Educación Popular y Educación Formal - Textos de Paulo Freire Imprimir E-Mail

Fragmentos de: Paulo Freire

(1) Diálogo con educadores en Montevideo

(2) Pedagogía de la autonomía

Para el taller: Crisis del sistema educativo y Crisis Nacional.
Una mirada desde la Educación Popular

Enero 2002

(1) Diálogo con educadores en Montevideo

a- Dicotomías del sistema educativo

Estoy seguro de que si uno piensa teóricamente los sistemas educacionales de América Latina y se pregunta qué defectos tienen, yo empezaría subrayando esta dicotomía entre práctica y teoría, dicotomía que tiene que ver inmediatamente con una comprensión mecanicista de lo que es enseñar y de lo que es aprender. Aquí yo me asocio a Pichon Riviére: el como psicólogo y yo como pedagogo...y a otros latinoamericanos, para hacer la crítica de lo que en "Pedagogía del Oprimido" llamé "Educación bancaria". En esta concepción, enseñar se reduce a transferir el perfil del concepto agotado del contenido. Esta dicotomía teoría/práctica tiene que ver con la concepción mecanicista del acto de enseñar y del acto de aprender, como si no debieran entenderse como producción de saber, como producción de conocimiento.
Una segunda dicotomía que parece muy importante en nuestros sistemas educativos, es ésta: la de enseñar y aprender. Hay una dicotomía entre ambos porque nos falta, por razones ideológicas, la comprensión procesal de la producción social del conocimiento. Es como si al enseñar yo no tuviera nada que ver con aprender, y es como si al aprender los educadores no tuvieran nada que ver con enseñar, como si al enseñar el educador no aprendiera, al menos, a enseñar. Es muy dialéctico porque yo no aprendo sin enseñar; para que yo aprenda a enseñar tengo que enseñar, pero tengo que enseñar abierto a aprender a enseñar.
Al separarlos en momentos distintos, pensamos en capacitar a los enseñantes sin que ellos perciban jamás que para enseñar al mismo tiempo hay que aprender, porque también hay que aprender el contenido de lo que se enseña. Separar estos dos momentos de un único proceso, es un error.
Hay una tercera dicotomía en nuestros sistemas educativos: la que se da entre enseñar el conocimiento ya existente y producir nuevos conocimientos. Esta dicotomía hace "los diablos" dentro de las Universidades... Por ejemplo, la separación entre investigación y docencia. No es posible enseñar sin investigar. Una real docencia es investigación: por eso es histórica y tiene historicidad. Esto significa que no hay conocimiento absoluto; todo conocimiento no es otra cosa que la superación de un conocimiento que antes fue nuevo y que se volvió viejo. Este carácter no concluido del saber científico a mí me encanta... a otros científicos les molesta. Esta certidumbre que tengo de que los conocimientos actuales no serán necesariamente los mismos en los próximos años, me estimula y me desafía.
Pero lo que hacemos mal en las escuelas es enseñar a los alumnos los conocimientos existentes, sin ninguna preocupación por los conocimientos que todavía no existen. Yo no pienso en tener a los estudiantes pendientes todo el tiempo de lo que aún no existe, es una obra social que hay que empezar a hacer...
Una de las cosas terribles derivadas de estas dicotomías, es enseñar el conocimiento existente con una metodología de pura transferencia de conceptos sin la preocupación pichoneana por la producción del conocimiento. Con esto estamos "castrando" en el alumno una de las cualidades indispensables para la producción del conocimiento y una de las cualidades centrales del hombre y de la mujer como animales: la capacidad aprendida históricamente de desarrollar la curiosidad y de usufructuar esta curiosidad...
La curiosidad asociada a la acción está forjada por la necesidad. Es la necesidad la forjadora de la curiosidad y del fenómeno del conocimiento. El conocimiento tiene un dimensión biológica: la necesidad de comer hizo que los hombres desarrollaran su conocimiento para encontrar caminos más eficientes ... La historia de la ciencia tiene que ver con esto, de cómo es que comprendemos mejor el mundo en que estamos para servirnos mejor de él y, de vez en cuando, echamos a perder el mundo en vez de servirnos de él.
Estas dicotomías de las que veníamos hablando matan la curiosidad y la creatividad. Uno de los grandes problemas que tenemos sobre el final del siglo XX con el alto desarrollo tecnológico, es que se reduce cada vez más el espacio para la curiosidad y la creatividad. A esto se suma que algunas minorías que producen conocimientos al servicios de los que dominan el mundo, son los únicos que se dan el lujo de pensar creativamente, de indagar y desarrollar su curiosidad: ellos piensan creativamente, precisamente, para que las mayorías no piensen. Hay que pelear contra esto... Yo creo que la gran lucha nuestra es ésta, en el fondo es un aspecto de la lucha por la libertad...
Hay otras dicotomías; yo destaco estas tres, pero otra es la dicotomía entre autoridad y libertad en el proceso educativo. Como la autoridad en ciertas circunstancias se torna autoritaria y ya no es autoridad, cuando las libertades dejan de ser libertades para tornarse licenciosas y la autoridad desaparece...
Para una mentalidad mecánica, no dialéctica, probablemente la respuesta sería la siguiente: "Mientras no hagamos la transformación radical de la sociedad, olvídate de esto y sigue tu vida. Cuando la sociedad esté radicalmente cambiada, vuelve a plantearte la pregunta y lo vemos..." Esto es la ahistoricidad completa. No tiene nada que ver con las cosas que vivimos.
En el proceso de cambio, no hay novedad que no se constituya en la vejez... y la vejez no es vejez sólo por la edad cronológica. Alguna vez yo tuve la edad de ustedes y lo bueno es que aun lo recuerdo. La vejez es la inadecuación con la realidad concreta: ahí queda viejo, ya no da respuesta, no responde... Ahí necesariamente surge lo nuevo y eso nuevo ya algún día va a quedar viejo.

