Géneros, Sexualidades y Subjetividades - Intervención de Fabiana Tron Imprimir E-Mail
Lesbianas, heterosexualidad obligatoria  y discriminación

Este trabajo es una producción colectiva de lesbianas en lucha y no hubiera sido posible sin el trabajo de muchas otras lesbianas y lesbianas feministas que reflexionaron antes que nosotras, entre otras Monique Witig, el colectivo de lesbianas feministas de Madrid, Gloria Anzaldua, Teresa de Lauretis, etc., etc., etc.

En primer lugar quisiera aclarar que me voy a referir a la discriminación de la que somos objeto las lesbianas en la cultura occidental, cristiana, capitalista y patriarcal, porque es en la cultura en la cual he nacido y he sido socializada. En otras culturas la relación con la sexualidad es muy diferente  y excede los límites de esta charla.
Todo sistema social es una manera de ordenar el mundo. El ordenamiento del que nos rodea y la manera en que nos ordena a nosotras no es un ordenamiento arbitrario o casual. No surge por generación espontánea ni es natural. Es un ordenamiento interesado, histórico, es decir sujeto a las fuerzas históricas y a sus variables y por lo tanto cultural.

Ese ordenamiento supone una manera de observar, explicar, valorar y regular a la sociedad y responde a unos intereses determinados. La gran trampa en la que se nos hace caer es que las instituciones sociales generadas por ese ordenamiento  aparecen como naturales. Lo que viene dado por la Naturaleza no cabe más que asumirlo. El sistema capitalista y patriarcal ha utilizado esta naturalización para sostener, justificar y controlar un ordenamiento que contiene profundas desigualdades. Desigualdades sin las cuales no podría sostenerse y reproducirse. Así aparecen las lógicas dicotómicas y jerárquicas. Hombre es superior a mujer. Blanco es superior a negro. Cristiano es superior a judío o musulmán. La mente es superior al cuerpo y la heterosexualidad es superior a la homosexualidad. Ese componente inferior del par queda ubicado en el lugar de “la diferencia”,  mientras que el miembro superior ocupa el lugar de “la normalidad”, vale decir, de la norma, de una ley naturalizada cuya condición de construcción social y acto de poder se hace invisible. De esta naturalización resulta que los modelos que se proponen para interpretar la realidad no suelen ser advertidos como modelos en la vida cotidiana sino como la realidad misma. Confundimos la realidad con el modelo, y en la medida en que los sistemas sociales logran hacer creer a los individuos que los modelos que se presentan son los únicos posibles aseguran su permanencia, esta supuesta naturalización es la causa de la alienación o reificación de los individuos, por la cual se nos dificulta ver que el único lugar que hay para nosotras en ese esquema  es de subordinación. Que nuestra realidad es una realidad llena de opresiones.

Considerar al modelo como lo único posible y a la parte como el todo, es un mecanismo de limitación que aparece muchas veces bajo la forma de la negación. Lo que no puede existir en el sistema simplemente no existe. Así, la única forma de relación sexual para este sistema es la heterosexual, y puesto que no hay más que una, no tiene sentido diferenciar sexualidad de heterosexualidad. Se identifican a todos los efectos y en todas partes.  Esta forma de limitación no es solo cuantitativa (TODOS SON HETEROSEXUALES) sino cualitativa. Hay cualidades de la realidad social de las que no se habla jamás. Se nos hace ignorar que disponemos de una capacidad de relacionarnos sexualmente que se caracteriza por su plasticidad. De la gama amplísima de posibilidades, el orden social impone una, la heterosexualidad.

Pero esta sociedad con su ordenamiento no solo limita las posibilidades reales y limita el número de personas que pueden alcanzarlas, sino que establece las maneras de realización. Esto es la normalización. De ahí que la sociedad no solo diga que la única manera válida de relación sexual es la heterosexualidad, sino que ha fijado a la heterosexualidad un cauce de desarrollo. Esto es: esta sociedad capitalista y patriarcal necesita una determinada manera de relación sexual para asegurar la reproducción de la especie (por eso heterosexual) y para asegurar la reproducción de su ordenamiento (por eso el androcentrismo). El resultado es convertir en norma su modelo: heterosexualidad androcéntrica. Esto significa no cualquier heterosexualidad sino una ligada preferentemente a la familia, preferiblemente restringida a la edad fértil, preferentemente genital, preferiblemente coital. Es también una heterosexualidad acorde al mantenimiento de la opresión de las mujeres, por eso androcéntrica, es decir ligada una heterosexualidad centrada en la sexualidad del hombre, una heterosexualidad que niega el placer autónomo de las mujeres a favor del placer “domado” por los hombres y dependiente del suyo. Una mujer se constituye como tal cuando un hombre “la hace mujer” en la relación sexual.  De esto se desprende que una lesbiana que no ha mantenido nunca relaciones sexuales con los hombres, sea considerada inmadura...

