Claudia Korol - Urgencias y desafíos en la formación política de los movimientos populares Imprimir E-Mail

Varios fantasmas recorren hoy América Latina. El fantasma del socialismo. El fantasma del antimperialismo. El fantasma del indigenismo. El fantasma del ambientalismo. La fantasma del feminismo… Cada fantasma en sí mismo, y todos “juntos y mezclados” al mismo tiempo, perturban el sueño neocolonial imperialista y de sus gobernantes de turno, preocupados como están en lograr el control absoluto de la humanidad y de la naturaleza, estableciendo un imaginario “nuevo orden mundial”, que algunos de sus profetas presentaron pomposamente como “fin de la historia”.
Pero la multiplicación e interacción caótica de estos muchos fantasmas, también perturba y desordena las certezas de quienes piensan las revoluciones y emancipaciones en términos estrictamente bipolares: burguesía / proletariado; imperialismo / nación; patriarcado / mujeres; colonizadores / pueblos originarios… etc.
Llama la atención que la enorme riqueza que proviene de la praxis social y política, nutrida por la diversidad de formas de desafío a la hegemonía mundial,  pretenda ser encerrada y capturada en un conjunto de esquemas doctrinarios que persisten más allá de éxitos y derrotas, de avances y retrocesos de las luchas populares, de flujos y reflujos del movimiento de masas, de aprendizajes de los pueblos en sus batallas históricas.
Llama la atención la dificultad para aprender de estas experiencias, y para integrar en las reflexiones sobre las mismas los nuevos desarrollos teóricos, que nacen no de mentes afiebradas, no de ilusionistas amparados en saberes convalidados desde las usinas del poder y sus medios de formación de opinión, sino desde los saberes construidos colectivamente en las batallas cotidianas de los pueblos que rehacen el mundo, poniendo obstáculos a la furia guerrerista de los países imperialistas, resistiendo heroicamente sus invasiones y atropellos, sus bloqueos, sus conspiraciones contra los gobiernos que los poderosos sitúan arbirariamente en el “eje del mal. Saberes que han permitido sobrevivir y soñar nuevas maneras de relacionarse y de repensar el poder, el cambio social, las revoluciones, las emancipaciones, la libertad.
Las limitaciones para el análisis complejo de la realidad y de las vías para su transformación,  empobrecen las posibilidades de conjugar nuevos tiempos de reflexión y acción revolucionarias, reproduciendo las distancias entre teorías y prácticas, entre intelectuales y militantes, entre saberes académicos y saberes populares. Acortar estas brechas, intensificar los diálogos entre mundos que necesitan reconocerse para realizarse en sus objetivos revolucionarios, es uno de los principales desafíos que enfrentamos en los procesos de formación de militantes de los movimientos populares.
La complejidad con que los pueblos van entretejiendo las tramas de sus resistencias y la creación de alternativas populares, nos plantea la necesidad de cuestionar una y otra vez los conceptos, metodologías y prácticas con que venimos desarrollando estas experiencias. La pedagogía política revolucionaria hoy se encuentra desafiada a revisar sus propuestas, simplificando las maneras de educar, pero sin perder profundidad en el análisis. Simplificar  para multiplicar, pero con profundidad para enfrentar un poder mundial que desarrolla modalidades de dominación cada vez más sofisticadas, que tienen un aspecto central en la búsqueda de golpear la voluntad de combate, integrando o domesticando al activismo social formado en las últimas décadas.

Se vuelve un desafío urgente desarrollar en los militantes populares un pensamiento complejo que acompañe, problematice y sugiera prácticas cada vez más audaces, y que adquiera y desarrolle herramientas político pedagógicas capaces de multiplicar las posibilidades de los y las militantes, para comprender y transformar el mundo.
La acumulación de cultura política, de ideologías libertarias, de experiencias pedagógicas, de teorías revolucionarias, de prácticas contrahegemónicas, es aún insuficiente ante los desafíos que asume hoy una generación de luchadores y luchadoras populares latinoamericanos, que cultivan la rebeldía en duras confrontaciones por la sobrevivencia, cuando las políticas neoliberales pretenden avanzar en el saqueo de los territorios, de los bienes de la naturaleza, en la enajenación de las identidades y de las culturas originarias.
