Esther Pérez - La Educación: un arma para la lucha Imprimir E-Mail

III Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA

(Intervención en el panel “Resistencia cultural e identidad”).
 
La existencia de este panel en un evento sobre el ALCA indica que ya sabemos cosas que no sabíamos u habíamos olvidado y que son las que nos convocan hoy aquí a debatir sobre la dimensión cultural de nuestras luchas y nuestras esperanzas:

1.- No será posible la nueva sociedad sin un cambio radical de los seres humanos, cambio que será tan prolongado y angustioso como el propio período de la transición.

2.- Se trata de cambios que no pueden posponerse para “etapas” posteriores, sino que  tienen que simultanearse con las tareas urgentes de la construcción económica, la defensa, la transformación de las instituciones, etc.

3.-  El capitalismo en esta nueva fase expansiva también lo sabe.  Por eso multiplica la guerra cultural en busca de los consensos de los dominados, y ahora que ya no distribuye riqueza ni hace promesas, pone sus fuerzas en la tarea de crear un sentido común: el de que nada, o por lo menos nada básico, puede cambiar.  Y para eso intenta y logra inficionar con sus productos y las relaciones sociales que propone las culturas que intentamos defender.

En otras palabras, el campo de la cultura, de toda la cultura (la manera en que trabajamos, nos relacionamos, lo que consumimos en el tiempo de ocio, lo que pensamos deseamos y sentimos) es un campo de  disputa, de combate, de guerra, que complementa y condiciona nuestras reacciones ante la guerra de las armas y la guerra del hambre.

Estas cosas ya las sabemos, y felizmente ya pasó la etapa de la mayor confusión.  Cada uno, cada una de quienes estamos aquí realiza, desde su lugar, esfuerzos no meramente para defendernos, o para ser focos de resistencia, sino para tratar de revertir el curso de esa guerra con las armas que vamos forjando en nuestros medios alternativos, nuestro cine siempre pobre y siempre presente, nuestra música de trovadores, rockeros, raperos...

Pero yo quiero hablarles de una dimensión de esa guerra, de un instrumento de combate tan viejo que no puedo recordar ningún movimiento social o político que no haya tratado de acompañarse por él, y que también hace falta considerar en esta batalla cultural.  Me refiero al instrumento de la educación.

Aquí algunas preguntas son básicas:

¿Cómo formar sujetos que no se acomoden a “la sumisión al pensamiento dominante y no estén mutilados en sus posibilidades de convertirse en actores históricos y agentes transformadores de la realidad”?

¿Cómo tendría que ser la educación que fuera un instrumento para la liberación confrontada a “los mecanismos de mercado, la alta tecnología y los medios masivos de comunicación”?

Esas preguntas han estado en el fondo de la indagación de una de las estrategias compartibles que nos reclama el documento base de esta discusión, y que se ha venido elaborando y practicando en la América Latina desde hace décadas.  Me refiero a la Educación Popular, o educación liberadora, o educación dialógica o del oprimido –que con todos esos nombres se la conoce.

En campamentos y asentamientos de los trabajadores rurales sin tierra, fábricas tomadas por los obreros en Argentina, barrios cubanos, municipios zapatistas, comunidades eclesiales de base: en montones de lugares latinoamericanos, tercamente, acompañando los triunfos y los reveses del movimiento popular en estas décadas se han ido creando las herramientas de esta educación.

¿Cuál es su propuesta?  Pues una propuesta que parte de lo existente para poder trascenderlo:

1.- Frente a una educación que se dice neutra y que incluye sólo los contenidos jerarquizados como “el saber necesario”, igual para todos, propone la inclusión de todos los saberes que necesitamos y que se excluyen elitistamente de las aulas donde se reproduce la hegemonía de la clase dominante.  Para poner sólo un ejemplo, la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo está realizando talleres de formación de los trabajadores de las empresas tomadas y de los trabajadores desocupados, a partir de la práctica de esta forma de lucha asumida por obreros y obreras argentinos.

2.-  Frente a una educación que enseña que “lo que es, será”, que lo que es “es la única realidad”, propone una educación que desnaturaliza e historiza las relaciones sociales, y enseña que nuestros sueños y esperanzas son también parte de la masa de lo real.  Y así, en los asentamientos del MST, los niños y niñas aprenden que el latifundio brasileño no es inmutable, sino que la propiedad de la tierra puede llegar a ser de quienes la conquistan y la trabajan.

3.-  Frente a una educación que fragmenta por estratos y grupos, que divide entre cultos e incultos, estimula una educación que alimenta la articulación de las fuerzas populares en cientos de espacios latinoamericanos donde participan juntos los doctores, los campesinos, las mujeres de las villas, los trabajadores y los desempleados, los jóvenes organizados, los y las homosexuales, para ir dibujando entre todos el mundo mejor donde quepan muchos mundos.

