John William Cooke - La conferencia de OLAS Imprimir E-Mail

Discurso del presidente de la delegación argentina

Compañeros:
El mísero nivel conceptual del imperialismo traduce en burdas falsificaciones su propaganda, un favor que es auténtico: con certero instinto capta que esta Conferencia encierra torvas amenazas, que le inspiran visiones de una convocatoria para trazar planes criminalmente violentos, con repartija de revólveres, puñales y formulas envenenadoras.

Es la sensación simétrica a la  que tenemos nosotros, de ser partícipes de un suceso trascendental, que la presencia de tantas delegaciones y personalidades prestigiosas acentúa, pero cuya dimensión histórica proviene de la circunstancia americana en que celebramos este encuentro fugaz. A condición de que descifremos todas sus claves profundas y comprendamos lo que tiene de único e irrepetible, podemos darle la proyección decisiva que esté acorde con su carga de hipótesis esperanzadas.

La presidencia honoraria del Che Guevara vino como símbolo culminante de esta verdad que cada uno busca penetrar íntimamente. Y nadie piensa que sea un homenaje personal, por más que sería merecido y lógico, sino que en su figura se objetivizan un cúmulo de elementos determinantes de este dramático momento de América Latina. Nos recuerda que Cuba, frenados los ejércitos libertadores por el Caribe, llevó noventa años a la Independencia y no logró disfrutar de esa victoria obtenida al precio de cruentos sacrificios; pero que ahora, paradojalmente, inicia el proceso de la liberación definitiva, como primer territorio reconquistado al enemigo, y foco del proceso emancipador. Sus banderas ya cruzaron el Caribe, y por las islas y la tierra firme florecen las consignas de la lucha que pronto librará combates definitivos.

El cerco de acero que bloquea la entrada de productos a la isla, no puede atajar los conceptos, ideas y principios que desde ella se esparcen por América, mucho más letales que los revólveres y puñales que el imperialismo tanto intenta detectar.

El manantial revolucionario -como decía Raúl Castro hace unos años- no ha cesado de correr, y ahora fructifica lo que se regó con su agua. Raúl decía la verdad, pero el imperialismo sigue en la búsqueda policial de armas y pertrechos; y eso, a pesar de que en Vietnam comprueba día a día que ni con todos los recursos materiales del mundo se puede alcanzar la victoria, que depende de bienes menos palpables que existen en el espíritu de los hombres y torna invencibles las revoluciones liberadoras.

Si al Che Guevara lo veían todos los días y en todas partes, es porque hemos comprendido que el famoso fantasma de Marx era menos metafórico de lo que creíamos, y Cuba aparece no como la isla de libertad sino como el territorio precursor de la lucha para reparar nuestra derrota como Nación, que nos condenó a la vida miserable de veinte soberanías teóricas abiertas a todas las avaricias y crueldades del capitalismo en expansión.

Pero también a los revolucionarios no debe turbar la presencia del Che Guevara, que encarna la conciencia moral de los hombres de América, y enfrenta consigo mismo a cada uno de nosotros. Para que hagamos el esfuerzo que aún resta, pese a nuestras incesantes militancias. Para que veamos si no sufrimos el influjo de alguna coartada tranquilizadora, de alguna excusa complaciente, para nuestro fracaso en encender la hoguera que ya resplandece en Venezuela, en Bolivia, en Colombia, en Guatemala, y que no se ha extinguido en Perú.

Si en la Tricontinental la Delegación Argentina afirmó que la solidaridad debía dejar de ser atributo del espíritu para transformarse en una categoría revolucionaria como imperativo de una práctica combatiente, ahora vemos la forma de cumplir este anunciado. Con esto queremos decir que aquí debe sellarse la solidaridad dinámica de América Latina en busca de su liberación, para lo cual hay que renunciar a sustituirla por vaguedades y contorsiones conciliadoras, que unen abstractamente lo que en la práctica es incompatible. La unidad en base a vagas fórmulas, a la indefinición y la prórroga de los conflictos, pudo haber sido posible y conveniente hasta hace muy poco. Ahora es inconcebible. No será por malicia de nadie si algunas conciliaciones resultan imposibles. Ni por falta de tolerancia, pues los que discrepan con nosotros en puntos fundamentales, deben comprender que, precisamente, el tipo de unidad revolucionaria combatiente que consideramos la única válida y posible excluye ciertas transacciones que implicarían convertir la unidad en un fin al que se sacrificaría el objetivo supremo de la liberación.

La buena fe, que no tenemos por qué negar a los que no piensan así, nos obliga a nosotros a llevar hasta sus últimas consecuencias nuestro criterio. Podemos equivocarnos, pero tenemos que apostar lo más valioso que como individuos poseemos: nuestra vida, única e intransferible, y no porque nos consideramos más heroicos que otros, sino porque estamos obligados a hacerlo. La vida no serviría para nada si resultase que habíamos visto bien, que la Historia pasaba a nuestro lado y nosotros nos hemos refugiado en la pasividad de las idealizaciones complacientes.