En estas batallas se aprende la resistencia, y también como parte de ella, se realizan difíciles negociaciones con ámbitos del estado o de gobiernos que emergen, condicionados por la voluntad de cambios de los pueblos. En el escenario político de América Latina, hoy se extienden procesos diversos que abarcan desde gobiernos con clara voluntad de generar alternativas populares a las políticas neoliberales, hasta aquellos que combinan políticas sociales populistas de contención de la disconformidad, de restablecimiento de la gobernabilidad, continuando en lo esencial la aplicación de políticas neoliberales en tramos fundamentales de su gestión. Parte de estas modalidades de control, son los intentos de domesticación de los movimientos populares, por la vía de la cooptación de algunas de sus franjas, y de la represión de los sectores insumisos.
En este contexto, la coyuntura política del continente y del mundo nos obliga a una lectura concreta de las diferentes perspectivas en que se ubican los gobiernos que algunos analistas caracterizan con el término general de “progresistas”, distinguiendo lo que hay de común y lo que hay de diferente en cada proceso, partiendo de una mayor claridad en el análisis de los grupos del poder económico, político y militar que determinan o condicionan sus proyectos, cuáles son sus intereses concretos, la disposición de los gobiernos a subordinarse o a desafiar las lógicas del capitalismo mundial, y el rol y espacio del pueblo organizado y de los movimientos populares en las administraciones. También corresponde distinguir la política exterior de los gobiernos y sus políticas internas, sobre todo en aspectos fundamentales como la distribución del ingreso, la reforma agraria, la nacionalización de los principales bienes de la naturaleza, el respeto a la diversidad cultural, la relación con los movimientos populares, el tipo de respuesta que realizan frente a las demandas sociales. Esta distinción es esencial, para no confundir las lógicas estatales de alianzas, con los intereses concretos de los sectores populares en cada país.
El desgaste que se ha producido en las políticas neoliberales, afectó directamente la gobernabilidad de las fuerzas que en los años 80 y 90 sostuvieron y desplegaron estas políticas, afectando su legitimidad. El final del siglo 20, fue sacudido en América Latina por revueltas populares que expresaron de manera contundente el rechazo de los pueblos del continente a esas políticas. También en esta etapa se multiplicaron las expresiones de sujetos políticos que se organizaron para denunciar y enfrentar otras formas de subordinación o exclusión que no dependen solamente de variables económicas; como son las demandas ligadas a la defensa o al reconocimiento de la identidad cultural, a la ampliación de los espacios de emancipación de las mujeres y la visibilización de diversos campos de las percepciones, pensamientos, sentimientos y experiencias de las mujeres, y de sectores de la diversidad y de la disidencia sexual, a la recuperación de las culturas indoamericanas y afrodescendientes, y de aquellas espiritualidades populares que desafían la prédica del pensamiento capitalista y patriarcal, el fundamentalismo religioso, y la pretendida homogeneización de las subjetividades alrededor de un patrón cultural burgués, machista, racista, homofóbico, xenófobo, colonizador, guerrerista, violento.
La multiplicación de movimientos populares, ha creado la posibilidad de que los proyectos contrahegemónicos incorporen distintas demandas y perspectivas emancipatorias; cuestionando así tanto las políticas de homogeneización cultural neocoloniales, como las simplificaciones de aquellos proyectos políticos que miran la realidad tan sólo en las dimensiones de blanco y negro, desconociendo matices y grisados en el accionar popular, o simplemente estigmatizándolo desde el dogma, sin buscar las tramas sociales, los traumas en la subjetividad y las urgencias de sobrevivencia individual y colectiva en que éste se construye cotidianamente.
