Diálogo con Tomás Moulian - Recordando a Gladys Imprimir E-Mail

Por Samuel Ibarra y Claudia Korol

S. I.: ¿Qué te parece más relevante, en el recuerdo de Gladys Marín?
T. M.: Yo creo que de Gladys Marín hay que recordar su continua lucha por la instalación del socialismo en Chile, y la lucha contra la dictadura neoliberal. Ella fue una militante comunista, en un país donde los comunistas fueron perseguidos, entonces hay que recordarla como lo que ella siempre se vanaglorió de ser: una militante.

C. K.: Vos te acercaste a ella, al Partido Comunista (PC), a la izquierda, desde otra mirada, desde otra perspectiva de pensamiento, a partir de su candidatura a la presidencia ¿Qué fue lo que te decidió a participar en la campaña?
T. M.: Yo podría decirte: los límites que veía en mi propia práctica. A partir de mi análisis, que era el de un independiente de izquierda, que no está vinculado a ningún partido, yo podía llegar a hacer una crítica al sistema neoliberal. Pero me era mucho más difícil llegar a proponer un programa alternativo. Yo creo que lo que consigue Gladys es plantear alternativas que permitieran superar el neoliberalismo, sacarnos de las bases críticas de la pura negación, a una dimensión mucho más propositiva. Y eso es lo que me inspiró de Gladys, lo que vi y lo que me sedujo, también podríamos decir.

S. I.: ¿La desaparición de Gladys es también la desaparición de un modo más tradicional de hacer política?
T. M.: No me gusta la división entre tradicional y no tradicional. Lo no tradicional sería lo moderno, no sé qué sería. Yo diría que Gladys Marín es una militante comunista, y a mi entender supera las formas en que los comunistas hacían política en el espectro político chileno. Entonces, en eso puedo decir que Gladys es particular y específica. Pero yo no la veía a ella como una crítica de la política tradicional. No creo que ella se lo planteara. Ella sí quería ser una comunista consecuente, en Chile, con el PC chileno, de larga tradición, fundado en 1922, y que había tenido formas muy particulares de participar en la política.

C. K.: Vos te acercaste a ella, al Partido, desde una reflexión teórica y política propia, después tuviste contacto con la persona, con la militante. ¿Te cambió algo el encuentro con Gladys, el estar codo a codo en estas batallas?
T. M.: Sí, yo diría que lo que me atrajo en ella fue su humanidad, su capacidad de ser militante política en un país con los conflictos que existían en Chile, y ser sin embargo capaz de no destruir al otro, de hacer política, por lo tanto, de un modo humano. En ese sentido declaro su humanidad. Gladys no fue una persona que anduviera distribuyendo medallas, ni invectivas contra los demás. En ese sentido, Gladys era una militante comunista muy consecuente, pero siempre distinta a las formas más convencionales de ser militante comunista.

S. I.: Esa manera no convencional de hacer política, ¿a quién ponía en riesgo, qué cuestionaba?
T. M.: Ponía en riesgo –y aquí tendría que aceptar la idea de la política «tradicional»– al militantismo comunista sin matices, donde militar significaba una especie de operación que se llevaba la vida entera, a la cual había que «entregarse». Gladys supo vivir como una persona global. Nunca concibió la militancia como algo que absorbía totalmente al ser humano, siempre dando vuelta en la misma onda. En ese sentido, Gladys militaba como mujer, como latinoamericana, como chilena.

C. K.: Vos decías recién que militaba como mujer, y dentro de la política chilena, como latinoamericana, el ser mujer implica una fuerte dificultad. Creo que en la figura de Gladys también hay una ruptura respecto de esa cultura patriarcal que marca a la política latinoamericana, incluso a la izquierda.
T. M.: Sí, ella también se inscribe en esa lucha. Sería inconcebible en el Chile de los años cuarenta y cincuenta, incluso de los sesenta, antes de la Unidad Popular, que una mujer fuera la Secretaria General del PC chileno, que era, como todos los partidos comunistas del mundo, por otra parte, un partido de machos, donde la dirección femenina aparecía como algo impensable. Gladys  fue capaz de insertarse en esa cultura patriarcal y de hacerlo sin tener que renunciar a ser una política doctrinaria.