La heterosexualidad obligatoria se constituye como una institución que se sostiene gracias a dos premisas fundamentales: sexualidad = reproducción y sexualidad = heterosexualidad  y a un sistema de géneros rígido y estereotipado. Es importante no perder de vista este concepto de heterosexualidad obligatoria como institución, para diferenciarlo de la orientación heterosexual. Ya que el sistema de géneros rígido que impone a los hombres ser de una determinada manera y a las mujeres de otro, oprime tanto a varones heterosexuales, como a varones gays a mujeres heterosexuales como a lesbianas.
Decía que una forma de limitación es la negación, la invisibilización, pero a veces, cuando los oprimidos nos levantamos y empezamos a reclamar nuestros derechos, la sociedad no tiene más remedio que hablar. Lo primero que aparece es considerar al lesbianismo como desviación a la norma y las consecuentes racionalizaciones que tratan de explicarla. Pero negar el lesbianismo como una posibilidad más dentro de la amplia gama de sexualidad posibles solo responde a la necesidad de esconder el carácter impuesto, no elegido, ni natural, de la heterosexualidad obligatoria. Nada más sencillo que explicar lo anormal como desviado de lo normal para no tener que explicar la misma normalidad.  
¿Qué quiero decir con esto? Supongamos que les pregunto ¿Cómo se llama una persona que tiene dos piernas?... ¿Y la que tiene dos brazos? No podemos responder a esas preguntas porque no hay palabras para eso. La lengua no tiene prevista esa posibilidad. Pero sí tenemos y sabemos lo que significan las palabras manca o renga. De quien tiene dos brazos o dos piernas no sabemos más que “es normal”. Esto significa que hay realidades que no es necesario nombrar porque son normales y es más diferenciador nombrar los aspectos que contravienen la norma. Con esta misma lógica podemos pensar ahora las orientaciones sexuales. Es evidente que la sociedad considera como normal la heterosexualidad, tan normal que muchas personas no pueden explicar lo que significa la palabra heterosexual.  Pero sí pueden explicar y saben lo que significan las palabras TORTA, BOMBERO, CAMIONERO o hasta LESBIANA.  A la pregunta ¿Por qué sos lesbiana? que todas nosotras hemos tenido que soportar infinidad de veces no se corresponde la de: y vos ¿por qué sos heterosexual? Porque lo normal no necesita ser explicado.

El modo que la sociedad tiene de controlar y asegurarse que la norma de la heterosexualidad obligatoria se cumpla, y a su vez teñirla de un barniz de superioridad es la homo/lesbofobia.  La lesbofobia es un conjunto de ideas y prejuicios que se convierten en parte de la cultura general y se manifiestan en chistes, chismes o comentarios acerca de la homosexualidad o el lesbianismo.

Como señala Mariana Castañeda, “Podríamos refinar la definición diciendo que la lesbofobia no sólo es el miedo o rechazo a la relación sexual entre personas del mismo sexo, sino también el miedo o rechazo a la confusión de géneros.  Así el problema del lesbianismo en muchas sociedades no es que una mujer tenga relaciones eróticas con otra, sino que una mujer pueda volverse como un hombre.” (1)

Existen innumerables ejemplos en nuestra cotidianeidad que muestran el profundo arraigo cultural de la lesbofobia: “las mujeres deben tener hijos”, “los hombres son los que tienen que dar el sustento y proteger a la familia”, “las relaciones sexuales tienen que tener un fin reproductivo”, “los hombres son activos y penetran, las mujeres son pasivas y deben ser penetradas para lograr el orgasmo”, “los homosexuales son abusadores de niños”, “las lesbianas quieren ser hombres”, “los homosexuales quieren ser mujeres”, “los gays y las lesbianas son inmaduros sexuales”, “los homosexuales son promiscuos”, “los gays y las lesbianas no pueden tener relaciones comprometidas”,  “los homosexuales son irresponsables”, etc.

Así las cosas nos resulta muy difícil asumirnos como lesbianas, entre la culpabilización, la vergüenza, el miedo a que sepan lo que dicen que somos, el miedo a reconocernos como lesbianas. No es difícil que muchas de nosotras terminemos pensando que la sociedad tiene razón y que no vamos por el “buen camino”.
La lesbofobia se manifiesta a veces en forma de violencia muy sutil pero llega también a la violencia física.

En la niñez se nos imponen comportamientos rígidos de acuerdo a las reglas de género, desde la familia primero y desde la escuela después. “No te pongas las manos en los bolsillos”, “No te sientes con las piernas abiertas”, “No está bien que juegues con los varones”. “Preferiría tener una hija chorra a una hija lesbiana”.
En la adolescencia  somos bombardeadas además de lo conductual, “Otra vez con pantalones, te verías más linda con minifalda”, “¿Porqué no te pintás?” etc. por lo emocional ¿Qué chico te gusta? ¿Tenés novio? ¿Cuántos hijos pensás tener?
Pero tal vez, la forma de violencia más terrible es la que nos condena al secreto, al silencio. Aun aquellas que estamos dispuestas a salir a la calle y decir que somos lesbianas, muchas veces nos vemos obligadas a guardar silencio en nuestros ámbitos de trabajo para evitar los despidos.