b- Formación permanente del educador

Para mí es imposible dar una respuesta a la pregunta: ¿qué es el educador? No creo que se pueda responder a esta pregunta en forma abstracta, generalizada. En otras palabras, que nosotros hagamos acá una especie de metafísica, que agarremos la esencia del educador y lo definamos de forma universal. Esto no es posible. Y no lo es, precisamente, porque la naturaleza política de la educación no permite que esto sea hecho. ¿Y por qué no lo permite? No lo permite porque siendo la educación una práctica sustantivamente política, el educador o educadora es, necesariamente, político o política. Lo que ocurre es que a veces algunos educadores no saben que son políticos por el hecho de ser educadores, y otros saben pero no quieren asumirse como tales. Lo que podemos hacer es intentar una aproximación al perfil, por ejemplo, de una educadora progresista, como también podemos aproximarnos al perfil de una educadora autoritaria, reaccionaria...
Yo no tengo duda de que un educador, sea progresista o reaccionario, precisa construir ciertas cualidades a través de su práctica, sin las cuales no es eficiente ni como progresista, ni como reaccionario. Esas cualidades, que también podemos llamarlas virtudes, no son recibidas como regalo. Es decir, el Padre del Cielo no le manda virtudes a nadie.... Uno hace o no hace la virtud de cada uno, construye o no, crea o no, produce la virtud o no, en la práctica sobre la cual uno piensa. De ahí el énfasis que yo pongo en el problema de la formación permanente del educador, que se debe dar, sobre todo, a partir de la reflexión sobre la práctica que tiene el educador. En la medida en que el educador piensa su práctica con otros educadores, va a descubrir una cierta teoría, embutida en su práctica, que a veces él no sospechaba.
Entonces, es practicando que uno hace las virtudes, que uno crea las cualidades. Sin embargo, las cualidades necesarias, fundamentales, para un educador progresista, no son necesariamente las cualidades fundamentales para un educador reaccionario. Una cualidad que yo citaría que tanto uno como otro deben tener, es la eficiencia, la búsqueda de la eficacia. Buscar la eficacia es una cualidad, es una virtud, es un compromiso. Tanto el educador progresista como el educador reaccionario, precisan ser eficaces en su trabajo.
Hay una tarea que está ligada a la eficacia, que cabe a los dos también, que es educar. Un educador que no educa, un profesor que enseña, es incomprensible. Los dos precisan hacer eso. Ahora, la forma en cómo esta cualidad se practica, es diferente.
Creo que una virtud fundamental de un educador progresista, debe ser la coherencia entre lo que dice y lo que hace. Yo les diría que hay que disminuir la distancia en el discurso y la práctica, el discurso que anuncia y la práctica que busca materializar ese anuncio. Disminuir la distancia que hay entre los dos, es absolutamente fundamental para un educador progresista...
Hay una exigencia ética que el educador progresista precisa vivir, precisa encarnar; entonces, esa coherencia tiene que ser realmente trabajada. Yo insisto en decirles: se puede escribir un texto muy bonito sobre la coherencia, lo difícil es vivir la coherencia, reconocerse incoherente.
Yo no estoy pensando, de ninguna manera en que el educador progresista viva 24 hs. coherentemente. Yo no tengo ninguna duda de que la vida sería fea, insulsa, si fuese el día entero coherente. En primer lugar, porque terminaría sin saber qué es coherente, por no conocer la incoherencia. Entonces, el no saber qué es coherente, ya sería un desastre. Es necesario que haya un poco de incoherencia para que yo perciba que necesito ser coherente; por eso, esa virtud de la coherencia arrastra ... eso es bonito porque una trae la otra. Ella arrastra -decía- otras dos con ella: una es la tolerancia y la otra es la humildad. Es imposible un educador coherente, que sea intolerante o no sea humilde.
En cuanto a la tolerancia, yo creo que las izquierdas latinoamericanas tendrían mucho que aprender. Yo les pido disculpas a las izquierdas latinoamericanas, yo mejor diría: "las izquierdas" necesitarían aprender la tolerancia.
Tengo una larga experiencia de los llamados frentes de salvación nacional popular, y de vez en cuando, el frente se revienta por la intolerancia de sus miembros. ¿Qué es la tolerancia? La tolerancia no es sólo una virtud teológica; es una virtud revolucionaria, es la sabiduría que me hace convivir con el diferente para poder luchar contra el antagónico...
En América Latina nos peleamos entre nosotros porque somos diferentes; mientras tanto el antagónico duerme en paz... Es algo terrible.
...
La humildad también está ahí, porque no se puede ser tolerante si no se es humilde. Porque ¿cómo podés aguantar a una persona diferente, opinando y diciendo lo que hay que hacer delante tuyo? ... La humildad es una cosa absolutamente necesaria, y cuando hablo de humildad no estoy hablando de catecismo. La humildad no es hacerle favores a otro, no significa falta de coraje de luchar, de ninguna manera. La humildad no puede ser identificada o reducida a la humillación. Un sujeto humilde no quiere decir que acepte ser humillado: él pelea, defiende su posición, su dignidad, pero de forma humilde...
...Yo creo que nadie puede definir al educador, porque, en primer lugar, el educador o educadora en cuanto persona, es un ser histórico, y él vendrá a ser (porque ni siquiera es), sólo lo es en cuanto viene a ser ...En segundo lugar, la educación que es lo que él hace, también es histórica, se da en la historia y no en la cabeza del educador, y porque se da en la historia , la educación varía en el tiempo y en el espacio. Por eso es imposible pensar en importar las propuestas pedagógicas de ningún pedagogo: ellas tienen que ser estudiadas, re-hechas, re-inventadas, re-creadas, testadas, en el nuevo contexto so pena que Uds. Negar en la fuerza de los contextos.


c) Educación Popular y Educación formal

Hay quien acusa a la Educación Popular, justamente, de no ser tan popular, sino de ser islotes que van flotando en la sociedad. La pregunta es: ¿Cómo podemos hacer para volver a la educación popular realmente popular, no sólo en el discurso? ¿Pasará necesariamente por integrarnos al sistema formal?
...Hay una cuestión política, una cuestión ideológica, una cuestión que para mí tiene que ver con una comprensión más mecanicista de la historia y de la revolución. ... Es como si se pensara que la educación es supraestructural: se hace la educación revolucionaria después de hecha la revolución. Ahí entonces, con el poder en la mano, pensamos que se hará la educación proletaria... Ésta es una visión puramente mecánica de la historia... En los años 60, América Latina vivió un idilio con la educación: en aquella época se pensó que la educación era la palanca de la transformación revolucionaria. El comienzo de los años 70 se presenta con su análisis del aparato ideológico y de la reproducción ideológica a través de la escuela, de la educación, y América Latina cayó en una especie de desesperación... Es decir, no es posible hacer más nada que esperar la revolución... A mí me parece que ésta es una comprensión bastante "mágica" de la educación: idealista, cuando se piensa que ella hace la transformación y profundamente negativista y mecanicista cuando se piensa que ella no tiene nada que ver...

