Las PASO 2013 y balance de la era K. Una lectura desde el ecologismo popular.
Horacio Machado Ar�oz
(Colectivo Sumaj Kawsay � Universidad Nacional de Catamarca)

No nos confundimos. (Y pedimos) no nos confundamos. No hay nada que festejar; aunque tampoco demasiado que lamentar�  Digo, no hay ninguna novedad que agreguen los resultados de las recientes elecciones PASO a los motivos (hist�ricos, estructurales y coyunturales) de nuestros lamentos�


El modo como se ha planteado la derrota del kirchnerismo en las PASO no abre ning�n motivo de alegr�a o expectativas positivas de cara al futuro, por m�s prudentes o moderadas que aquellas fueran. El panorama pol�tico del pa�s �y que se ha venido gestando desde los �ltimos a�os- se presenta bastante m�s sombr�o todav�a hacia adelante, considerado, claro, desde las aspiraciones emancipatorias populares� Pues, en efecto, el massismo no es �m�s de lo mismo�� Es todav�a peor que eso (1) . Pero eso no es una �novedad�: las alternativas de �recambio por derecha� (-extrema en este caso, para no ser injustamente generoso con el oficialismo)�, no son una fatalidad, sino el resultado previsible de un proceso pol�tico del que el kirchnerismo es un protagonista clave y con lo que, por tanto, �tiene algo (o bastante) que ver�, aunque, por cierto, no es el �nico responsable�.

El sentido pol�tico de la era K: del �que se vayan todos� a la profundizaci�n del �estado de sujeci�n colonial� (2)
 
Desde la gran rebeli�n popular que en el 2001 puso t�rmino a la era del neoliberalismo desembozado se abri� un proceso de promisorias expectativas que, con el transcurso de los acontecimientos pol�ticos, acab� siendo dr�sticamente defraudado�. Desde hace tiempo que estamos en una encerrona pol�tica, que acorrala a la sociedad hacia un callej�n sin otras salidas que diversas �alternativas� de derecha. Por motivos complejos y diversos que pueden hallarse en la mixtura entre las espec�ficas configuraciones pol�ticas de la sociedad argentina, la del oficialismo y la de las distintas fuerzas de la oposici�n partidaria, lo cierto es que en los �ltimos a�os, los de �la d�cada ganada�, lejos de haber avanzado hacia la construcci�n de alternativas populares de mayor democratizaci�n real (es decir, de igualdad social, econ�mica, cultural y pol�tica), el pa�s se ha ido sumiendo en un tr�nsito de �normalizaci�n� del capitalismo dependiente y neocolonial, matizado y posibilitado, a la vez, por un ciclo de auge econ�mico que no se ha realizado a �contramarcha� de las fuerzas dominantes del mercado (nacional �regional y mundial) sino al contrario.

Es as� que el extraordinario ciclo de crecimiento a �tasas chinas� (no tanto por la magnitud, sino por el motor impulsor del mismo) verificado en el transcurso de la �d�cada ganada� se ha realizado en base a la matriz productiva �heredada� de la fase del neoliberalismo de plomo iniciado en los �70 con el terrorismo de estado y finalmente redise�ado durante los �90. Pese a la ret�rica antineoliberal, la senda estructural seguida por el kirchnerismo muestra intensas continuidades con pol�ticas claves instauradas entre los �70 y los �90. La plena vigencia de la Ley de Inversiones Extranjeras (Ley 21.382 sancionada por la dictadura y luego ratificada por el Decreto 1853/93), as� como las pol�ticas seguidas en materia agropecuaria y biotecnol�gica, pesquera, forestal, minera, hidrocarbur�fera y energ�tica, han significado la  consolidaci�n de un r�gimen que garantiza al capital transnacional el acceso y control irrestricto sobre las riquezas naturales del pa�s.

De modo tal que el proceso de expansi�n econ�mica que se inicia tras la devaluaci�n,  lo que hace es profundizar e intensificar la morfolog�a y los patrones estructurales de lo que qued� de ese aparato �productivo� �nacional� y de su esquema de �inserci�n internacional� (3) .  El resultado, es para el interior de nuestro movimiento, bastante conocido: la re-implantaci�n del modelo extractivista = reprimarizaci�n, concentraci�n y extranjerizaci�n de la econom�a �nacional� (4) .