Sabemos que en América Latina no por no haber sido insurreccionales, fueron menos sacrificadas las luchas llevadas, desafiando la arbitrariedad de tiranías sanguinarias, militancias más abnegadas aún por carecer de perspectiva alguna de victoria en el porvenir previsible. Pero creemos que eso ya ha pasado, y que si bien en determinados y excepcionales países funciona la institucionalidad burguesa, y es lógico que los revolucionarios sigan una política sobre la cual no nos consideramos autorizados a emitir juicios, la estrategia general sólo puede ser planteada en base a la lucha armada, con miras a una confrontación cada vez más generalizada.

En cuanto al caso particular de nuestro país, las organizaciones presentes comparten la opinión de que no es excepción sino todo lo contrario, de esa situación global. Si alguna discrepancia existe, es metodológica, e imposible de dirimir por el simple debate crítico: se trata de aspectos prácticos de la lucha para tomar el Poder, liberar la Nación e implantar el socialismo, y no hay más argumento que la práctica misma.

No tenemos fórmulas infalibles y la unidad que propugnamos como única posible no implica dispersarnos y correr a montes y trincheras, o a barricadas. Pero sí compartir la voluntad, de actuar con miras a una estrategia insurreccional común. Los realistas que viven plácidamente a la espera de condiciones que ellos estiman, por misteriosos sistemas de medición teórico, condiciones que tienen la propiedad de estar siempre más allá de las imperantes en cada momento real, creen que entre la política burguesa y el asalto final del proletariado (que será una epopeya gloriosamente lejana asegurada por determinismos que la historia les ha confiado en secreto), sólo quedan el aventurerismo y el delirio suicida.

Pero nosotros sabemos, tan bien como ellos, sumar soldados, cañones, tanques: solamente que esa lógica y esa aritmética no nos parecen aplicables. No conocemos ningún caso en que una revolución las haya empleado.
Sabemos, en cambio, que fuera del magro repertorio táctico que ellos manejan, hay otros métodos que buscamos poner en práctica. Que si en nuestro país no hay lucha insurreccional, hay tareas insurreccionales y el propósito en mucha gente, dentro y fuera del Comité, de llevarlas a buen término. Y si hasta ahora no lo logramos, no volcamos la responsabilidad en inalcanzables condiciones objetivas, sino en otras que no hemos logrado superar, y entre las cuales bien pudieran estar nuestros propios déficits como vanguardias. Pero eso es superable. Siempre que lo intentemos por los caminos que son los del triunfo popular revolucionario.

Creemos que América está demasiado llena de varones prudentes, administradores prolijos del buen sentido y la verdad revolucionaria por igual. Está llena de personas sensatas, respetuosas de la respetabilidad, de racionalizadores de la inacción, de payasos solemnes. Y que están tan muertos como las ideas que exponen con la seguridad magistral de los que jamás ven nada.

Así, el internacionalismo proletario entre América Latina y EE.UU. que nos declamaban era tan irreal como el panamericanismo servil de los cancilleres melosos y relucientes. Ahora por primera vez vemos que en la fortaleza del imperialismo hay compañeros, hermanos de lucha, que la clase vanguardia de la revolución son los negros, porque no coparticipan del despojo colonial, sino que son los marginales, el sector que vive la alienación como carencia.
Vemos que ellos y los que han sido nuestros camaradas y ahora luchan necesitan de nosotros. Los muertos heroicos no son recuerdos lamentados del fracaso, sabemos que tenían razón y que no basta el tributo de nuestro recuerdo, pues son más imperiosas las exigencias que nos crean. Los revolucionarios no queremos la muerte, sino la revolución. Pero la vida interesa si somos realmente la parte que aún no entró en la zona de fuego  porque no le llegó el momento, y no una vida que la guerra respeta como la de los inválidos, las mujeres embarazadas, los bufones y tantos otros que están en la retaguardia.

La unidad exige un claro propósito y una estrategia común variada en su aplicación, pero no aguada por malabarismos palabreros. Es, a nuestro juicio, lo mínimo que podemos ofrecer a los pueblos de América Latina. Porque sólo ganan las batallas los que participan en ellas. Y sólo caen las correlaciones abrumadoras de fuerzas si, como punto de partida, existió el propósito inquebrantable de vencer. Es lo que han demostrado con su ejemplo y nos repiten todos los días, los que tienen autoridad ganada en la lucha, de Fidel a los compañeros de Corea o de Vietnam, de Angola, Mozambique, Cabo Verde. Donde hay un combatiente, tenemos un deber que no se cumple con sólo expresar nuestra protesta, ni nuestro afecto; el concepto de solidaridad no ha quedado congelado en medio de la América convulsionada por las vísperas de combates en que cada militante afrontará su compromiso con la causa del destino nacional americano.

Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), La Habana, julio-agosto, 1967.

Tomado de Cooke. Cuadernos de Crisis. N° 5

 
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