Educación popular y militancia política

Hay una cierta indecisión de los partidos revolucionarios de aceptar y de entender el rol de un buen trabajo de educación política a ser hecho al lado de un trabajo de educación sanitaria, de educación comunitaria, de alfabetización, de lo que sea...
Entonces ¿qué pasa? Hay una cierta dicotomía -a veces- entre el militante del partido que hace una labor considerada estrictamente partidaria y el militante que hace una labor llamada "pedagógico-popular". Para mí éste es un enorme error: es una especie de esquizofrenia, es decir: tendríamos que ir juntos en la medida en que la educación es política, por naturaleza.
Finalmente, yo encuentro que también hay entre nosotros, en América Latina de modo general, una falta de inter-comunicación a veces, incluso, en la misma ciudad. Hay grupos que trabajan y que hacen cosas muy interesantes y que no son conocidas por otros que hacen, a veces, cosas menos interesantes precisamente porque no conocen lo que hacen aquellos.

d) Escuela pública

Si pudiéramos trabajar cada posibilidad de reconstruir una escuela pública popular no elitista y verdaderamente democrática.. yo sé que alguien podría decirme: "Mira Paulo pero ¿cómo hacer una escuela como la que tú dices, con estructuras rígidas y antidemocráticas?".
Yo creo que en función de cada situación, un educador progresista, un equipo de educadores, un grupo, una organización, un movimiento de educadores, de gente con inventiva, no burocratizadas, serían capaces de contestar esto. Yo encuentro que no es posible contestar en abstracto pero, en función de la realidad de cada uno, creo que es posible encontrar una respuesta a esto. Yo reconozco que es difícil... Por ejemplo, yo tengo ahora el gobierno de la Secretaría en mis manos, tengo un poco de poder porque tengo este gobierno, tengo un equipo de los mejores que podría tener en San Pablo -desde el punto de vista de la competencia, desde el punto de vista de la claridad política-, y tengo solamente seis meses de trabajo y dificultades que son muchas... Los obstáculos mas grandes que yo encuentro hoy no son, por ejemplo, falta de dinero (que es terrible); el obstáculo mayor que yo enfrento es el ideológico. Es decir, cómo replantear estos problema junto al cuerpo docente de la red escolar de la capital de San Pablo. Nosotros tenemos 675 escuelas con aproximadamente 30 mil maestras. ¿Cómo replantear ciertos núcleos ideológicos que tienen que ver, por ejemplo, con la posibilidad de los niños populares de aprender o no aprender? ¿Cómo mejorar científicamente a las maestras que enseñan a leer y a escribir? Para superar el obstáculo que estos niños encuentran entre el primer y segundo año del curso básico en que son excluidos de la escuela ¿Cómo mejorar la enseñanza de la matemática, de la geografía, de la historia?
Esto implica una competencia científica, implica un desafío a las posturas ideológicas actuales, y todo esto no es fácil: tú no cambias una mentalidad entre el martes y el miércoles...

¿Como es posible trabajar dentro de un sistema antipueblo, desde una perspectiva político-pedagógica popular, democrática, anti-elitista?
 Yo creo que tu pregunta sugiere que por detrás de ella hay una cierta teoría, parcialmente cierta, según la cual la educación es una expresión de  la superestructura. O sea, se constituye como reflejo de las condiciones materiales, históricas, concretas de la sociedad y, en realidad, la educación es esto. Significa que la educación, sobre todo la formal, no puede ser entendida fuera de los condicionamientos materiales, ideológicos, de la sociedad en que ella se da.
Si profundizamos este análisis teórico, llegamos a la conclusión de que la educación no constituye a la sociedad sino que, a la inversa, la sociedad organizándose en función de los intereses de quienes tienen poder, es la que constituye la educación a su servicio.
De esto se concluye que no hay que hacer nada en educación, antes de que la sociedad sea transformada. Ésta es una posición que está implícita en su pregunta... También se puede apuntar a otra concepción política de la educación que, a mi juicio, supera a la anterior. Reconoce que la educación es superestructural, reconoce que la educación se constituye como las ideas, como las teorías, en estrecha relación con las condiciones materiales, con las formas en que se produce en una sociedad. Pero reconoce también, que las relaciones entre la llamada infraestructura, que son las condiciones concretas de producción, y la superestructura -que comprende las ideas, el derecho, la religión, la filosofía, las teorías, etc- son relaciones dinámicas, procesuales, contradictorias, que se ven en la historia y no pueden ser comprendidas si no es de manera dinámica. Son relaciones que implican un cierto misterio, imaginación, utopías. Cuando uno percibe la realidad de esta manera, también percibe que no hay que esperar a que la sociedad cambie para luego hacer una escuela diferente. Cuando uno espera que la sociedad cambie, la sociedad no va a cambiar, es la mejor manera de no hacer nada...
Obviamente que no hay que ser ingenuos. Trabajar dentro del subsistema escolar, en una sociedad que aun no ha sido transformada, es como "nadar contra la corriente"; es difícil pero, sin embargo, es posible.
Con esta metáfora podemos pensar el rol de una educadora reaccionaria, conservadora, dentro de una sociedad como la nuestra. Espero que no exista ninguna educadora así entre ustedes, pero ella "nada a favor de la corriente". Lo difícil es para nosotros, porque tenemos que hacerlo en sentido contrario.
Ahora soy el Secretario de Educación del gobierno popular del Partido de los Trabajadores en la Ciudad de San Pablo. Junto con nuestro equipo tenemos la responsabilidad de hacer algo dentro del subsistema oficial; es una burocracia terrible. Tenemos que enfrentar tradiciones, ideologías antipopulares,... una serie de cosas... Estamos dentro del sistema con una pequeña porción de poder: somos más gobierno que poder; tratamos de luchar para "cambiar la cara de la escuela", en una línea popular, no populista, democrática, anti-autoritaria.
...En última instancia, la respuesta final a tu pregunta, pensando dialécticamente, sería la siguiente:
Las relaciones contradictorias entre supra e infraestructura nos permiten percibir que si la tarea que las clases dominantes esperan de nosotros como educadores es reproducir su ideología, hay otra tarea que la clase dominante no espera que sea cumplida: es la de desmitificar la ideología dominante. Esta segunda tarea es la que nos espera en cuanto educadores progresistas.

(2) Pedagogía de la autonomía

Enseñar

Es preciso  que quien se está formando, desde el principio mismo de su experiencia formadora, al asumirse también como sujeto de la producción del saber, se convenza definitivamente que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades de su producción o de su construcción.
Quien forma se forma y re-forma al formar, y quien es formado se forma y forma al ser formado.
Quien enseña aprende al enseñar, y quien aprende enseña al aprender. Quien enseña enseña alguna cosa a alguien. Enseñar no existe sin aprender y viceversa, y fue aprendiendo socialmente como, históricamente, mujeres y hombres descubrieron que era posible enseñar. Fue así, aprendiendo socialmente, como en el transcurso de los tiempos mujeres y hombres percibieron que era posible –después preciso- trabajar maneras, caminos, métodos de enseñar. Aprender precedió a enseñar o, en otras palabras, enseñar se diluía en la experiencia realmente fundadora de aprender.