S. I.: Esa figura que describe de Gladys Marín, ¿de quién siente usted que es depositaria? ¿Aparece por generación espontánea o es síntesis de algunos otros antecedentes de la historia política y cultural de Chile?
T. M.: Yo creo que ella entronca con Recabarren, y con la dirección comunista anterior, con Fonseca, Corvalán, con los viejos comunistas, y sin embargo hace política en la fase de la Unidad Popular, que se podría decir que es una forma conceptual distinta de plantear la construcción del socialismo en Chile. También ella fue dirigente destacada del PC en la clandestinidad contra Pinochet, en el interior. Y por lo tanto, hace política de un modo muy distinto a como lo hicieron sus ancestros.  Gladys sabía hacer política comunista en las condiciones de un país donde la política era clandestina, y a esto se agregaba el hecho de ser ella una mujer.

S. I.: ¿Usted diría rebelde o revolucionaria?
T. M.: Revolucionaria, diría yo. Y por lo tanto, rebelde. Porque revolución es rebeldía, son dos nombres que conducen a lugares parecidos.

C. K.: A mí me llamó la atención, cuando compartimos algunos momentos de la campaña, el cariño, y esa capacidad de diálogo que tenía Gladys con las personas, que tampoco era común en la relación de la izquierda con la gente. ¿Cómo viste eso? ¿Qué te hizo pensar, en cuanto a las posibilidades de abrir el campo de relaciones y del pensamiento socialista, revolucionario, de izquierda, con los sectores populares?
T. M.: Sí. A mí me parecía que Gladys podía encarar mejor que cualquier otro la relación de la izquierda con sectores populares, que de algún modo se habían visto obligados a incorporarse a las condiciones de la dictadura, y que habían tenido que realizar una política de oposición que no era una rebelión abierta sino otra forma; otra forma mucho más compleja, más oculta, más sofisticada en cierta manera, distinta. Gladys podía establecer esa conexión, porque ella era personal, ella salía de esa impersonalidad, que había en los antiguos dirigentes comunistas. Don Lucho (Luis Corvalán) se empezó a llamar Don Lucho, por lo menos para mí, bastante tiempo después de que dejó de ser la principal figura del PC. Gladys le hizo perder ese carácter solemne al cargo de secretario general. Era, como dije, una política doctrinaria que logró, junto con la dirección del PC de ese tiempo, adecuar a las condiciones nuevas la comprensión del socialismo en Chile.

S. I.: ¿Esa era una actitud manejada por ella, o inconsciente?
T. M.: Sabemos que en los partidos comunistas las elaboraciones doctrinarias son realizadas por un colectivo. Entonces, podemos caer en una especie de personalización, porque estamos hablando de Gladys. Pero justamente uno tiene que caer en eso, por ser ella como es, porque ella generaba un clima en las relaciones muy adecuado, que lograba atraer a personas cuyas categorías mentales estaban a cierta distancia de lo que ella pensaba, como en mi caso, desde el punto de vista de lo que yo consideraba la composición de la izquierda en Chile.

S. I.: ¿Cómo fue precisamente esta cercanía que usted tuvo con un partido, un sector, una región política con la que mantenía una distancia crítica? ¿Le resultaba fácil?
T. M.: No, no me fue fácil. Fue mediado por Gladys, pero igual fue difícil. Gladys tenía la cualidad de hacer posible esa transición, sin ninguna especie de violencia disciplinaria, como la que uno podía encontrar, o se imaginaba, en el PC. La postura era la de un partido que construía su línea interna por consenso, pero cuando había que aplicar medidas de exclusión para salvar lo que era el ideario del partido, actuaba con fuerza. A Gladys nunca la vi amenazante, ni tampoco concesiva, que sería el otro problema. Ella tenía la capacidad de situarse en las posiciones de un campo complejo.