El reconocimiento de la diversidad del movimiento popular, no es concesión a la política neoliberal de fragmentación social, sino que es una modalidad concreta de enfrentamiento a las políticas neoliberales que reproducen una concepción posmoderna de interpretación de la historia, que afirma el fin de los grandes relatos explicativos del mundo, promoviendo la deshistorización de los procesos sociales, la  sustitución de las lógicas de los procesos por la de los acontecimientos, y la exacerbación de las diferencias frente a las posibilidades de creación de tramas de encuentros. La fragmentación social, tiene en su base material los procesos de desarticulación de las clases y grupos organizados de acuerdo a intereses comunes colectivos, y  la despolitización de las demandas, así como la pérdida de perspectivas estratégicas. Se sustituyen así las políticas de acumulación de fuerzas, experiencias, organización, formación, por movimientos acostumbrados a la acción y a la reacción, fundamentalmente frente a las emergencias. El pragmatismo, el cortoplacismo, es parte de la manera efímera de constitución y desarticulación sucesiva de los sujetos, que no alcanzan a volverse sujetos políticos en la experiencia cotidiana de la inmediatez. En su impacto en la formación política, estas concepciones llevan al desprecio por la teoría, a la acentuación de la ruptura entre teorías y prácticas, a la limitación a procesos acotados de “capacitación” pero no de formación, a la subordinación ideológica y cultural a las diversas “modas”, que se van renovando desde las usinas de la producción cultural hegemónica.
La crítica a las consecuencias de las políticas culturales del neoliberalismo, no puede ser realizada sin embargo desde una respuesta homogeneizadora compulsiva, organizada desde las fuerzas políticas populares o desde los Estados, alrededor de la lógica de subordinación a la “contradicción principal” del conjunto de demandas de los sectores oprimidos.
En términos teóricos, la “contradicción principal”, que para algunas corrientes marxistas es la contradicción trabajo-capital, y para otras corrientes, especialmente las ligadas al nacionalismo popular se expresa hoy en la batalla imperialismo-antimperialismo, se manifiesta a través de múltiples contradicciones consideradas por estos análisis como “secundarias”. En términos prácticos, el análisis de este sistema de contradicciones múltiples ha permitido en diversos tiempos históricos comprender las tareas que se imponen a los pueblos y a sus organizaciones si prevalece la guerra imperialista, o guerras de liberación del colonialismo, o en las batallas antifascistas, evitando al mismo tiempo que estas tareas oculten el conjunto de otras expresiones de batalla contra las dominaciones.
Fue precisamente la lucidez de figuras como las de Ho Chi Minh en Vietnam, Fidel y el Che en Cuba, quienes rechazaron la idea de subordinar el conjunto de luchas de sus pueblos por la liberación o el socialismo, a las lógicas geopolíticas mundiales que aconsejaban posponer estos esfuerzos en función de defender la precaria “coexistencia pacífica”, en la que se libraba en esos momentos (de acuerdo con la lógica hegemónica del marxismo soviético), “la batalla principal” entre capitalismo y socialismo.

La reacción frente a la posmodernidad conservadora, tiene actualmente dos respuestas principales desde el campo político que intenta recrear los proyectos revolucionarios: una respuesta que se recluye en el dogmatismo de las teorías desprovistas de prácticas que las fertilicen, conduciendo a un estéril ideologismo -en definitiva también conservador-; y otra respuesta que busca contribuir, desde el diálogo de prácticas y teorías emancipatorias, a la creación de una nueva experiencia subversiva frente a las propuestas domesticadoras, disciplinadoras de las rebeldías, o simplemente testimoniantes de la negatividad del orden social que impone la dominación capitalista y patriarcal. Estas respuestas se amplían y profundizan, en la medida en que integran o se entrelazan con el conjunto de la  cultura de rebeldía acumulada en las últimas décadas.
La dialéctica entre las tendencias conservadoras y las revolucionarias, atraviesa también el campo de las izquierdas. Pasado ya el tiempo en que esta contradicción se reflejaba entre la llamada izquierda tradicional y la nueva izquierda (que en los 60-70 se identificaba con la lucha armada), y superada teóricamente y en menor medida en las prácticas la disyuntiva entre lo social y lo político planteada en las décadas de los 80-90, hoy es imprescindible identificar, en el pensamiento y en la acción de los movimientos populares, lo que convive de conservador y de revolucionario en cada una de nuestras acciones y postulados.