Una forma de chantaje terriblemente violento es el que se imparte en las familias. Es frecuente escuchar “A mí no me importa decirlo, de hecho voy a las marchas del orgullo, pero a mi madre a la que quiero muchísimo, no se lo digo porque la haría sufrir mucho”. Algunas que logran sortear el chantaje y dicen en sus casas que son lesbianas, son terriblemente golpeadas por alguno de sus progenitores y en muchos casos echadas de sus casas. Que se sepa que somos lesbianas es una información que puede utilizarse contra nosotras de la forma más ruin. De esto pueden dar cuenta muchas mujeres casadas que se han separado de sus maridos para vivir su lesbianismo y que son sometidas a chantajes, extorsiones y amenazas de decir que son lesbianas en sus trabajos, familias o amistades. Y muchas son obligadas a guardar silencio por temor a que le quiten sus hijas/os. Este secreto nos lleva a vivir dobles vidas totalmente esquizofrenizantes.

Otra forma de lesbofobia encubierta en un supuesto progresismo es la de referirse al lesbianismo como un mundo lleno de sufrimientos y de desgracias al cual hay que respetar pero que de ninguna manera aparece como deseable.  O la expresión “Yo no tengo problemas, pero mientras se mantenga en las cuatro paredes de su casa. ¿Por qué tienen que andar exibiéndose por ahí?”.
(En cambio, cuando una pareja heterosexual camina de la mano, cuando una mujer habla de “mi novio” o “mi marido” o cuando un hombre dice “mi novia” o “mi mujer”, no se considera que estén exhibiendo su heterosexualidad, sino simplemente actuando de manera “normal y natural”.  En ese sentido, hay algo que me parece que puede ser un buen ejercicio:  cada vez que escuchemos el adjetivo “normal” aplicado a algo, podríamos probar a hacer el cambio por “normativo” para explorar qué tipo de relaciones se están haciendo y desde dónde se está hablando)

Para terminar quisiera referirme brevemente al ámbito escolar  que es uno de los ámbitos más lesbofóbicos de los que podemos dar cuenta.

  • En la escuela las lesbianas aparecemos como peligrosas, tanto las maestras, porque uno de los grandes prejuicios que hay es que somos paidófilas o que “convertimos” a los adolescentes y también los alumnos. Sin embargo el peligro es para las personas lesbianas. La mayor cantidad de suicidios adolescentes en EEUU se produce en adolescentes gays y lesbianas. También estamos expuestos a las patota de compañeritos que se erigen en controladores y normalizadores y que  cometen actos de discriminación y de violencia que van desde insultos hasta violaciones.
  • Otra violencia que se ve en la escuela y en la sociedad en general y que no mencioné antes es la Imágenes positivas, hay un vacío cultural. En este sentido nos parece importante la existencia de maestros /as gays y lesbianas visibles. Que puedan convertirse en esas imágenes positivas

Consideramos importante para revertir esta situación que las diversidades sexuales sean presentadas en las clases de educación sexual como lo que son una variante más de la sexualidad humana y no como “lo raro” “lo diferente”
Que los maestros y maestras se comprometan con los alumnos que tienen actitudes que se apartan de la norma en principio conteniéndolos pero también validando su forma de ser.
También que los maestros y maestras se comprometan  a confrontar los discursos lesbofóbicos de la institución escuela, de las padres y de los chicos.
Que sean cuidadosos en tratar de  no reforzar los estereotipos de género. Esto va a redundar  en beneficio de todos los niños y niñas  porque les va a permitir  explorar mejor sus emociones y  sus cuerpos que en la adolescencia empiezan a cambiar.
Creemos que a medida que más hombres y mujeres de todas las identidades sexuales entiendan mejor las violaciones a los derechos humanos y la discriminación basada en la orientación sexual y la identidad de género unirán fuerzas para terminar con estos abusos.
La esperanza en que “Otro mundo es posible” radica para nosotras en que comprendamos  mientras los derechos humanos y la opresión de algún grupo cualquiera sea, no sean respetados y contemplados los derechos de todos están en peligro.  Y que ninguna revolución es completa si no contempla la eliminación de todas las opresiones.


(1) Castañeda, Mariana, “La experiencia homosexual”, Paidos, Pág. 110. 

Taller De Géneros, Sexualidades Y Subjetividades
Coordinado por el Área de Géneros. 
Equipo de Educación Popular - Pañuelos en Rebeldía
Marzo 2003

 
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