1. Enseñar exige rigor metódico
Implica reforzar en la práctica docente, la capacidad crítica del educando, su curiosidad, su insumisión.  En las condiciones del verdadero aprendizaje, los educandos se van transformando en sujetos reales de la construcción y de la reconstrucción del saber enseñado, al lado del educador, igualmente sujeto del proceso.
Enseñar, aprender e investigar lidian con esos dos momentos del ciclo gnoseológico: aquel en el que se enseña y se aprende el conocimiento ya existente y aquel en el que se trabaja la producción del conocimiento aún no existente.

2. Enseñar exige investigación.
No hay enseñanza sin investigación ni investigación sin enseñanza. Pensar acertadamente, en términos críticos, es una exigencia que los momentos del ciclo gnoseológico le van planteando a la curiosidad que, al volverse cada vez más metódicamente rigurosa, transita de la ingenuidad hacia lo que vengo llamando “curiosidad epistemológica”.

3. Enseñar exige respeto a los saberes de los educandos.

4. Enseñar exige crítica
La curiosidad como inquietud indagadora, como inclinación al desvelamiento de algo, como pregunta verbalizada o no, como búsqueda de esclarecimiento, como señal de atención que sugiere estar alerta, forma parte integrante del fenómeno vital. No habría  creatividad sin la curiosidad que nos mueve y que nos pone pacientemente impacientes ante el mundo que no hicimos, al que acrecentamos con algo que hacemos.
Como manifestación presente a la experiencia vital, la curiosidad humana viene siendo histórica y socialmente construida y reconstruida.  Precisamente porque la promoción de la ingenuidad a la crítica no se da de manera automática, una de las tareas principales de la práctica educativa progresista es exactamente el desarrollo de la curiosidad crítica, insatisfecha, indócil. Curiosidad con la que podemos defendernos de “irracionalismos” resultantes de, o producidos por, cierto exceso de “racionalidad” de nuestro tiempo altamente tecnificado.

5. Enseñar exige estética y ética
Transformar la experiencia educativa en puro adiestramiento técnico es despreciar lo que hay de fundamentalmente humano en el ejercicio educativo: su carácter transformador. Si se respeta la naturaleza del ser humano, la enseñanza de los contenidos no puede darse alejada de la formación moral del educando. Educar es, sustantivamente, formar. Como no existe el pensar acertadamente al margen de principios éticos, si cambiar es una posibilidad y un derecho, cabe a quien cambia asumir el cambio operado.

6. Enseñar exige la corporificación de las palabras en el ejemplo
No existe el pensar acertado fuera de una práctica testimonial que lo redice en lugar de desdecirlo.

7. Enseñar exige riesgo, asunción de lo nuevo y rechazo de cualquier forma de discriminación.
No hay entendimiento –a no ser cuando el propio proceso de entender se desvirtúa- que no sea también comunicción de lo entendido. La gran tarea del sujeto que piensa acertadamente, no es transferir, depositar, ofrecer, dar al otro, tomado como paciente de su pensar, el entendimiento de las cosas, de los hechos, de los conceptos. La tarea coherente del educador que piensa acertadamente es, mientras ejerce como ser humano la práctica irrecusable de entender, desafiar al educando con quien se comunica y a quien comunica, a producir su comprensión de lo que viene siendo comunicado. No hay entendimiento que no sea comunicación e intercomunicación y que no se funda en la capacidad de diálogo. Por eso el pensar acertadamente es dialógico y no polémico.

8. Enseñar exige reflexión crítica sobre la práctica
El pensar acertadamente sabe, por ejemplo, que no es a partir de él, como un dato dado, como se conforma la práctica docente crítica, sino que sabe también que sin él ésta no se funda. La práctica docente crítica, implícita en el pensar acertadamente, encierra el movimiento dinámico, dialéctico, entre el hacer y el pensar sobre el hacer.
El momento fundamental en la formación permanente de los profesores es el de la reflexión crítica sobre la práctica. Es pensando críticamente la práctica de hoy o la de ayer, como se puede mejorar la próxima. El propio discurso teórico, necesario a la reflexión crítica, tiene que ser de tal manera concreto que casi se confunda con la práctica. Su distanciamiento epistemológico de la práctica en cuanto objeto de su análisis, debe aproximarlo a ella al máximo.
Cuanto más me asumo como estoy siendo y percibo la o las razones de ser del por qué estoy siendo así, más capaz me vuelvo de cambiar, de promoverme, en este caso, del estado de curiosidad ingenua al de curiosidad epistemológica. La asunción que el sujeto hace de sí en una cierta forma de estar siendo, es imposible sin la disponibilidad para el cambio; para cambiar, y de cuyo proceso también se hace necesariamente sujeto.
La educación que no reconoce un papel altamente formador en la rabia justa, en la rabia que protesta contra las injusticias, contra la deslealtad, contra el desamor, contra la explotación la violencia, está equivocada.

9. Enseñar exige el reconocimiento y la asunción de la identidad cultural.
Una de las tareas más importantes de la práctica educativo-crítica es propiciar las condiciones para que los educandos en sus relaciones entre sí, y de todos con el profesor o profesora, puedan ensayar la experiencia profunda de asumirse. Asumirse como ser social e histórico, como ser pensante, comunicante, transformador, creador, realizador de sueños, capaz de sentir rabia porque es capaz de amar. Asumirse como sujeto porque es capaz de reconocerse como objeto. La asunción de nosotros mismos, no significa la exclusión de los otros. Es la “otredad” del “no yo” o del tú, la que me hace asumir el radicalismo de mi yo.
La cuestión de la identidad cultural, de la cual forman parte la dimensión individual y de clase de los educandos, cuyo respeto es absolutamente fundamental en la práctica educativa progresista, es un problema que no puede ser desdeñado. Tiene que ver directamente con la asunción de nosotros por nosotros mismos.  Esto es lo que el puro adiestramiento del profesor no hace, pues se pierde y lo pierde en la estrecha y pragmática visión del proceso.
La experiencia histórica, política, cultural y social de los hombres y de las mujeres, nunca puede darse “virgen” del conflicto entre las fuerzas que obstaculizan la búsqueda de la asunción de sí por parte de los individuos y de los grupos y fuerzas que trabajan a favor de aquella asunción. La formación docente que se juzgue superior a esas “intrigas”, no hace más que trabajar a favor de los obstáculos. La solidaridad social y política que necesitamos, para construir una sociedad menos fea y menos agresiva, en la cual podamos ser más nosotros mismos, tiene una práctica de real importancia en la formación democrática. El aprendizaje de la asunción del sujeto, es incompatible con el adiestramiento pragmático o con el elitismo autoritario de los que se creen dueños de la verdad y del saber articulado.
Es una pena que el carácter socializante de la escuela, lo que hay de informal en la experiencia que se vive en ella, de formación o de deformación, sea desatendido. Se habla casi exclusivamente de la enseñanza de los contenidos, enseñanza lamentablemente casi siempre entendida como transferencia del saber. Creo que una de las razones que explican este descuido en torno de lo que ocurre en el espacio-tiempo de la escuela, que no sea la actividad de la enseñanza, viene siendo una comprensión estrecha de lo que es educación y de lo que es aprender. En el fondo, nos pasa inadvertido que fue aprendiendo socialmente como mujeres y hombres históricamente, descubrieron que es posible enseñar. Si tuviéramos claro que fue aprendiendo como percibimos que es posible enseñar, entenderíamos con facilidad la importancia de las experiencias informales en las calles, en las plazas, en el trabajo, en los salones de clase de las escuelas, en los patios de los recreos., donde diferentes gestos de alumnos, del personal administrativo, del personal docente se cruzan llenos de significación. Hay una naturaleza testimonial en los espacios tan lamentablemente relegados de las escuelas.