S. I.: ¿Qué piensa usted que hace una muchacha despeinada, de minifalda, en las puertas de estas catedrales?
T. M.: Mostrar las piernas, que era muy importante en aquella época. Hay un signo ahí, también. Yo creo que hay que darle a la minifalda un carácter de signo, de que el comunismo, la ideología comunista, no era contraria a las ideas de liberación, de subjetivación, que no cerraba el camino del deseo.

C. K.: También me parece interesante analizar la relación en la política, entre la práctica y la teoría, que en nuestras organizaciones de izquierda pasó por distintas situaciones; y en este sentido, pensar en la relación entre militantes e intelectuales, donde siempre hubo una tensión muy fuerte. ¿Cómo viviste vos esa posibilidad de diálogo entre el mundo intelectual y el político partidario?
T. M.: Yo diría que Gladys estaba lejos de poderse clasificar en el estereotipo de intelectual. No era intelectual. Era inteligente, que es distinto. Entonces, de algún modo ese dar vuelta en torno a los intelectuales, era ya una especie de culto de la inteligencia y de la palabra. Gladys era una mujer práctica, que construía, sin embargo, una interpretación de la vida chilena sin acudir nunca a menciones, a libros. Yo nunca la escuché hablar en nombre del partido –yo, que nunca entré en una reunión del Comité Central–. Ella hablaba como colectivo, como intelectual orgánica, podríamos decir, de eso que se llamaba el Partido Comunista Chileno (PCCh).

S. I.: ¿Eso tiene valor?
T. M.: Para mí, sí, eso tiene un valor. Pero ella lo lograba hacer sin caer en una desviación, que podría ser una especie de eco. Tenía una capacidad de expresarse que resignificaba lo que, en otros militantes o dirigentes hubiese parecido una forma estereotipada.

C. K.: Las pocas veces que citaba, era a algún poeta.
T. M.: Sí, citaba a Neruda, y había una búsqueda hacia el discurso de los versos, pero era más que eso, porque eso podía ser también, finalmente, bastante convencional. En ella había un esfuerzo por hablar el lenguaje de la gente.

S. I.: ¿Cómo inserta usted en el correlato de la historia de la mujer en Chile, la presencia de Gladys Marín?
T. M.: Gladys, a mi entender, no es una punta de lanza de las feministas, sino que es alguien que desde la ideología comunista es capaz de internalizar también los valores del feminismo. Es una cuestión bastante difícil, porque permanentemente se decía, cuando había reivindicaciones feministas, que eso se iba a ver en el socialismo. Esa era una especie de respuesta que se encontraba... Gladys nunca cayó en esa respuesta torpe. Se dio cuenta que la expresión era importante y que si el PC no era capaz, en sus formas de presentarse y de acción, en sus slogans, en la totalidad de su política, de aparecer como proclive al feminismo, entonces era porque algo andaba fallando. Ella no era una persona de ideas –en el sentido de idealista–, sino que le daba importancia a esta necesidad de expresar la cultura obrera. El PCCh tenía que poder expresar la cultura obrera, y ser capaz, además, de poder dirigir esa cultura en la dirección de la teoría del feminismo con la que ella trabajaba.

C. K.: También abrió un camino de diálogo con distintas expresiones de la disidencia sexual.
T. M.: Sí, el aporte de Gladys va por ahí. Gladys no es feminista. Gladys está por la diversidad. Y la idea de diversidad es muy central en su forma de pensar. Ella aporta, por ejemplo, en la aceptación por parte de los comunistas, de la homosexualidad, de las políticas de la diversidad sexual, también. Ella asume ahí un reto importante, porque la acepta e incorpora a su discurso; incluso habla de ello delante de los militantes, y escucha muchas veces sus abucheos. Eso no venía del PC, eso venía de otro lado, de otra tradición intelectual.