En las décadas de resistencia a la contrarrevolución neoliberal, que para desplegarse debió recurrir a genocidios en toda América Latina, así como en la resistencia histórica de los pueblos frente a las políticas de exterminio que fundaron al capitalismo en estas tierras, se formaron sentidos que, siendo fundamentales para defender culturas, identidades, lenguas, organizaciones, derechos, asumieron como parte del mismo bagaje, rasgos y modos conservadores. Los muros que se levantaron para proteger las débiles acumulaciones creadas por los movimientos populares, fueron también fortalezas en las que se cimentaron dogmatismos, anacronismos e incluso vulgares prejuicios provenientes de la asunción acrítica de aspectos esenciales de la cultura dominante.
Renovar la cultura política implica producir rupturas, derribar muros sin perder los cimientos. Es necesario, en esta perspectiva, pensar en términos de nuevas posibilidades epistemológicas, y en nuevas maneras de conocer al mundo y de revolucionarlo. Abandonar el ejercicio infecundo de superponer monólogos en nuestros procesos de reflexión, para abrirnos al diálogo real, en el que escuchamos la palabra que nombra experiencia, desde nuestros cuerpos preparados no sólo para decodificar lenguajes, o categorías, sino fundamentalmente, para comprender las acciones, sentimientos, pensamientos e ideas que estos nombran.
La relación práctica - teoría – práctica, comprendida en el concepto de praxis, es aquella en la que las experiencias históricas de los pueblos es fuente de conocimiento; en la que la teoría se construye colectivamente en los esfuerzos por leer y reescribir el mundo que cambiamos con nuestras luchas, y en el que el sentido de los procesos de conocimiento no se agota en las búsquedas académicas o en las investigaciones realizadas de acuerdo con las imposiciones de los centros que financian y condicionan la producción de saberes, sino en la transformación del mundo que intentan y hacen los movimientos populares.
En los esfuerzos de formación política, estas relaciones se expresan una u otra manera de organizar la reflexión, el estudio, y la interpretación de la realidad. Hay modalidades de formación, en las que se repite el antiguo esquema que Paulo Freire caracterizó como de “educación bancaria”, en las que los supuestos poseedores del saber, “transfieren”, o “depositan” su conocimiento en los militantes populares, sin buscar los núcleos de la experiencia de estos militantes y de sus movimientos, que permitan integrar las diversas temáticas necesarias de trabajar pedagógicamente, en la dinámica de sus saberes y experiencias de resistencia. De esta manera, el saber resulta ajeno a los militantes, y se refuerza la distancia entre teoría y práctica, entre intelectuales y luchadores “prácticos”. También se reproduce en estos modelos, la jerarquía del saber académico por sobre los saberes nacidos y creados en la lucha. En definitiva, se reproducen modelos de enajenación de los sujetos, al reforzar la vivencia de un saber que desvaloriza el conocimiento construido por los colectivos populares.
La concepción de educación popular, que intenta desafiar las ideas y los formatos de educación alienantes, recupera de Paulo Freire su esencia radical: concebir la pedagogía de los oprimidos (y no para los oprimidos) y oprimidas, como una práctica de la libertad; como pedagogía de la rabia, de la indignación, de la esperanza y de la autonomía. Estas dimensiones: rabia, indignación, esperanza, autonomía, son también constituyentes de las políticas de los movimientos populares, que no pueden determinarse exclusivamente por razones de orden estrictamente superestructurales o por las geopolíticas de los estados, sino que tienen que nutrirse de la necesidad y de los deseos de los hombres y mujeres, que van encontrando los modos de rebelarse frente a las múltiples formas de opresión.