2. Enseñar no es transferir conocimiento
Saber que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción. Cuando entro en un salón de clases, debo actuar como un ser abierto a indagaciones, a la curiosidad, a las preguntas de los alumnos, a sus inhibiciones: un ser crítico e indagador, inquieto ante la tarea que tengo. Este saber necesario al profesor, no sólo requiere ser aprehendido por él y por los educandos en sus razones de ser –ontológica, política, ética, epistemológica, pedagógica, sino que también requiere ser constantemente testimoniado, vivido. Al hablar de construcción del conocimiento, criticando su extensión, ya debo estar envuelto por ella, y en la la construcción debe estar envolviendo a los alumnos.

1. Enseñar exige conciencia del inacabamiento.
El inacabamiento del ser, o su inconclusión, es propio de la experiencia vital. Donde hay vida, hay inacabamiento. Pero sólo entre hombres y mujeres el inacabamiento se tornó consciente.
El soporte es el espacio, restringido o extenso, al que el animal se prende afectivamente, para resistir. Es el espacio necesario para su crecimiento y el que delimita su territorio.
La vida en el soporte no implica el lenguaje ni la postura erecta que permitió la liberación de las manos. Manos que, en gran medida, nos hicieron. Cuanto mayor se fue volviendo la solidaridad entre manos y mente, tanto más el soporte se fue convirtiendo en mundo y la vida en existencia. El soporte se fue haciendo mundo, y la vida existencia, al paso en que el cuerpo humano se hizo cuerpo consciente, captador, aprendedor, transformador, creador de belleza y no “espacio” vacío para ser llenado con contenidos.
La invención de la existencia implica, necesariamente, el lenguaje, la cultura, la comunicación, en niveles más profundos y complejos que lo que ocurría y ocurre en el dominio de la vida, la espiritualización del mundo, la posibilidad de embellecer o de afear el mundo, y todo eso definiría a mujeres y hombres como seres éticos. Capaces de intervenir en el mundo, de comparar, de juzgar, de decidir, de romper, de escoger, capaces de grandes acciones, de testimonios dignificantes, pero capaces también de impensables ejemplos de bajeza e indignidad. Sólo los seres que se volvieron éticos pueden romper con la ética.
... A partir del momento en que los seres humanos, al intervenir en el soporte, fueron creando el mundo, inventando el lenguaje con que pasaron a darle nombre a las cosas que hacían con su acción sobre el mundo, en la medida en que se fueron preparando para entender el mundo, y crearon en consecuencia la necesaria comunicabilidad de lo entendido, ya no fue posible existir salvo estando disponible a la tensión radical y profunda entre el bien y el mal, entre la dignidad y la indignidad, entre la decencia y el impudor,  entre la belleza y la fealdad del mundo. Es decir, ya no fue posible existir, sin asumir el derecho o el deber de optar, de decidir, de luchar, de hacer política. Y todo eso nos lleva de nuevo a lo imperioso de la práctica formadora, de naturaleza eminentemente ética. Y todo eso nos lleva de nuevo al radicalismo de la esperanza. Sé que las cosas pueden incluso empeorar, pero también sé que es posible intervenir para mejorarlas.
...
Me gusta ser hombre, ser persona, porque sé que mi paso por el mundo no es algo predeterminado, prestablecido. Que mi destino no es un dato sino algo que necesita ser hecho, y de cuya responsabilidad no puedo escapar. Me gusta ser persona, porque la Historia en que me hago con los otros, y de cuya hechura participo, es un tiempo de posibilidades y no de determinismo. Eso explica que insista tanto en la problematización del futuro y que rechace su inexorabilidad.

2. Enseñar exige el reconocimiento de ser condicionado.
Me gusta ser persona porque, inacabado, sé que soy un ser condicionado, pero consciente del inacabamiento, sé que puedo superarlo. Ésta es la diferencia profunda entre el ser condicionado y el ser determinado. La diferencia entre el inacabado que no se sabe como tal, y el inacabado que histórica y socialmente logró la posibilidad de saberse inacabado.
... En los años sesenta, apelé a la concientización, no como una panacea, sino como un esfuerzo de conocimiento crítico de los obstáculos, de sus razones de ser. Contra toda la fuerza del fatalismo neoliberal, pragmático y reaccionario, insisto hoy, sin desvíos idealistas, en la necesidad de la concientización.
...La conciencia del mundo y la conciencia de sí como ser inacabado, inscriben necesariamente al ser conciente de su inconclusión, en un permanente movimiento de búsqueda.  En realidad, sería una contradicción si, inacabado y conciente del inacabamiento, el ser humano no se insertara en tal movimiento. Es en este sentido como, para mujeres y hombres, estar en el mundo significa necesariamente estar con el mundo y con lo otros. Estar en el mundo sin hacer historia, sin ser hecho por ella, sin hacer cultura, sin “tratar” su propia presencia en el mundo, sin soñar, sin cantar, sin hacer música, sin pintar, sin cuidar de la tierra, de las aguas, sin usar las manos, sin esculpir, sin filosofar, sin puntos de vista sobre el mundo, sin hacer ciencia, o teología, sin asombro ante el misterio, sin aprender, sin enseñar, sin ideas de formación, sin politizar, no es posible.
Es en la inconclusión del ser, que se sabe como tal, donde se funda la educación como un proceso permanente. Mujeres y hombres se hicieron educables, en la medida en que se reconocieron inacabados. No fue la educación la que los hizo educables, sino que fue la conciencia de su inconclusión la que generó su educabilidad. También es en la inconclusión, de la cual nos hacemos concientes y que nos introduce en el movimiento permanente de búsqueda, donde se cimienta la esperanza. No estoy esperanzado, por pura testarudez, sino por exigencia ontológica.

