compromiso libre y abiertamente asumido con la revolución. Opino hasta hoy que sin esa condición el pensamiento revolucionario no logra aportar, y no puede satisfacer por tanto la necesidad inexorable de pensamiento que tiene la política revolucionaria. La revista era polémica, y más de una vez sumamente polémica. De no ser así, no hubiera valido la pena.
Fue un hecho intelectual protagonizado por jóvenes de la nueva Revolución, que tenía como contenido los problemas principales de su tiempo, desde una militancia revolucionaria del trabajo intelectual. Combatió con ideas, con la elección de sus temas y con la presentación de hechos, problemas e interrogantes que las estructuras de dominación suelen ocultar o deformar, sin temor a la crítica de las ideas y del propio movimiento al que entregábamos nuestras vidas, en busca de la creación de un futuro de liberaciones y bienandanzas. Pensó por ser militante, no a pesar de serlo, y fue una de las escuelas de ese ejercicio indeclinable. Contribuyó a la formación de numerosos revolucionarios y su práctica significó un pequeño paso hacia adelante en la difícil construcción de una nueva cultura. Creo que hizo reales contribuciones al pensamiento y las ciencias sociales cubanos, en varias direcciones y sentidos, pero me parece mejor que sean otros los que entren a valorarlas. En aquellos tiempos, entre todos los involucrados conseguimos hacer retroceder la colonización mental. Pensamiento Crítico fue uno más entre los escenarios de aquel combate de ideas.
Participar en esa aventura del pensamiento fue un gran premio. Es cierto que no ganamos, que terminamos mal, pero no fuimos derrotados. Por dos razones. Si uno no se rinde nunca, si no se amarga ni se torna una pieza de museo, conserva intacta su humanidad y puede servir más. Eso he tratado de hacer en todos estos años, tanto en Cuba como en mi patria grande, la América Latina, en tareas intelectuales y en otras prácticas. Sin embargo, la segunda razón es la decisiva. La revolución cubana no se secó, como otros procesos que encontraron sus límites y se enredaron trágicamente en ellos. Sobre estas décadas de su proceso contemporáneo he escrito cientos de páginas y he hablado muchas horas, no intentaré repetirme aquí. Viva en sus contradicciones, la revolución relanzó el gran desafío en 1985-1992, y demostró su justicia y su fuerza en el peor escenario de crisis económica e internacional posible. Otro es su mundo y es ella misma, a la vez, en estos últimos años en que reafirma su carácter anticapitalista después de importantes cambios y en medio de una tremenda guerra cultural.
El pensamiento y las ciencias sociales cubanas no tienen suficiente desarrollo frente a los desafíos del presente y el futuro que podemos entrever. Claro que contamos con una masa muy notable de profesionales capacitados y de trabajos muy serios realizados y en curso, tenemos instituciones de investigación y de docencia. Pero el golpe terrible que recibieron hace 35 años todavía pesa sobre el pensamiento y las ciencias sociales nuestras, porque aunque una parte de sus efectos negativos desapareció, otra parte permanece y se ha vuelto crónica. Tenemos un déficit notable en cuanto a formación teórica. Los temas principales que la realidad propone no siempre son los que se investigan, los límites que se ponen a las indagaciones, y al conocimiento de sus resultados, son perjudiciales. Llega a ser habitual para muchos limitarse –o limitar a otros-- en unos campos en los cuales para ser militante hay que ser inquisitivo, crítico, audaz, honesto y no temer equivocarse. No me canso de repetir que el trabajo intelectual en disciplinas sociales en una sociedad de transición socialista está obligado a ser muy superior a las condiciones de existencia vigentes, no sirve de mucho si sólo se “corresponde” con ellas. Y el consumo de los productos de una sociedad cultísima acerca de sí misma es dosificado u ocultado, como si las mayorías no fueran capaces de hacer buen uso de ellos, como si no tuvieran la extraordinaria cultura política de los cubanos, que es la mayor riqueza humana con que contamos.
Pido prestadas al Che dos frases suyas, en aquel debate formidable de 1963-64, cuando dirigentes e intelectuales discutieron cuestiones fundamentales para la vida y el futuro del país en las revistas habaneras: “¿Por qué pensar que lo que es en el período de transición, necesariamente debe ser? Y la otra: “no hay que desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades”.
En una sociedad como la nuestra, que ha hecho una apuesta tan colosal hacia el futuro y ha logrado sobrevivir, resistir y avanzar tanto, no repetiremos la división entre élites y mayorías en la producción y el consumo de los productos intelectuales y culturales valiosos que caracteriza a los sistemas de dominación. Soy optimista, pero no me refiero a un logro conseguido, sino a una lucha y un propósito que puede unirnos mejor a los cubanos en nuestra diversidad, darnos más fuerzas que las palpables y constituir la mejor defensa del socialismo, que es profundizarlo. Todo lo importante es muy difícil, y sólo se obtiene combatiendo. Sólo tendremos lo que sepamos conquistar, sólo conservaremos lo que sepamos defender.
Perdónenme entonces que termine volviendo a mí, es que la ocasión lo pide. Siento que lo que he expresado sobre hechos pasados no son recuerdos, es una recuperación de la memoria histórica. Pero lo fundamental para mí sigue siendo lo que me falta por hacer. Es lo más apasionante, lo que más me gusta. Debo hacer más ciencia social con los valores que ella debe tener, ayudar a la recuperación y el avance del pensamiento social en Cuba y seguir acompañando a nuestros hermanos que luchan, en América Latina y el mundo. No veo este Premio como un reconocimiento a lo que ya hice en la vida, sino a lo que puedo estar haciendo hoy, y sobre todo a lo que haré en un futuro más bien próximo. Y entonces, por fortuna, deja de llamarse premio y se convierte en una reclamación, en una exigencia de conducta y de productos, en un desafío. Lo acepto, como el premio verdadero. Muchas gracias a todos.

 
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