Los movimientos populares estamos obligados a realizar un debate en el que abordar sistemáticamente un conjunto de interrogantes, entre ellos: ¿Qué tipo de militantes populares, qué tipo de movimientos populares, qué tipo de proyectos políticos populares son necesarios crear y formar en este tiempo histórico? ¿Qué dimensión tiene, en el conjunto de las políticas de resistencia y en la creación de alternativas, la batalla cultural? ¿Qué lugar tiene en la misma la formación política y la educación popular? ¿Qué posibilidad existe, en estas propuestas, para que la crítica de los procesos históricos de creación de alternativas no capitalistas, sea incorporada sin prejuicios, para pensar creativamente las perspectivas populares de gobierno y de poder? ¿Cómo avanzar, en este contexto, en la formación de militantes y de movimientos populares, con capacidad de aprehensión y de transformación de la complejidad de la trama social en la que se recrean las posibilidades de existencia, no sólo de un grupo, sino de toda la humanidad, y de la naturaleza? ¿Dónde afirmar el dinamismo de estos procesos?
Intentando aproximar algunas respuestas, considero que es esencial ubicar el dinamismo fundamental de estos procesos, en el fortalecimiento del trabajo de base, y de la formación de los militantes de los movimientos populares, en todos sus niveles. Son precisamente estos movimientos, los que expresan la diversidad de demandas que se han ido creando en las batallas anticapitalistas, antipatriarcales, antiimperialistas, contra las diversas formas de colonización cultural. Siendo estas demandas en muchos casos limitadas, por su carácter sectorial, económico, o local, sin embargo, es en su interacción, articulación y diálogo, que pueden volverse develadoras de distintos aspectos de un proyecto político popular, de carácter civilizatorio, mucho más amplio, fecundo y vital que los programas populistas o neodesarrollistas, reproductores de lógicas viciadas de estatismo, que suelen exhibirse como la suma de las transformaciones “posibles” de ser realizadas, en este contexto latinoamericano y mundial. Sin rechazar las posibilidades que ofrece el Estado nacional como trinchera de disputa de las políticas de soberanía nacional y popular, hoy es importante cuestionar la ubicación del dinamismo esencial de los procesos de transformación social, y la sustitución de la autonomía de los movimientos populares, por la gestión estatal, atravesada como está con sus lógicas de burocracia, clientelismo y corrupción.

En la ubicación del dinamismo central en los movimientos populares, se vuelven relevantes la pedagogía del ejemplo, es decir, las experiencias de formación de hombres nuevos y nuevas mujeres, forjando valores, relaciones, vínculos solidarios, no como ejercicio de propaganda, sino como esfuerzo militante cotidiano. En estos procesos, la formación política se vuelve también un momento de la constitución de estos movimientos en intelectuales colectivos, y de sus militantes como intelectuales orgánicos de los proyectos revolucionarios. Proyectos que van realizándose en el diálogo de los sujetos históricos que así como en las etapas de resistencia han sabido sobrevivir, desde el despojo, desafiando correlaciones de fuerza adversas, atrincherándose en sus identidades y culturas; luego, en el descampado producido por las políticas de despojo y miseria, han sabido atreverse, también de manera colectiva a reinventar el trabajo, la educación, la salud, desde sus saberes ancestrales.
De esta manera, diálogo y formación política se vuelven una forma de encuentro, que permite no sólo reconocer al otro o a la otra, sino crear un nosotros y un nosotras en el que se respeten y valoren las múltiples expresiones, maneras de decir y de actuar, y se creen vínculos de solidaridad, de mutuo aprendizaje, que no cancelen ni posterguen sueños, sino que permitan que los mismos nutran las raíces de los procesos de formación/ transformación, que ya no serán por lo tanto dos términos separados en tiempo y lugar, sino dos dimensiones del mismo espacio de revoluciones.
Diálogo de saberes, creación colectiva de conocimientos, relación práctica/ teoría / práctica, pensamiento crítico, pedagogía del ejemplo, historicidad de los procesos sociales, cultura de rebeldía, educación como un momento organizativo de constitución de los sujetos, son algunas claves que estamos buscando en nuestras experiencias. El cuerpo que lucha tiene que aprender a involucrarse con todos los sentidos, y por lo tanto, la formación política no puede reducirse a una esgrima de palabras, sino que requiere pensar desde los pies que duelen, desde las manos que trabajan, desde el corazón que no se cansa de bombear sangre, para que la lucha continúe.

Junio 2007

 
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