C. K.: A mí también me queda como recuerdo esa dimensión latinoamericana del pensamiento de Gladys, ese estar preocupada siempre por lo que sucedía en otros lugares de América Latina, y en tratar de pensar en términos no solo nacionales sino latinoamericanos e internacionales.
T. M.: El latinoamericanismo no es una política que el PCCh haya abordado muy profundamente. El PCCh era chileno y soviético, para decirlo resumidamente, de forma muy brutal. Por lo tanto, este latinoamericanismo era algo que ella incorporaba. Y en ese sentido, no solo era Cuba. Eran sus relaciones con los argentinos, sus relaciones con el PC uruguayo, su mirada a Latinoamérica como un continente que había que descifrar y leer desde las posiciones de la izquierda comunista, que no estaban dadas y que entonces había que precisarlas. Ella sentía la necesidad de construir una posición para América Latina, frente a un marxismo que lo había, de algún modo, olvidado o dejado de lado.

S. I.: Cuando usted se incorpora a la campaña de Gladys Marín, ¿lo hace con entusiasmo, o se adscribe a un proyecto más romántico?
T. M.: Yo diría que lo hago con entusiasmo romántico. En esa época yo tenía mucha exposición en los medios, porque había salido Chile actual, anatomía de un mito, que significó un cierto prestigio para mí. Entonces, yo sentí con mucha fuerza que eso que había ganado tenía que dedicarlo a alguna causa importante. Y me pareció que el hecho de que Gladys sacara adelante una candidatura de la izquierda comunista, por cómo se vivía en ese momento, y por las condiciones en que estábamos los chilenos, era muy importante. Ahí, entonces, yo me sumo a una campaña que ya existía, con entusiasmo, pero sabiendo sus límites y que no había ninguna posibilidad de ganar.

S. I.: Al incorporarse, ¿usted siente que el tono, los discursos que circulan, las proposiciones, son acordes contemporáneamente al Chile de ese tiempo?
T. M.: Yo siento que hay límites, pero que el modo como se da la campaña de Gladys es mejor que como se habían dado las campañas anteriores de la izquierda. Podemos decir que la forma en que ella se impuso como candidata fue no tradicional.

C. K.: Yo pensaba en el riesgo de que Gladys se vuelva un mito y que ese mito nos quite, precisamente, lo más creativo del aporte de la personalidad de Gladys. Vos reflexionaste bastante sobre el tema de los mitos en Chile ¿Qué aporta y qué quita el mito?
T. M.: Gladys fue un mito, claro. Pero un mito pese a ella, digamos. Y ¿qué queda de ese mito? Eso es muy importante. Queda, a mi entender, una cosa que es esencial. Si uno hoy leyese los discursos de Gladys, se encontraría que hay algo distinto que emerge, que no puede organizarse totalmente porque estaba en el marco de un partido comunista que seguía teniendo ciertas características, pero donde lo que Gladys planteaba parecía diferente. Yo creo que Gladys no cayó en lo que hubiera sido el peligro más grave, que era disolver su plataforma política en una especie de política intermedia, como la de la Concertación. Gladys siempre buscó fundar su crítica al neoliberalismo en un programa alternativo. Entonces, a mi entender, Gladys –y el PC de esa época, porque evidentemente no estaba ella sola en eso– y la izquierda que está en esa campaña, que fue mucho más que el PC, buscaron evitar una especie de disolución de las aristas más significativas que debe tener una proposición de izquierda en este mundo neoliberal. Y en ese sentido, si uno piensa en las cosas que hubiera querido que se pusieran en debate, en efecto, no se pusieron todas, pero sí las necesarias, las suficientes para poder decir que se estaba buscando un discurso alternativo.