Bajo lo que Maristella Svampa llama el �consenso de las commodities� (5), el territorio nacional ha sido objeto de un dr�stico proceso de fragmentaci�n a manos de grandes capitales que lo han reducido de hecho, en �reserva ecol�gica� para el abastecimiento primario-energ�tico de las cadenas globalizadas de valor. La expansi�n de manchones extractivistas ha provocado un profundo redise�o de las regiones, ahora reconvertidas en cuadr�culas mono-exportadoras de materias primas, bajo el control tecnol�gico, comercial y financiero de grandes transnacionales. Las implicaciones ecol�gico-pol�ticas del �modelo�, no dejan m�rgenes para inconscientes triunfalismos. Hemos atravesado una era signada por la dr�stica erosi�n de las bases materiales de la soberan�a pol�tica, esto es, la soberan�a territorial, alimentaria, h�drica y energ�tica. La �d�cada ganada� ha sido la de la mega-sojizaci�n, que intensific� la degradaci�n de suelos y la exportaci�n de agua y nutrientes(6) ; la de los desmontes a gran escala y el despojo en masa de comunidades originarias, campesinas y rurales (7) ; la de la in�dita expansi�n de la miner�a transnacional a gran escala, es decir, el inicio del dinamitado de glaciares y la intoxicaci�n de las cabeceras de las cuencas h�dricas cordilleranas; en fin, la de la irresponsable dilapidaci�n de las reservas hidrocarbur�feras (8) del pa�s, cuyos costos estamos hoy evidenciando y que ponen en vilo a todo el aparato productivo del pa�s (finalmente, toda actividad econ�mico-productiva es fundamentalmente un proceso energ�tico y no monetario, aunque esto sea demasiado dif�cil de entender para las mentes coloniales del presente).

As�, en definitiva, amortiguado y anestesiado por el ciclo de crecimiento econ�mico (que, claro, ha significado una �recuperaci�n� de empleos y del consumo, en particular significativa si se las compara con fines de los �90 y la crisis de 2001, pero sin marcar un crecimiento neto respecto de los niveles de los �70) el pa�s ha avanzado en una onerosa senda de profundizaci�n de las din�micas expropiatorias propias de la actual fase del capitalismo globalizado. El tan mentado �modelo� ha fraguado, de tal modo, en una sociedad de mayores y m�s gravosas asimetr�as reales, es decir, ecol�gicas, econ�micas y pol�ticas.
Desmantelando recursos y herramientas sociopol�ticas, culturales, econ�micas, epist�micas y jur�dicas, ha terminado malversando ese capital pol�tico transformador de las rebeliones originarias del ciclo; lejos de potenciar alternativas poscapitalistas y poscoloniales, el kirchnerismo ha optado por la vieja v�a del populismo neodesarrollista, pero esta vez, con su peor cara: no la del autonomismo perif�rico que ensaya una transformaci�n industrialista de su matriz productiva y una mayor cohesi�n interna, con la reducci�n de las enormes e hist�ricas asimetr�as socioterritoriales y sectoriales; sino la de seguir los vientos del mercado mundial, apenas captando parte de las rentas extraordinarias generadas en la s�per-explotaci�n de la naturaleza para ensayar esquemas difusos y precarios de �redistribuci�n� del ingreso�

Como se�alan mayoritariamente los analistas econ�micos del pa�s, tanto los cr�ticos como los cercanos al gobierno, la preocupaci�n central del gobierno se puede resumir y concentrar en los esfuerzos por mantener a toda costa el crecimiento econ�mico. Literalmente, a toda costa; es decir, sin preocuparse demasiado por la calidad y los efectos estructurales de ese �modelo de crecimiento�. No s�lo por sus impactos socioambientales -ya apuntados-, sino tambi�n por sus impactos socioecon�micos estructurales (mayor concentraci�n, ensanchamiento de las brechas patrimoniales y de ingresos; dependencia comercial, tecnol�gica y financiera) y sus consecuencias pol�ticas.