3. Enseñar  exige respeto a la autonomía del ser del educando
El respeto a la autonomía y a la dignidad de cada uno es un imperativo ético, y no un favor que podemos o no concedernos unos a los otros.

4. Enseñar exige buen juicio
Al pensar sobre el deber que tengo como profesor, de respetar la dignidad del educando, su autonomía, su identidad en proceso, debo también pensar, en cómo lograr una práctica educativa, en la que ese respeto se realice en lugar de ser negado. Esto exige de mí una reflexión crítica permanente sobre mi práctica, a través de la cual yo voy evaluando mi propio actuar con los educandos. Lo ideal es que, tarde o temprano, se invente una forma para que los educandos puedan participar de la evaluación. Es que el trabajo del profesor, es el trabajo del profesor con los alumnos, y no del profesor consigo mismo.

5. Enseñar exige humildad, tolerancia y lucha en defensa de los derechos de los educadores.
La lucha de los profesores en defensa de sus derechos y de su dignidad, debe ser entendida como un momento importante de su práctica docente, en cuanto práctica ética. No es algo externo a la actividad docente, sino algo intrínseco a ella.  El olvido a que está relegada la práctica pedagógica, que siento como una falta de respeto a mi persona, no es motivo para no amarla o para no amar a los educandos. No tengo por qué ejercerla mal. Mi respuesta a la ofensa a la educación, es la lucha política conciente, crítica y organizada contra los ofensores.

6. Enseñar exige la aprehensión de la realidad
Nuestra capacidad de aprender, de donde viene la de enseñar, sugiere, o más que eso, implica, nuestra habilidad de aprehender la sustantividad del objeto aprendido. La memorización mecánica del perfil del objeto, no es un verdadero aprendizaje del objeto o del contenido. En este caso, el aprendiz funciona mucho más como paciente dela transferencia del objeto o del contenido, que como sujeto crítico, epistemológicamente curioso, que construye el conocimiento del objeto o participa de su construcción.
Toda práctica educativa demanda la existencia de sujetos, uno que al enseñar aprende, otro que al aprender enseña, de allí su cuño gnoseológico, la existencia de objetos, contenidos para ser enseñados y aprendidos, incluye el uso de métodos, de técnicas, de materiales; implica, a causa de su carácter directivo, objetivo, sueños, utopías, ideales. De allí su politicidad, cualidad que tiene la práctica educativa de ser política, de no poder ser neutral.
Si mi opción es progresista, y he sido y soy coherente con ella, no puedo, como profesor, permitirme la ingenuidad de pensarme igual al educando, de desconocer la especificidad de la tarea del profesor, ni puedo tampoco, por otro lado, negar que mi papel fundamental es contribuir positivamente para que el educando vaya siendo el artífice de su formación, con la ayuda necesaria del educador.
... Antes que nada, mi posición debe ser de respeto a la persona que quiera cambiar o que se niegue a cambiar. No puedo negarle ni esconderle mi posición, pero no puedo desconocer su derecho de rechazarla. En nombre del respeto que debo a los alumnos, no tengo por qué callarme, por qué ocultar mi opción política, y asumir una neutralidad que no existe. Ésta, la supresión del profesor en nombre del respeto al alumno, tal vez sea la mejor manera de no respetarlo. Mi papel, por el contrario, es el de quien declara el derecho de comparar, de escoger, de romper, de decidir y estimular la asunción de ese derecho por parte de los educandos.

7. Enseñar exige alegría y esperanza
Hay una relación entre la alegría necesaria para la actividad educativa, y la esperanza. La esperanza de que profesor y alumnos podemos juntos aprender, enseñar, inquietarnos, producir, y juntos igualmente resistir a los obstáculos que se oponen a nuestra alegría.  La esperanza forma parte de la naturaleza humana. Es un condimento indispensable de la experiencia histórica. Sin ella no habría Historia, sino puro determinismo. Sólo hay Historia donde hay tiempo problematizado y no pre-dado. La inexorabilidad del futuro es la negación de la Historia. Una de nuestras peleas como seres humanos, debe dirigirse a disminuir las razones objetivas de las desesperanza que nos inmoviliza. Por todo esto me parece una enorme contradicción que una persona progresista, que no le teme a la novedad, que se siente mal con las injusticias, que se ofende con las discriminaciones, que se bate por la decencia, que lucha contra la impunidad, que rechaza el fatalismo cínico e inmovilizante, no esté críticamente esperanzada.

8. Enseñar exige la convicción de que el cambio es posible.
El mundo no es. El mundo está siendo. Mi papel en el mundo, como subjetividad curiosa, inteligente, interferidora en la objetividad con que dialécticamente me relaciono, no es sólo el de quien constata lo que ocurre, sino también el de quien interviente como sujeto de ocurrencias. No soy sólo objeto de la Historia, sino que soy igualmente su sujeto.  En el mundo de la Historia, de la cultura, de la política, compruebo no para adaptarme, sino para cambiar.
Hay preguntas que debemos formular insistentemente, y que nos hacen ver la imposibilidad de estudiar por estudiar. De estudiar sin compromiso, como si de repente, misteriosamente, no tuviéramos nada que ver con el mundo, un externo y distante mundo, ajeno a nosotros como nosotros a él. ¿a favor de qué estudio?¿a favor de quién?¿contra qué estudio?¿contra quién estudio?
Es preciso que en la resistencia que nos preserva vivos, en la comprensión del futuro como problema, y en la vocación para ser más, como expresión de la naturaleza humana en proceso de estar siendo, encontremos fundamentos para nuestra rebeldía y no para nuestra resignación frente a las ofensas que nos destruyen el ser. No es en la resignación en la que nos afirmamos, sino en la rebeldía frente a las injusticias.
Una de las cuestiones centrales que tenemos que trabajar es la de convertir las posturas rebeldes en posturas revolucionarias que nos involucran en el proceso radical de transformación del mundo. La rebeldía es un punto de partida indispensable, es el detonante de la ira justa, pero no es suficiente. La rebeldía en cuanto denuncia necesita prolongarse hasta una posición más radical y crítica, la revolucionaria, fundamentalmente anunciadora. La transformación del mundo implica establecer una dialéctica entre la denuncia de la situación deshumanizante y el anuncio de su superación, que es en el fondo, nuestro sueño.
Es a partir de este saber fundamental: cambiar es difícil pero es posible, como vamos a programar nuestra acción política pedagógica, sin importar si el proyecto con el cual nos comprometemos es el de alfabetización de adultos o de infantes, de acción sanitaria, de evangelización, o de formación de mano de obra técnica.
No puedo aceptar como táctica del buen combate la política del cuanto peor mejor, pero tampoco puedo aceptar, impasible, la política asistencialista que, al anestesiar la conciencia oprimida, prorroga la necesaria transformación de la sociedad. No puedo prohibir que los oprimidos con los que trabajo en una favela voten por candidatos reaccionarios, pero tengo el deber de advertirlos sobre el error que cometen, de la contradicción en que se enredan.
El saber al que me referí –cambiar es difícil pero es posible- que me empuja esperanzado a la acción, no es suficiente para la eficacia necesaria.  Al moverme en cuanto fundado en él, necesito tener y renovar saberes específicos en cuyo campo mi curiosidad se inquieta y mi práctica se apoya. ¿Cómo alfabetizar sin conocimientos precisos sobre la adquisición del lenguaje, sobre lenguaje e ideología, sobre técnicas y métodos de la enseñanza de la lectura y de la escritura?
Como educador, necesito ir leyendo cada vez mejor la lectura del mundo que los grupos populares con los que trabajo hacen de su contexto inmediato y del más amplio del cual es suyo forma parte. En mis relaciones político pedagógicas con los grupos populares, no puedo de ninguna manera dejar de considerar su saber hecho de experiencia. Su explicación del mundo, de la que forma parte la comprensión de su propia presencia en el mundo. Y todo eso viene explícito o sugerido o escondido en lo que llamo “lectura del mundo”, que precede siempre a la “lectura de la palabra”.