S. I.: ¿Cuáles faltaron, a su juicio?
T. M.: Faltó lo que siempre falta cuando uno piensa en un programa electoral, y considera que ese programa electoral tiene que ser capaz de convencer a trabajadores que están volcados a una política consumista, o que más que participar en sindicatos, están en las grandes shoppings. Porque, efectivamente, esa especie de contaminación con los valores, o con las prácticas del mundo neoliberal, había llegado a los sectores populares. Entonces, había que lanzar una plataforma que le hablase a los partidos de la izquierda, pero también a esos sectores a los cuales era necesario seducir. Ahí fallamos. Si uno analiza las votaciones, es evidente que fallamos, no fuimos capaces de hacerlo. Quizás, en ese momento, solo podía lograrse eso mediante una especie de radicalización de la sociedad. Gladys, al final de su vida, visualizó esta posición. Yo creo que a Gladys le faltó insistir más dentro del partido, en hacer una política integradora de esos sectores populares, que todavía siguen siendo seducidos por la Concertación, que siguen votando por Bachelet, unos sectores populares neoliberalizados... Gladys no logró construir un discurso que masivamente los atrajera hacia este lado.

S. I.: ¿Sientes que ella se movió discursivamente en un terreno binario?
T. M.: No. En un terreno complejo, pero ella era víctima de algo de lo que no podía sino ser víctima: de una izquierda que no ha reflexionado sobre qué discurso es necesario ofrecer a esos sectores obreros que han vivido en una sociedad neoliberal, que suma los años de la dictadura y los años de la Concertación. Ahí hay que preguntarse qué discurso es necesario acá, para lograr penetrar esa funcionalidad cristalizada, por decir así. Entonces, eso no lo hizo Gladys. Ni lo vimos, de un modo colectivo, como una necesidad política. Yo creo que sigue sin ser visto como tal, no creo que se haya avanzado en la construcción de una plataforma que no sea la de la Concertación y que sea capaz, sin embargo, de acercarse a los sectores populares. Los sectores populares siguen aprisionados, podemos decir, por la seducción de esa sociedad.
Pero Gladys no era binaria, sino que era, por el contrario, compleja. Entonces, aunque no fue capaz de llevar adelante la construcción de una propuesta alternativa que, en forma masiva, pudiera integrar a estos sectores populares, se movía en esa dirección. Y avanzaba programáticamente, que no es lo mismo que avanzar políticamente. Quizás los tiempos todavía no están para que esa operación pueda tener pleno éxito, pero queda la tarea que Gladys y la izquierda de esa época –no era solo Gladys– visualizaron, aunque no pudieron llevar adelante por completo.

C. K.: También se puede pensar que hay algunas dimensiones de la política que no se expresan de inmediato en lo electoral. Esto fue claro en la campaña, en la que había una elevada cifra de jóvenes que decían: «Gladys, te amamos», pero ellos no votan, porque no están inscritos en los padrones. O en el diálogo con sectores de las comunidades mapuches que decían: «Vamos a ser aliados estratégicos, pero nunca nos vamos a integrar en la propuesta de la izquierda, por nuestra demanda de autonomía». Es decir, había sectores con los que había diálogo e incluso había afecto, y esto es política que tal vez en términos electorales no se expresa.
T. M.: Sí, en eso tienes mucha razón, porque Gladys era querida por mucha gente que no pensaba en ella como ser electoral ni siquiera como opción política. Había un respeto y un afecto. Cuando yo fui con ella a votar, una masa la rodeó, la aplaudió, la defendió cuando un tipo salió. Esa gente tenía ese afecto, pero políticamente estaban en otra cosa. Entonces, claro, hay algo que no se expresaba electoralmente, y que era esa capacidad de Gladys de ser querida y ser militante comunista al mismo tiempo.

S. I.: Usted, como sociólogo ¿conversó alguna vez de otras preocupaciones de la sociología contemporánea? Parece que ella tenía interés de entrar a estudiar Sociología.
T. M.: Sí. Ella tenía un interés, pero no era una persona que hablara de libros. Hablaba de problemas. Era más interesante para ella hablar de los pescadores de San Antonio, que hablar de Carlos Marx, aunque esto pueda parecer una ironía, pero era así efectivamente.

S. I.: Pero ¿cómo la siente abordar temas del marxismo?
T. M.: Sí, ella podía abordarlos, podía hablar, preguntaba mucho, era inquisitiva en esos temas. No era para nada pretenciosa.