4.-  Frente a una educación que hace sujetos funcionales al sistema de la dominación, de mentalidad tecnocrática, tuerzas de una maquinaria centrada en el lucro, llenos de respuestas a preguntas que nunca formularon, pasivos, se empeña en la formación de sujetos críticos, capaces de pronunciar la palabra que ya no está presa de las imágenes y las ideas que colonizan las mentes y las voluntades.  Y esto sucede en los espacios de Educación Popular desde México hasta Chile, donde aprendemos a remover máscaras y a examinar nuestras culturas para ver cuánto tienen de acomodo a la dominación y cuánto de resistencia y lucha, y a desmitificar lo que nos venden como progreso.

5.-  Frente a una educación que profundiza el individualismo y la competencia en un mundo dividido entre incluidos y excluidos, en la que el mensaje fundamental es pelear contra el otro o la otra para ser uno de los incluidos, propone una educación que fomenta el aprendizaje grupal y que dice que entre todos y todas aprendemos más y mejor, y que así es posible que todos quepamos en el mundo.

La educación Popular, en resumen, es un pensamiento y una práctica pedagógicos con décadas ya de experiencias prácticas  en nuestra América que asume que no hay educación neutral, sino que toda educación es política, esto es, que se educa para la colonización mental o para liberarse leyendo no sólo el alfabeto, sino el mundo.  Y que al asumirlo, se propone como el proyecto de pedagogía de los oprimidos, proyecto por definición incompleto, que se va construyendo a la par de nuestros reveses, victorias, avances y retrocesos, de los cambios que seamos capaces de producir en nuestras organizaciones y nuestra vida cotidiana.

Tres cosas más que quiero comentarles a partir de mi trabajo durante diez años como educadora:

1.-  La primera es que la pregunta más frecuente que me hacen, sobre todo compañeros y compañeras de otros países, es por qué necesitamos Educación Popular en Cuba.  Y la verdad es que ya Paulo Freire sabía que la Educación Popular no es una educación compensatoria para los que el sistema educativo formal arroja de sus aulas sistemáticamente, sino la dimensión educativa del largo proceso de transición, que no se termina con un triunfo popular, sino que simplemente comienza una nueva fase.

Sabía que los ideales de “buena vida” del capitalismo pueden reproducirse más allá del desmontaje o eliminación de relaciones de explotación económicas y otras instituciones de opresión que es efectuado por un poder revolucionario, y también que esas relaciones e instituciones capitalistas pueden empezar a cuestionarse y erosionarse en la práctica antes de que se tenga el poder necesario para efectuar esa eliminación. 

Por eso, mi primera respuesta a esos compañeros y compañeras suele ser que ya se darán cuenta, cuando triunfe el socialismo en sus países, que entonces es que les hace más falta la Educación Popular, porque es entonces que tiene que desplegarse con más ímpetu la creatividad y la conciencia de que se es actor social de la sociedad en que se vive, y eso lo tenemos que hacer los hombres y mujeres que hemos introyectado el mando y la dominación.  La Educación Popular, antes y después de un triunfo revolucionario, ha de ser la dimensión educativa de una cultura opuesta y diferente al sentido común, las prácticas, las instituciones, las relaciones del capitalismo.  Y esa es una tarea prolongada y no lineal.

2.-  La segunda es que la Educación Popular latinoamericana es ya una de las instancias de la integración continental que anhelamos.  A lo largo de estas décadas los educadores y educadoras latinoamericanos hemos creado  articulaciones y espacios que nos han permitido aprender unos de otros y conocer más esa diversidad común que somos.  Y esta instancia práctica de integración es sumamente importante, como saben ustedes, los que en cada uno de sus campos hacen lo mismo, ahora que el imperialismo norteamericano, una vez más, tiene para nosotros un proyecto de América Latina que de nuevo nos unce a su carro.

3.- Lo tercero es que en esta sala, en la que presumo que hay pensadores sociales y artistas, escritores y periodistas, quiero dejar dicho que sus películas y sus canciones, sus poemas y sus novelas han sido, son, materiales que usamos en nuestras experiencias educativas.  Es necesario seguir uniendo arte y educación, no porque el arte se haga didáctico, sino porque a menudo el arte explora más profundo y ve más lejos, y porque el pan y la belleza tienen que tener amores e ir de la mano.  Y hay que seguir uniendo el pensamiento social producido por nosotros con la educación popular, para que sea alimento de millones y verdad socializada, y también para educarnos todos, pensadores sociales, educadores, obreros, campesinas, artistas, creadores, en la forja de una educación nueva que sea anuncio e instrumento en las batallas por ese mundo posible que no existe aún, pero que ya está aquí, entre nosotros.

 
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