9. Enseñar exige curiosidad
Estimular la pregunta, la reflexión crítica sobre la propia pregunta, lo que se pretende con esta o con aquella pregunta, en lugar de la pasividad del profesor, especie de respuestas a preguntas que nunca fueron hechas. Esto no significa realmente que en nombre de la curiosidad necesaria, debamos reducir la actividad docente al puro ir y venir de preguntas y respuestas que se esterilizan burocráticamente. La capacidad de diálogo no niega la validez de momentos explicativos, narrativos, en que el profesor expone o habla del objeto. Lo fundamental es que profesor y alumnos sepan que la postura que ellos, profesor y alumnos, adoptan es dialógica, abierta, curiosa, indagadora, y no pasiva, en cuanto habla o en cuanto escucha. Lo que importa es que profesores y alumnos se asuman como seres epistemológicamente curiosos.

Enseñar es una especificidad humana

1. Enseñar exige seguridad, competencia profesional y generosidad.
El profesor que no lleve en serio su formación, que no estudie, que no se esfuerce por estar a la altura de su tarea, no tiene fuerza moral para coordinar las actividades de su clase. La incompetencia profesional descalifica la autoridad del maestro.
La autoridad coherentemente democrática, está convencida de que la verdadera disciplina no existe en la inercia, en el silencio de los silenciados, sino en el alboroto de los inquietos, en la duda que instiga, en la esperanza que despierta.
Siempre está presente en la práctica de la autoridad coherentemente democrática, un esfuerzo que la vuelve casi esclava de un sueño fundamental: el de persuadir o convencer a la libertad, de que ella va construyendo consigo misma, en sí misma, su autonomía, con materiales que, aunque llegados de afuera, son reelaborados por ella. Es con ella, con la autonomía que se construye penosamente, como la libertad va llenando el “espacio” antes “habitado” por su “dependencia”. Su autonomía se funda en la responsabilidad que va siendo asumida.
En el fondo, lo esencial de las relaciones entre educador y educando, entre autoridad y libertades, entre padres, madres, hijos e hijas, es la reinvención del ser humano en el aprendizaje de su autonomía. Me muevo como educador, porque primero, me muevo como persona.
Éste es otro saber indispensable para la práctica docente. El saber que es imposible desligar la enseñanza de los contenidos, de la formación ética de los educandos. De separar práctica de teoría, autoridad de libertad, ignorancia de saber, respeto al profesor de respeto a los alumnos, enseñar de aprender.

2. Enseñar exige compromiso
Si mi opción es democrática, progresista, no puedo tener una práctica reaccionaria, autoritaria, elitista. No puedo discriminar al alumno por ningún motivo.
El espacio pedagógico es un texto para ser constantemente “leído”, interpretado, escrito, y reescrito. Cuanta más solidaridad exista entre educador y educandos en el trato de ese espacio, tantas más posibilidades de aprendizaje democrático se abren para la escuela.
Creo que el profesor progresista nunca necesitó estar tan alerta como hoy frente a la astucia con que la ideología dominante insinúa la neutralidad de la educación. Desde ese punto de vista que es reaccionario, el espacio pedagógico, neutro por excelencia, es aquel en el que se adiestran los alumnos para prácticas apolíticas, como si la manera humana de estar en el mundo fuera o pudiera ser una manera neutra. Mi presencia de profesor, que no puede pasar inadvertida a los alumnos en la clase y en la escuela, es una presencia política en sí misma. En cuanto presencia no puedo ser una omisión, sino un sujeto de opciones. Debo revelar a los alumnos mi capacidad de analizar, de comparar, de evaluar, de decidir, de optar, de romper. Mi capacidad de hacer justicia, de no faltar a la verdad. Mi testimonio tiene que ser, por eso mismo, ético.

3. Enseñar exige comprender que la educación es una forma de intervención en el mundo.
Intervención que más allá del conocimiento de los contenidos bien o mal enseñados, y-o aprendidos implica tanto el esfuerzo de reproducción de la ideología dominante como su desenmascaramiento. La educación, dialéctica y contradictoria, no podría ser sólo una y otra de esas cosas. Ni mera reproductora, ni mera desenmascaradora de la ideología dominante.
Desde el punto de vista de los intereses dominantes, no hay duda de que la educación debe ser una práctica inmovilizadora y encubridora de verdades. Sin embargo, cada vez que la coyuntura lo exige, la educación dominante es progresista a su manera.
No junto mi voz a la de quienes hablando de paz, piden a los oprimidos, a los harapientos del mundo, su resignación. Mi voz tiene otra semántica, tiene otra música. Hablo de la resistencia, de la indignación, de la “justa ira” de los traicionados y de los engañados. De su derecho y de su deber de rebelarse contra las transgresiones éticas de que son víctimas cada vez más.