S. I.: ¿Le pidió a usted, por ejemplo, que le recomendara algún libro, o sugiriera algún autor?
T. M.: Sí. Pero no sé si alguna vez terminó leyendo el libro. Ella atendía mucho el diálogo, y diría que no era una marxista de autores, sino de reflexiones sobre la realidad. Yo acá estoy poniendo en blanco y negro cosas que hay que ensombrecer más, pero si uno tiene que decirlo bajo ese aspecto, yo te diría que Gladys reflexionaba sobre la realidad.

S. I.: ¿Qué deja atrás de la pura experiencia?
T. M.: Bueno, deja atrás no solo un análisis de la realidad, sino también lo que representa tomar en cuenta ciertas categorías. Yo diría que Gladys se volcaba mucho más hacia la realidad que hacia las teorías. Por eso digo que era compleja y no binaria, aunque no separaba radicalmente las dos cosas, trataba de que interactuaran, pero se inclinaba más hacia los temas de la práctica política en Chile. Entonces, diría que había un libro que leía, que era de Gramsci, que tenía curiosidad por Gramsci, y conversaba sobre el tema, pero no era la pasión, porque ella también se preocupaba por las formaciones de la cultura obrera. Esos eran sus temas. Claro, yo tenía una imagen muy espléndida de un intelectual con una dirigente política comunista. Entonces, verla desde dentro, estando cercano a ella, me llamaba la atención esa cotidianidad, que se expresa claramente en esto de que con ella se podía hablar de cualquier tema, y que lo que podíamos considerar como temas políticamente correctos, era hablar de la vida. Yo creo que esa es la experiencia que ella buscaba: un diálogo quizás mucho más plural que el puro diálogo político.

S. I.: ¿Qué unía, entonces, a un académico, un escritor, con una política «tan de la calle», por así decirlo?
T. M.: Es que yo no estoy de acuerdo con que ella sea «tan de la calle». Ella era una comunista de la calle, y cuando digo esto, hay que pensar en algo más, ahí existe una mente donde hay estructuras y conceptos. Entonces, ella los tenía y trataba de aplicarlos: era compleja. Lo que a mí me lleva a ella, a la experiencia de participar en una campaña presidencial con un candidato de la izquierda, era sentir que yo estaba realizando lo que debía, que ese era mi papel, que ahí debía estar. Podemos decir que yo me puse al servicio de esa candidatura, obviamente planteando mis puntos de vista, pero yo veía que la potencia ahí era Gladys.

S. I.: Cuando usted asume la campaña, ¿siente que como intelectual es una puerta de salida, en el sentido de tomarle el pulso a la sociedad?
T. M.: Fue estar más cercano al acontecer de la gente. Propiamente, no pensé en esas categorías. Lo cierto es que yo pensé que me gustaba, que me parecía sumamente interesante, y que era una experiencia muy rica.

S. I.: ¿Por qué peleaban en el diario?
T. M.: Yo con ella nunca peleé, pero estaban los del medio, y ahí existían diferencias relacionadas, extrañamente, con mi criterio de que había que plantear más los temas de la izquierda socialista, ir al fondo. En la dirección de la campaña, yo defendía el punto de vista de aprovechar esta experiencia para poder crear una plataforma de alternativa socialista. La dirección de la campaña, no Gladys, porque con ella no eran esos los temas que discutíamos –yo tenía una relación como jefe de la campaña que no era con ella, pues ahí entraba la mediación del partido–,  me llevaba a enfrentarme con la dirección política del PC. Con ella no discutía esos temas. Yo diría que ella aprendía de mí algunas cosas, y yo aprendía de ella otras. Era una relación muy humana, donde yo casi no notaba al líder político. Y sin embargo, la veía cuando se formaba como líder político, porque tampoco es que Gladys fuese una ingenua, o que no desempeñara su papel. Realizaba su función, y eso era lo más importante. Ella –y la dirección comunista de esa época– fue capaz de construir un líder que a mí me pareció potable, por decirlo así.