Si bien en muchos aspectos esta d�cada pasada ha significado el avance en la restituci�n y recuperaci�n de derechos, hay que marcar que se ha abierto tambi�n un nuevo ciclo de violaci�n a los derechos humanos. Las falacias del progresismo extractivista pretenden plantear una situaci�n dilem�tica entre �derechos sociales� vs. �derechos ambientales�. Sin embargo, no hay afectaci�n al ambiente que no implique vulneraci�n de los derechos humanos fundamentales.  Y ac� se han afectado los derechos m�s elementales de poblaciones fumigadas, intoxicadas a gran escala, sometidas a voladuras y a la contaminaci�n masiva de sus fuentes de agua, sus suelos y su atm�sfera; poblaciones perseguidas y reprimidas.

En las provincias ha crecido el fe-u-deralismo extractivista: los �ingresos� de las actividades primario-exportadoras ha contribuido muy poco a avances en la democratizaci�n; m�s bien han crecido el rentismo, el clientelismo y la corrupci�n.  Si bien se han recuperado los niveles de salarios y empleo, tambi�n es cierto que ha crecido la poblaci�n cautiva, sujeta a punteros que  manejan pol�ticas y recursos asistencialistas. Entre los movimientos socioambientales ha habido muertos en represiones, personas irregularmente detenidas y cientos de judicializados. Se han prohibido plebiscitos (Calingasta, Andalgal�, Tinogasta, Famatina y Chilecito) en nombre de la �democracia y la constituci�n�, siempre a favor de las grandes corporaciones.  En definitiva, la ecuaci�n pol�tica del extractivismo se resume en la combinaci�n de la depredaci�n de los ecosistemas, la degradaci�n de las condiciones de salud, la vulneraci�n de derechos y el deterioro de las condiciones de una democracia sustantiva.

Si bien es innegable que se ha logrado reducir la pobreza por ingresos, no menos cierto es que se han incrementado la pobreza estructural (por despojo de tierras y bienes comunes) y las desigualdades ecol�gicas y econ�micas en general.  Es que el kirchnerismo ha aplicado, digamos as�, un �progresismo superficial�, limitando sus esfuerzos en pol�ticas de distribuci�n secundaria, pero sin alterar ni afectar los mecanismos de generaci�n y distribuci�n primaria de la riqueza social. As�, al alentar el crecimiento y la expansi�n indiscriminada del consumo (sin mayor problematizaci�n del estilo de crecimiento y del tipo de consumo, de su estratificaci�n y de sus impactos estructurales) el �alivio� de las condiciones extremas de pobreza y desempleo ha ido acompa�ado de una mayor h�per-concentraci�n de la riqueza, no s�lo en t�rminos de ingresos, sino sobre todo de la brecha patrimonial entre los distintos estratos de clase. Consecuentemente, los principales beneficiarios del  �modelo� han extendido su capacidad de disposici�n, control y usufructo sobre el aparato productivo del pa�s, sobre la capacidad de trabajo y los medios de subsistencia de la poblaci�n, y sobre el fondo de los bienes comunes territoriales en general.

Esto es, en el fondo, lo que explica las severas restricciones pol�ticas y econ�micas estructurales que emergen en la actualidad, y que no s�lo impiden mayores �avances� en la �profundizaci�n� del �modelo� (crecimiento y consumo), sino que incluso torna bastante fr�giles y precarios los propios �logros� obtenidos.  Sin alterar la matriz patrimonial b�sica, la estructura de apropiaci�n de los bienes econ�micos de fondo, todo proceso de distribuci�n secundaria (v�a la pol�tica fiscal y social del Estado) se torna cada vez menos eficaz, m�s conflictiva y precaria. Las propias �fuerzas del mercado� llevan a contrarrestar todo intento redistributivo, ya sea v�a inflaci�n, fuga de capitales, ca�da de la tasa de actividad, o una combinaci�n de todas ellas�. Y las fuerzas del mercado, �los titulares�, como ha acu�ado recientemente la presidenta, parecen haber optado por �cambiar el caballo antes de cruzar el r�o��

Saldo de �la d�cada extractiva� . Desaf�os. Aprendizajes.