4. Enseñar exige libertad y autoridad
No hemos resuelto aún el problema de la tensión entre la autoridad y la libertad. Inclinados como estamos a superar la tradición autoritaria, tan presente entre nosotros, nos deslizamos hacia formas libertinas de comportamiento, y descubrimos autoritarismo donde sólo hubo ejercicio legítimo de la autoridad.
La autonomía, en cuanto maduración del ser para sí, es proceso, es llegar a ser. Es en este sentido en el que una pedagogía de la autonomía tiene que estar centrada en experiencias estimuladoras de la decisión y de la responsabilidad, valga decir, en experiencias respetuosas de la libertad.

5. Enseñar exige una toma consciente de decisiones.
Es en la direccionalidad de la educación, esta vocación que ella tiene, como acción específicamente humana, de remitirse a sueños, ideales, utopías y objetivos, donde se encuentra lo que vengo llamando politicidad de la educación. La cualidad de ser política, inherente a su naturaleza. La neutralidad de la educación, es en verdad, imposible. Y es imposible, no porque profesores y profesoras “alborotadores” y “subversivos” lo determinen. La educación no se vuelve política por causa de la decisión de este o de aquel educador. Ella es política.
La raíz más profunda de la politicidad de la educación, está en la propia educabilidad del ser humando, que se funde en su naturaleza inacabada y de la cual se volvió conciente. Inacabado y conciente de su inacabamiento, histórico, el ser humano se haría necesariamente un ser ético, un ser de opción, de decisión. Un ser ligado a intereses y en relación con los cuales, tanto puede  mantenerse fiel a la eticidad, cuanto puede transgredirla.
¿Qué otra cosa es mi neutralidad, sino una manera tal vez cómoda, pero hipócrita, de esconder mi opción o mi miedo de denunciar la injusticia? “Lavarse las manos” frente a la opresión, es reforzar el poder del opresor, es optar por él. ¿Cómo puedo ser neutral frente a una situación, no importa cuál sea, en que el cuerpo de las mujeres y de los hombres se vuelve puro objeto de expoliación y de ultraje?
Lo que se le plantea a la educadora o al educador democrático, conciente de la imposibilidad de la neutralidad de la educación, es forjar en sí un saber especial, que jamás debe abandonar, saber que motiva y sustenta su lucha: si la educación no lo puede todo, alguna cosa fundamental puede la educación. Si la educación no es la clave de las transformaciones sociales, tampoco es simplemente una reproductora de la ideología dominante.
El educador y la educadora críticos no pueden pensar que, a partir del curso que coordinan o del seminario que dirigen, pueden transformar el país. Pero pueden demostrar que es posible cambiar.
La profesora democrática, coherente, competente, que manifiesta su gusto por la vida, su esperanza en un mundo mejor, que demuestra su capacidad de lucha, su respeto a las diferencias, sabe cada vez más el valor que tiene para la transformación de la realidad, la manera congruente en que vive su presencia en el mundo de la cual su experiencia en la escuela es apenas un momento, pero un momento importante que requiere ser vivido auténticamente.

6. Enseñar exige saber escuchar.
Sólo quien escucha paciente y críticamente al otro, habla con él, aún cuando en ciertas ocasiones, necesita hablarle a él.
Los sistemas de evaluación pedagógica de alumnos y de profesores se vienen asumiendo cada vez más como discursos verticales, desde arriba hacia abajo, pero insisten en pasar por democráticos. La cuestión que se nos plantea, en cuanto profesores y alumnos críticos y amantes de la libertad, no es naturalmente, ponernos contra la evaluación, a fin de cuentas necesaria, sino resistir a los métodos silenciadores con que a veces viene siendo realizada. La cuestión que se nos plantea, es luchar a favor de la comprensión y de la práctica de la evaluación en cuanto instrumento de apreciación del quehacer de sujetos críticos al servicio, por eso mismo, de la liberación y no de la domesticación.

7. Enseñar exige reconocer que la educación es ideológica
El sistema capitalista alcanza en el neoliberalismo globalizante, el máximo de eficacia de su maldad intrínseca. Yo espero, convencido de que llegará el momento en que, pasada la estupefacción ante la caída del muro de Berlín, el mundo se recompondrá y rechazará la dictadura del mercado, fundada en la perversidad de su ética de lucro.
No creo que las mujeres y los hombres del mundo, independientemente si se quiere de sus opiniones políticas, pero sabiéndose y asumiéndose como mujeres y hombres, como personas, dejen de profundizar esa especie de malestar ya existente que se generaliza ante la maldad neoliberal. Malestar que terminará por consolidarse en una nueva rebeldía en que la palabra crítica, el discurso humanista, el compromiso solidario, la denuncia vehemente de la negación del hombre y de la mujer, y el anuncio de un mundo “personalizado” serán armas de alcance incalculable.
Hace un siglo y medio Marx y Engels pregonaban a favor de la unión de las clases trabajadoras del mundo contra la explotación. Ahora se hace necesaria y urgente la unión y la rebelión de la gente contra la amenaza que nos acecha, la de la negación de nosotros mismos como seres humanos sometidos a la “fiereza” de la ética del mercado.

8. Enseñar exige disponibilidad para el diálogo
La formación de los profesores y de las profesoras debía insistir en la constitución de este saber necesario y que me da certeza de esta cosa obvia, que es la importancia innegable que tiene para nosotros el entorno, social y económico en el que vivimos. Y al saber teórico de esta influencia, tendríamos que añadir el saber teórico-práctico de la realidad concreta en la que los profesores trabajan. Ya sé, no hay duda, que las condiciones materiales en que y bajo las que viven los educandos, les condicionan la comprensión del propio mundo, su capacidad de aprender, de responder a los desafíos. Ahora necesito saber o abrirme a la realidad de estos alumnos con los que comparto mi actividad pedagógica, Necesito volverme, si no absolutamente cercano a su forma de estar siendo, al menos no tan extraño y distante a ella. Y la disminución de mi extrañeza o de mi distancia de la realidad hostil en que viven mis alumnos, no es una cuestión de pura geografía. Mi apertura a la realidad negadora de su proyecto humano, es una cuestión de mi real adhesión a ellos y ellas, a su derecho de ser. En el fondo, reduzco la distancia que me separa de las malas condiciones en que viven los explotados, cuando apoyando realmente el sueño de justicia, lucho por el cambio radical del mundo y no sólo espero que llegue porque se dice que habrá de llegar.

9. Educar exige querer bien a los educandos.
Mi apertura al querer bien significa mi disponibilidad a la alegría de vivir. No hay que pensar que la práctica educativa vivida con afectividad y alegría, prescinda de la formación científica seria y de la claridad política de los educadores o educadoras. La práctica educativa es todo eso: afectividad, alegría, capacidad científica, dominio técnico al servicio del cambio o, lamentablemente, de la permanencia del hoy. El educador progresista necesita estar convencido de que una de sus consecuencias es hacer de su trabajo una especificidad humana.

 
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