S. I.: ¿Estamos frente a un personaje con una densidad histórica importante?
T. M.: No sé lo que puede significar eso, pero yo creo que estamos frente a una dirigente muy importante de los últimos cincuenta años de la vida política chilena, por lo que representó tanto en la lucha contra la dictadura, como en el tiempo que le tocó vivir después de esta. Y yo diría, una dirigente política que trató de construir una plataforma de izquierda, lo cual le otorga relevancia en esa época.

C. K.: Después de saberse la enfermedad, hubo un nuevo momento en la relación de la gente. ¿Cómo viviste eso? ¿Tiene que ver con la cultura chilena ese recambio de relación a partir de la enfermedad o de la muerte…?
T. M.: Yo diría que la muerte, o el peligro de la muerte, acá resignifica mucho la imagen del personaje público. Gladys, en efecto, en ese tiempo estaba con la emoción en la boca, realmente. Toda la puesta en escena de la estación Mapocho (acto de homenaje a Gladys Marín, a su regreso de Cuba después de la operación y el primer proceso de terapia), fue de un nivel de emocionalidad terrible. Gladys se dejó vivir como alguien que moría. Y eso generó niveles de afecto y de sentimiento muy alto. Tenía esa capacidad de hacerse querer.

S. I.: Para usted, ¿su pérdida fue muy dura, fue algo que lo removió?
T. M.: Me removió, sí. Aunque yo no estaba en Chile en el momento en que a ella se le detectó el tumor en el cerebro, lo supe el mismo día que ocurrió. Yo estaba en España, en un viaje, así que cuando llegué acá no pude ver cómo fue el primer temblor, podemos decir, de cuando se conoce. Es algo evidentemente fuerte. Cuando me relacioné con ella, ella ya había elaborado la enfermedad. A mí me llamó la atención su energía para seguir adelante. Esta capacidad de contenerse para no hacer vivir su muerte a los otros de un modo destructivo. A mí me impresionó mucho. Y quiero decir que el modo como ella vivió el camino hacia el final es muy importante para mí.

S. I.: ¿Qué piensa de esa contención?
T. M.: Yo creo que hay algo propio de ella, por lo cual quienes estábamos cerca obviamente no le preguntábamos, no podíamos preguntarle como nos estamos preguntando acá. Eso también nos ayudaba como a poder poner en claro, en el interior de uno, este camino hacia la muerte, porque hay que saber que la muerte está, que viene, y que cada día que pasa es un día que se camina hacia la muerte. Siempre se camina hacia la muerte, pero aquí es una muerte que está colocada frente a uno, y que no es posible quitarle la cara, ni soñar con que van a pasar veinte años.

S. I.: Cuando muere Gladys Marín, mediáticamente se impone casi un acuerdo común en reconocerla. ¿Qué hay ahí, en esa disolución de las diferencias?
T. M.: Hay una capacidad de Gladys, como siempre digo, pero también hay una estrategia de asimilación, pienso yo. Esa estrategia a mí no me gustó, dado que eran los medios de comunicación burgueses –lo que me repugnó–, los mismos que la habían estigmatizado, quienes ahora la ponían como una especie de santa. Entonces, había ahí una estrategia de que ese afecto que suscitaba Gladys fuese mediado, como si fuese contenido y reciclado de una manera aceptable para el sistema. En el Salón Dorado había muchísima gente, pero los que llegaron al cementerio, salvo excepciones, eran no solo los que se habían emocionado con esta nueva Gladys, sino los que habían visto siempre en Gladys una militante anti-neoliberal.

S. I.: ¿Cuándo cree usted que habría una figura de Gladys puesta al servicio de un partido político?
T. M.: Nunca, yo diría. Creo que Gladys siempre va a estar del lado de una alternativa socialista, siempre va a estar asociada en el recuerdo público a lo que fue y a lo que ella trató de ser. Ella trató de ser eso. Nunca ha sido una especie de banderín de la selección chilena que se pueda estar blandiendo para los fines de una política táctica.

 
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