Despu�s de diez a�os de �crecimiento con inclusi�n social�, nos hemos tornado en una sociedad con muchos y m�s graves problemas estructurales para afrontar la arremetida neocolonial del capitalismo contempor�neo� Desde el punto de vista ecol�gico-territorial, somos un pa�s mucho m�s fragilizado, fragmentado, destruido y entregado; con un gravoso saldo de dilapidaci�n de nuestras reservas energ�ticas estrat�gicas y de afectaci�n y contaminaci�n de nuestras principales fuentes h�dricas, de las cuales depende toda la biodiversidad, la capacidad productiva y la salud de la poblaci�n. La grave situaci�n de vulnerabilidad de nuestros ecosistemas se halla profundizada por la extrema dependencia macroecon�mica del pa�s a corto y mediano plazo respecto de un �modelo productivo� insustentable, depredador y t�xico.

No s�lo en lo econ�mico y en lo ecol�gico, sino tambi�n en lo pol�tico, el rumbo trazado ha obturado el potencial transformativo del ciclo abierto con la hist�rica rebeli�n popular anti-neoliberal de 2001. El kirchnerismo termin� fraguando en un proceso de �normalizaci�n� capitalista en el marco de una recomposici�n del poder de clase liderada por el capital transnacional y por fracciones de las burgues�as internas mejor posicionadas en las redes de la econom�a global. Como resultado general, somos hoy una sociedad m�s pobre, m�s contaminada, m�s vulnerable, pero sobre todo m�s dependiente. Hoy, es claro en qu� medida es el capital y no el Estado el que dispone y hace uso del territorio.

De modo tal que tan grave como la p�rdida del capital ecol�gico del pa�s resulta la p�rdida del capital pol�tico de los sectores populares. Pues, en estos diez a�os hemos visto dr�sticamente recortado el horizonte de las energ�as revolucionarias y emancipatorias, amortiguadas bajo el regazo del  �progresismo�. Lo de �progresismo� alude ac� al �modelo de desarrollo con inclusi�n social� ensayado por el oficialismo �y mayoritariamente apoyado por nuestra sociedad, hay que decirlo-; pero donde �desarrollo� significa crecimiento impulsado por la entrega sacrificial del territorio y los bienes comunes, y lo de �inclusi�n social�, remite a asimilaci�n � resignaci�n � participaci�n (imperfecta, precaria, desigual) en la fiesta consumista que propone el capital, en su cara m�s �seductora�. La expansi�n de la fiebre consumista, lo sabemos, provoca estragos en las energ�as revolucionarias; opera como una gran planta de fabricaci�n de subjetividades capitalistas; de colonizaci�n de los cuerpos en sus esferas m�s �ntimas y complejas, la de los deseos, las emociones y los sentimientos� El consumo, por eso, es fetichismo. La forma mercanc�a parece la portadora de la felicidad� Y cuando eso sucede �por inconciencia, por resignaci�n o por convicci�n- el universo de los ideales pol�ticos, las m�ximas aspiraciones libertarias, igualitarias y de justicia, se reducen dr�sticamente a la aspiraci�n minimalista de �participar� en el consumo de mercado�

Hace pocos d�as atr�s, en pleno fragor todav�a de la campa�a, en un acto en el partido m�s pobre y poblado del conurbano bonaerense, la presidenta arengaba a su p�blico diciendo: ��Cu�ndo, matanceros, so�amos con un shopping en La Matanza? Los shoppings eran para los muy ricos, estaban en el centro de la Capital y ahora tenemos en Avellaneda, en La Matanza, �y saben por qu�? Porque ascendimos socialmente, compa�eros, con salarios� .  So�ar con un shopping: toda una definici�n del proyecto pol�tico.  Y eso refleja exactamente lo que queremos plantear con la erosi�n del capital pol�tico de nuestro pueblo�

Si la aspiraci�n m�xima de las energ�as ut�picas del poder popular se reduce a ir de shopping, creo definitivamente que -como sociedad y como especie- tenemos los d�as contados�

