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Claudia Korol - Jugamos en el potrero Imprimir E-Mail

Leyendo de un tirón este texto, en el que Mariano recupera y selecciona, describe y organiza las distintas dinámicas utilizadas en algunos de nuestros encuentros de educación popular, reviví muchos momentos significativos, intensos, compartidos con mis compañeros y compañeras del equipo de educación popular “Pañuelos en Rebeldía”.
Mariano insiste en la presentación, en varios de los argumentos que repetimos hasta el cansancio en nuestros procesos de formación política, que buscan explicar al juego en la educación popular, como un momento imprescindible de la acción político pedagógica transformadora, en el que se posibilita el encuentro de cuerpos y pensamientos, sentimientos y actos.
Jugar y jugarnos son dos caras de una misma moneda que no tiene curso legal en el mercado.
Jugamos y nos jugamos en el peligroso y desafiante camino que cree y crea valores que no se cotizan en los shoppings de la posmodernidad.
Jugamos y nos jugamos en los bordes de un sistema que rechazamos visceralmente, en todo lo que tiene de injusto, violento, deshumanizado y deshumanizante, alienante, hipócrita y banal. Nuestros encuentros de educación popular están atravesados por ese sistema de dominación, y su fuerza nos apabulla por momentos. Pero la desafiamos creando estos pequeños espacios en los que ensayamos juegos diferentes.

  • ¿Qué tal si en el juego de la silla, en lugar de expulsar al que se queda sin silla, lo vamos integrando, sentándonos uno encima del otro si es necesario, o compartiendo entre cinco una silla?
  • ¿Qué tal si jugamos a cooperar en lugar de jugar a competir?
  • ¿Qué tal si jugamos a que gana el grupo si nadie pierde, y si nadie se pierde?

El juego, tan infantil en apariencias, nos desafía a invertir las lógicas con las que convivimos cotidianamente.
Es muy común que el juego nos alegre, nos emocione, nos divierta, nos enoje; sentimientos que son –en el marco de los procesos político pedagógicos de educación popular-, el inicio de una indagación más profunda sobre cómo interactúan en la vida misma las dimensiones objetivas y subjetivas, las ideas y los actos, los textos y los contextos, las acciones y pasiones.
Al leer el libro voy viviendo y reviviendo variadas sensaciones. Es una manera de mirar con amor un camino recorrido, y reconocer en sus bordes huellas diferentes que pisan la tierra, y señalan los rumbos intentados.
Es encontrar en cada juego muchos rostros, en cada comentario muchas voces, en cada palabra muchas inflexiones.
Algunas veces me sorprendo, recordando (pasando por el corazón) sentimientos que sólo podrían comprenderse en determinados contextos.
Jugar es arriesgarse siempre, me digo... cuando compruebo cuántas nuevas lecturas e interpretaciones podríamos realizar ahora, con el tiempo transcurrido, y con una madurada sospecha sobre las reglas de los juegos que no supimos descifrar a tiempo.
Publicar este texto, en un contexto diferente, político y social, en otro ambiente cultural, con fuertes modificaciones en los lugares de la cancha en los que nos colocamos, es una manera de atrevernos a jugar con nuestras propias reglas. Es decir: esto es algo de lo que somos, de lo que hicimos, de lo que creamos, de lo que creímos, de lo que creemos y de lo que queremos.

  • ¿Jugamos a que seguimos intentando el juego no domesticado ni disciplinado de la rebelión?

No será tal vez esa sensación contagiante de expansión del espacio público que vivimos en los años 2001 – 2002 (hasta que nos cortaron el vuelo en el Puente Pueyrredón).
Me refiero a la rebelión cotidiana de seguir jugando en el potrero, de no respetar la precaria gobernabilidad que nos imponen, disciplinando el hambre con mendrugos y el narcisismo con prebendas.

  • ¡No se vale! Gritamos como los chicos en sus juegos, a quienes pretenden hacer de réferis, árbitros, capitanes, jueces, y capos de la barra brava, acumulando superpoderes y pretendiendo manejar las movidas de reyes y peones, de las blancas y de las negras.
  • ¡No se vale!

Jugamos a patear el tablero cuando nos cuadriculan los sueños. Jugamos sabiendo que no hay juego inocente, y que ganar y perder no es el fin de nada, sino la posibilidad de empezar un juego nuevo.
Jugamos a inventar un mundo nuevo, en un horizonte de pañuelos que expresen todas las posibles y necesarias rebeldías.
Jugamos a aparecer ausencias en nuestras acciones cotidianas, en el gesto solidario, en la mano tendida, en la mirada comprometida. Jugamos a desaprender la subordinación, a ejercer la desobediencia. Jugamos a no aceptar los límites que nos imponen sin consulta. Jugamos a creer en lo que queremos, y a celebrar la vida.
 
Cuando termino de leer el libro, me doy cuenta, sobre todo, de cuánto nos falta caminar. La alegría que sentimos, nace de la constatación de sabernos cómplices en la aventura de reinventar el mundo. No lo haremos en un acto solemne. No lo haremos en una sucesión de proclamas heroicas. Lo haremos con picardía, sacando fuerzas de la debilidad, aprendiendo los pases, el juego en equipo, el sentido de nuestros movimientos, en la misma cancha.
No sabemos cuántos goles nos harán todavía. Pero seguimos apostando a la alegría y a la libre creatividad del potrero.

 
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