Y el problema es tanto m�s grave cuanto menos se lo visualiza como tal. En efecto, ante cualquier cr�tica, el oficialismo insiste que estamos en un proceso reformista que �va por m�s�; vale decir, de un proceso que, para avanzar hacia mayores niveles de democratizaci�n sustantiva, precisa continuar en el mismo rumbo y profundizar el �modelo�. En sus primeras alocuciones p�blicas pos-electorales, la presidenta ha se�alado que si se pretende cambiar el rumbo, se pueden derrumbar  �todas las conquistas�. Los grupos oficialistas que se auto-ubican m�s a la izquierda del Gobierno, insisten que el camino es �ir por lo que falta�; que se las elecciones se perdieron por lo que resta hacer: �la gente se olvida muy r�pidamente c�mo estaba en el 2003; se compara con ayer y anteayer y quiere cada vez estar mejor�, esboz� un panelista de 678 al momento de ensayar una explicaci�n a los resultados, la noche misma del domingo electoral.

Ac�, por el contrario, lo que se plantea es que es el propio �modelo� el principal problema y no, parte de la soluci�n. Si lo que se pretende es afianzar la soberan�a popular con mayores niveles de igualdad, justicia social y vigencia de derechos, lo que se requiere es un cambio rotundo del �modelo� y no su profundizaci�n.
 
Persistir en este desvar�o nos va a conducir a escenarios cada vez m�s dif�ciles y dolorosos; las salidas van a ser cada vez gravosas para las mayor�as populares. Pero claro, no se trata exclusivamente de un problema del gobierno. El �consenso de los commodities� es mucho m�s complejo y abarca todav�a a muchos sectores y actores de nuestra sociedad; incluso a amplios fragmentos del campo popular. Abarca, por caso, a buena parte del movimiento obrero (sobre todo, el sindicalizado), que se dedic� a luchar por el consumo, abandonando la lucha por la reapropiaci�n de los medios de vida y la emancipaci�n del trabajo. A la mayor�a de la izquierda tradicional, que sigue pensando en t�rminos productivistas y, mientras espera la �maduraci�n de las condiciones revolucionarias objetivas�, puja por las conquistas obreras en t�rminos bienestaristas. A buena parte de sectores del campo nacional y popular, que pasan por alto que el �desarrollo� no es la alternativa a la dependencia, sino el nombre de fantas�a de su profundizaci�n. Se extiende tambi�n a buena parte del �pensamiento cr�tico�, intelectuales org�nicos y prominentes personajes de �la cultura� (Carta Abierta et Alt.) que abandonaron �o nunca entendieron de- la econom�a pol�tica y se dedicaron in extremis al �an�lisis del discurso�; dejaron de lado la lucha de clase, como algo �perimido�, y ahora plantean la pol�tica en los exclusivos t�rminos de la �batalla kultural� (claro, desde esa l�gica, es f�cil �y tambi�n c�modo- pensar y atribuir todas desgracias y las dificultades al genio perverso de Magneto y �la Corpo�).

Los (superficiales) progresismos del presente centran sus cr�ticas en el neoliberalismo, pero pasan por alto que �ste no es sino una fase del capitalismo. Siguen �ilusa y colonialmente- so�ando con un capitalismo serio y �nacional�; creen en un capitalismo �con rostro humano�� Parecen estar convencido de que el Estado es lo contrario del capital, y pasan por alto que no es sino apenas su contracara, que no hay uno sin el otro y que el capital nunca �menos ahora- ha podido prescindir del Estado� El flaco progresismo oficialista dice luchar contra las pol�ticas de ajuste, pero no dice nada de dominaci�n ni mucho menos de alienaci�n. Olvida o desconoce que el ajuste y la recesi�n son s�lo una de las formas y etapas de la explotaci�n y que el crecimiento puede co-existir �tranquilamente y mucho mejor- con la acumulaci�n por desposesi�n . La ret�rica anti-imperialista se dirige a los viejos Estados imperiales (que no han dejado de serlo), se inflama en la OEA, la ONU o ante el FMI, pero se calla y baja la cabeza ante las grandes corporaciones transnacionales; a ellas, les prepara, en cambio, pol�ticas de �atracci�n de inversiones��

Ante este panorama, desde una min�scula fracci�n de los movimientos del ecologismo popular de Nuestra Am�rica, pensamos y sentimos que el desarrollo es el nombre de la colonialidad. Que la crisis que atravesamos no es apenas una crisis econ�mica, ni financiera, ni pol�tica; es una profunda crisis civilizatoria. Por eso, no queremos ni creemos en el �desarrollo� y menos a�n en la �inclusi�n social�� Pues se trata justamente de resignarnos y asimilarnos a los par�metros y modos de �vida� de una civilizaci�n enferma (Aim� C�saire).  Por eso, tanto el concepto de �inclusi�n social� como el de �redistribuci�n del ingreso� son conceptos obsoletos; hist�ricamente perimidos, al menos, como consignas pol�ticas �tiles para abrir caminos emancipatorios. Por eso hablamos de Buen Vivir.

Buen Vivir, no es asimilable ni equiparable a �desarrollo�; m�s bien, todo lo contrario. Buen Vivir significa reapropiar-nos colectivamente del trabajo, de sus medios y sus frutos; reapropiarnos pol�ticamente de los procesos productivos y de los medios fundamentales de vida; re-crear la comunidad de vida como condici�n para producir hist�ricamente la nueva era de la libertad�

Y claro, siempre teniendo presente que �la libertad, en este terreno, s�lo puede consistir en que el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control com�n en vez de dejarse dominar por �l como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energ�as y en las condiciones m�s adecuadas y m�s dignas de su naturaleza humana� (Karl Marx,  El Capital, 1867).

Notas

1- Es v�lida la aclaraci�n que �massismo� ac� no remite taxativamente al aparato pol�tico que empieza a aglutinarse en torno al ex jefe de gabinete k, sino que alude m�s generalizadamente a la movediza arena ultra-conservadora del pan-peronismo que ya se apresta para el �recambio�, ciertamente acicateado material y simb�licamente por fracciones del capital que sienten el fin de ciclo cerca �no el ciclo de �Cristina�, sino el ciclo de la fase de expansi�n econ�mica que t�pica e hist�ricamente tuvo el aparato productivo de un capitalismo perif�rico-dependiente como el nuestro, el famoso �stop and go� de los economistas: crisis por estrangulamiento externo � devaluaci�n � auge y crecimiento por competitividad de las exportaciones que financia la �reindustrializaci�n� y el consumo interno  hasta agotarse � fuga de capitales - crisis del sector externo � presiones devaluacionistas, inflacionarias y  estancamiento -�
2- Adri�n Scribano (2010) �Un bosquejo conceptual del actual estado de sujeci�n colonial�. Disponible en http://onteaiken.com.ar/ver/boletin9/0-1.pdf
3- Esto es, b�sicamente, un aparato caracterizado por un entramado industrial sumamente fragmentado y tecnol�gicamente dependiente (principalmente �dinamizado� por el sector automotriz, por cierto bajo control de las corporaciones extranjeras emblem�ticas) y un sector primario-exportador extendido, �modernizado� y �competitivo�  (ha sido clave la introducci�n de la soja RR instalada por Felipe Sol� �no olvidar, hoy, alineado a Massa- y luego ratificada con los convenios de diverso tipo entre Cristina y el �due�o de la pelota� como a ella le gusta decir, o sea, MONSANTO; tambi�n ha sido clave la continuidad de la pol�tica de exportaci�n de crudo por parte de las transnacionales petroleras hasta que se secaron las reservas hidrocarbur�feras; y por cierto, clave tambi�n, las reformas mineras del �93 y su profundizaci�n con el Plan Nacional Minero de N�stor en el a�o 2004� En decir, todas, pol�ticas iniciadas en los �90 y ratificadas y profundizadas en la fase de la �d�cada ganada�).
Para ampliar, una cruda radiograf�a de la debilidad estructural del aparato industrial �nacional� puede verse en una nota reciente firmada por un periodista muy af�n al gobierno y publicada en un medio m�s que complaciente (http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-226173-2013-08-07.html) Una muestra: luego de resaltar el extraordinario crecimiento de la �producci�n� de celulares en las f�bricas fueguinas, que de �ensamblar� 400 mil unidades en 2009 se pas� a 14 millones en el 2013, el cronista acota: �Alrededor de 7 millones de celulares al a�o de las marcas Samsung, Motorola, BlackBerry y HTC son ensamblados por Brightstar, firma de capitales estadounidenses. La empresa tiene varias plantas en la ciudad de R�o Grande, donde recibe unas 60 piezas importadas por cada tel�fono�  Luego peque�as m�quinas ubicadas en cada m�dulo y manejadas por un operario sellan esos componentes. Los aparatos se someten a controles de calidad tanto manuales como electr�nicos. Los �nicos elementos de fabricaci�n nacional son la caja y folleter�a�. (Resaltado nuestro)
4- Las exportaciones de materias primas saltaron de u$s 8.644 millones en el 2000 a u$s 19.282 millones en 2010, llegando a representar el 69,2 % del total. Mientras que a lo largo de los �90 se transfirieron al exterior 331 millones de toneladas de materias primas, en la primera d�cada del 2000 ese valor super� las 585 millones de toneladas. De acuerdo a la CEPAL, las exportaciones de bienes primarios del pa�s representaron el 69,2 % del total (Estad�sticas de la Cepal, A�o 2009).
5- Maristella Svampa (2012) �Consenso de los commodities, giro ecoterritorial y pensamiento cr�tico en Am�rica Latina�. Revista OSAL, CLACSO N� 32. Disponible en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/osal/20120927103642/OSAL32.pdf
6- Con cada tonelada de soja se exportan 1.000 m3 de agua y una ingente cantidad de nutrientes b�sicos, que se traducen en una p�rdida de suelos de entre 19 y 30 toneladas por campa�a (GRAIN, 2013). El estudio de GRAIN precisa que, con una producci�n de 47.380.222 toneladas (campa�a 2006/07), se produjo una extracci�n neta de 1.148.970,39 toneladas de nitr�geno,  255.853,20 toneladas de f�sforo, 795.987,73 toneladas de potasio, 123.188,58 toneladas de calcio, 132.664,62 toneladas de azufre y 331,66 toneladas de boro.
7- Entre 2004 y 2012 las topadoras arrasaron 2.501.912 hect�reas de bosques nativos. En la �ltima d�cada, diversos estudios dan cuenta del desplazamiento de m�s de 200.000 familias de campesinos en la �ltima d�cada, que se suman a la extinci�n de m�s de 100.000 unidades productivas registradas por el �ltimo Censo Nacional Agropecuario. Como contracara, crece la concentraci�n: en el 2010, m�s del 50 % de la producci�n de soja estuvo controlada por el 3% del total de productores, a trav�s de extensiones de m�s de 5.000 has.
8- El mantenimiento durante la casi totalidad de los diez a�os de gobierno del r�gimen de privatizaci�n y liberalizaci�n de los recursos hidrocarbur�feros (Ley 24.145/92) ha significado una insoslayable co-responsabilidad en el vaciamiento de YPF y dilapidaci�n de las reservas estrat�gicas de hidrocarburos del pa�s.
La tard�a y parcial re-estatizaci�n de YPF se muestra como una acci�n resarcitoria sumamente limitada e ineficaz para cubrir este oneroso pasivo ecol�gico. Al momento de la re-estatizaci�n, las reservas de petr�leo equival�an s�lo al 34 % de las que hab�a adquirido Repsol en 1999; mientras que las de gas, apenas alcanzaban el 24 %. Mientras tanto, la firma espa�ola repatri� el 97 % de las utilidades de YPF entre 2003 y 2007, e incluso, sobregir� utilidades ($14.900 millones sobre ganancias declaradas de $ 12.900 millones) entre 2008 y 2010.
9- Dar�o Aranda: http://www.comambiental.com.ar/2013/05/la-decada-extractiva.html
10- http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-226020-2013-08-04.html
11- David Harvey (2004) �El �nuevo� imperialismo: acumulaci�n por desposesi�n�. Disponible en: http://biblioteca.clacso.ed
u.ar/ar/libros/social/harvey.pdf